¿Cuál es la realidad?

«La función por hacer», versión libre de Miguel del Arco y Aitor Tejada, bajo la dirección de Alberto Zimberg sobre la obra «Seis personajes en busca de autor» de Pirandello, va en Teatro Circular Sala 1, sábados 21 hs. y domingos 19.30.

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En «Seis personajes en busca de autor» Pirandello presenta este conflicto: una «familia» de personajes aparece en el ensayo de un director de teatro buscando quien los ayude a terminar la obra. Obviamente el director, la actriz y los técnicos se mofan de esta actitud, pero de a poco esta actitud va cambiando. Los personajes que buscan un autor no son actores sino personajes, y no pueden aceptar otra realidad que no responda a la finalidad por la cual fueron creados. En esta obra ocurren dos procesos de narración paralelos.

Por un lado el metateatro, teatro dentro del teatro, con su antecedente en Hamlet, quien desenmascara a su tío a través de una puesta en escena de una obra de teatro y la metalepsis, no tan usada en otros tiempos que se refiere al traspaso de la frontera entre el novel diegético del narrador y la diéresis, en definitiva el mundo narrado por el narrador. Es el caso cuando unos personajes se inmiscuyen en la realidad. De ahí que no se denominan actores sino personajes y cuando los actores quieren representar a estos personajes surge la ofensa, por la forma en que se meten en sus personajes.

Al comienzo el espectador puede pensar que aún la obra no comenzó, en el momento que irrumpen estos personajes es que cambia el panorama, sobre todo cuando buscan un autor para concretar sus acciones.

El verse en el otro es el proceso más difícil y creíble. Esta historia según «sus personajes» debe ser contada tal cual ocurrió.

Detrás del creador hay una interpretación, cada personaje interpela lo ocurrido en forma diferente, cada uno, personaje y actor, lo viven a su manera. Cada uno es un creador, hará e interpretará un papel al salir de su mundo. No siempre es de la forma deseada, por lo menos en esta obra.

Versión, interpretaciones y dirección

Esta versión de Del Arco y Tejada es ágil, y muestra la difícil separación de la realidad con la ficción, en un ensamble por momentos que une las dos propuestas.

Alberto Zimberg, con su habitual cuidado y precisión, mueve a modo de piezas de relojería a estos seis actores en ese espacio creado en forma circular desde un significativo tapiz en un juego casi coreográfico donde cada uno tiene marcado sus límites.

Una propuesta inteligente, sutil y a la vez arrasadora en la que este elenco se luce de principio a fin, cada uno en su rol, mostrando los claroscuros de sus vidas, hechos que sólo ellos pueden representar. Y es así que desfilan ante nuestros ojos y sensaciones los personajes encarnados por Natalia Sogbe, en un trabajo sobresaliente, Emanuel Sobré, un actor que en cada actuación demuestra mayor crecimiento, Álvaro Lamas, con esa vis dramática y furiosa que sobrecoge, Mariela Maggioli en una interpretación intensa y de gran solvencia, Horacio Camandule en un perfil que se centra entre la víctima y el ser vil, en una interpretación intensa y segura y finalmente Verónica Mato con una interpretación interior que deja al descubierto su trabajo emocional para este personaje.

Un elenco de alto nivel, al que el director movió como perfectas piezas de puzzles que van alineadas sin equivocaciones en movimientos o parlamentos con desplazamientos seguros y armónicos.

Conclusión

Nos enfrentamos a un gran texto, interpretado con total corrección y bajo una dirección que no deja un fleco suelto, contando además con rubros técnicos que complementan esta acertada propuesta. Sin duda esta obra se convierte en uno de los puntos altos de la presente temporada teatral montevideana. Un acierto, sí.

Rubros técnicos

Una propuesta como esta fue acompañada en los rubros técnicos con trabajos sobresalientes de la mano de los siguientes creadores: Martín Blanchet en el siempre correcto manejo de las luces, Claudia Schiaffino en un escenografía si bien despojada, muy sugestiva, recordemos los círculos del tapete como los círculos del infierno interior de cada uno, el vestuario de Beatriz Martínez que apeló a una paleta de tonos tierra, en una grata simbología y la elección del tema musical » Terrorismo emocional» de Federico Deutsch muy alusivo a las circunstancias.

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