#IdearioContinúa la guerra contra de Andrés Manuel López Obrador

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En medio de la fiesta por la asunción del novísimo presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador se oyeron voces de incertidumbre ante la presentación de proyectos ambiciosos que ponen en el centro, no solamente el combate a la corrupción, sino un programa de inversiones que generará empleos fijos en un país con un 60% de informalidad.

AMLO habló de construir: el tren maya; el del istmo; una refinería en Dos Bocas, Tabasco, reacondicionamiento de 6 que laboran al 38% de su capacidad, modernizar las plantas hidroeléctricas… Propuso impulsar una pensión general para adultos mayores (68 años), becas a estudiantes pobres, un sueldo gubernamental destinados a 300 mil jóvenes que deseen aprender un oficio, edificar nuevos hospitales y rescatar los inoperantes; de lograrlo, en seis años alcanzaría la salud universal.

Apoyo al campo otorgando créditos a la palabra y rescatar los precios de garantía, con los cuales los campesinos podrán vender sus productos al gobierno seguros de obtener ganancias adecuadas, como era antes del arribo del neoliberalismo cuando se poseía autosuficiencia alimentaria. Manera en que se dejará de comprar los alimentos básicos a EEUU y se le restará terreno a los plantíos de estupefaciente, que si bien pagan mejor, también causan una violencia superlativa.

Enfocados a crear empleos, se sembrará un millón de hectáreas de árboles frutales y maderables y se dará vida a un diminuto banco nacional (Bansefi), hasta convertirlo en una ventana por donde se entreguen las becas, las pensiones, las ayudas al campo y las remesas, sin cobrar las comisiones de las instituciones financieras buitres. Avanzado el sexenio, Bansefi llegará a los lugares más remotos, transformándose en una red financiera dedicada a dar servicio a pequeños productores, ancianos, madres solteras y pobres en general, eludiendo los condicionamientos de la banca privada.

Asimismo, impulsará una franja fronteriza con EEUU cuyo ancho será de 25 kilómetros. En ella, se duplicará el sueldo mínimo, se reducirá el IVA a la mitad, también el ISR para estimular la inversión, aminorando las ansias de cruzar la frontera.

A simple vista parecería una utopía y así lo manejan los comentaristas que ayer se desgarraban las vestiduras defendiendo al neoliberalismo. Sin embargo, lo que AMLO formuló es una genuina reconstrucción republicana, es decir, conformar un gobierno representativo de un pueblo mayoritariamente pobre. México ostenta un 60% de su población en esa situación, más 20 millones de extremadamente pobres, particularmente niños. No se puede ser Nación si ese enorme contingente es obviado.

Ese es el auténtico choque entre dos maneras de ver la realidad: A) Los que tuvieron el poder durante 36 años e impulsaron el ¿modernísimo? Consenso de Washington consiguiendo una docena de «chicos Forbes» y, enfrascados en ese nefasto propósito, debilitaron el poder adquisitivo al salario en un 80%, destrozaron la salud social y política, provocando una hondonada histórica enlodada en corrupción; B) un gobierno consciente de que se debe a sus electores quienes no quieren un México paupérrimo, repleto de migrantes y desempleados o, en con empleos precarios.

Quienes apoyan a AMLO anhelan una nación que ofrezca salarios dignos, una banca limpia y que no compre gasolinas a EEUU (75%) al ser un país petrolero, en especial, que no regale sus riquezas a las mineras canadienses o nacionales, expertas en contaminación ambiental y en la explotación laboral empujada a la cuasi esclavitud. No quieren sujetarse al antojo del narcotráfico, cárteles que tenían en el presidente a su principal propiciador. Un país inseguro donde los connacionales salen a la calle inciertos de su regreso, como alguien dijo: México es un gran cementerio a cielo abierto.

Y si la primera visión (cristalizada por la yunta Miguel de la Madrid-Carlos Salinas de Gortari) fue un fracaso, ahora toca dar paso a una ¡regeneración! No obstante, apenas Andrés Manuel puso manos a la obra, los medios a través de sus circunspectos opinólogos lanzan la ponzoña de la duda. ¿Con qué costeará AMLO todos esos proyectos? Una cosa son las palabras y otra, los hechos.

En su condición antilopezobradorista, es perfectamente lógico que hayan olvidado lo debidamente explicado. Lo reiteramos una vez más: el planteo principal del tabasqueño es la lucha inclemente contra la corrupción gubernamental, fuga que raya en los 500 MMDD o 25 MMDD. Una refinería cuesta 8 MMDD, dividida en tres que son los años de construcción. En nuevo aeropuerto en Santa Lucía (ya no en Texcoco) 7 MMDD, también dividido en tres o cuatro pagos, ídem el tren maya. Si el desembolso de estos emprendimientos asciende a 6 MMDD anuales, entonces, le quedan 19 o 20 MMDD para encarar el resto.

Por otra parte, el combate a la elusión y evasión fiscal no es una entelequia, resulta de perseguir a las empresas fantasmas (600 mil) que elaboran facturas apócrifas y así disminuyen el monto gravable de las empresas reales. Al disolverlas (Hacienda sabe perfectamente cómo hacerlo) se elevará la recaudación fiscal sin afectar -de manera directa- a dichas empresas ni el esquema impositivo. La evasión fiscal raya en los 100 MMDD, si Hacienda consigue recuperar un 30% son otros 30 MMDD que pueden sumarse al rubro inversión.

Finalmente, es pertinente revelar a un enemigo diferente que enfrentará el tabasqueño, una supuesta izquierda que entiende -al estilo Discépolo- que «todo es igual, nada es mejor». En tal sentido, el argentino Almeya opina: «López Obrador ahora llega al gobierno, porque un sector de (poderosos) capitalistas, recordando la Revolución mexicana, lo aceptó para que contuviera la movilización popular». Ante un argumento tan maniqueo, huelgan los comentarios.

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