ENTREVISTAS EN TIEMPOS DE LA COVID-19Carmen Toledo y sus anécdotas: “Un duende escondido me estaba llamando”

La artista uruguaya contó a LA REPÚBLICA sus peripecias por acá y por parte del mundo que ha recorrido.

Carmen Toledo es una artista uruguaya que vive en estos momentos en Ámsterdam. El 15 de junio del presente año le hicimos una nota para LA REPÚBLICA. Así supimos cómo está transitando esta Pandemia y cuáles eran sus inquietudes artísticas.

Con esta nota muchas personas que están cerca de ella pudieron conocer todo su trabajo en Uruguay y cuáles son sus aspiraciones en el hoy y para su futuro.

Debido a la extensión de la nota, no pudimos publicar una de las partes más interesantes que son las anécdotas.

Es por eso que hoy después de más de un mes las damos a conocer, ya que involucran a queridas personalidades del medio artístico uruguayo.

Cuéntanos anécdotas teatrales que recuerdes con alegría unas y con nostalgia otras, de esas que se suele decir “esto no lo voy a olvidar nunca”, ¡qué momento!

Muchas, sobre todo las que vuelven a hacerme reír o sonreír cuando las recuerdo. En general trato de no darles mucho espacio a las nostálgicas, porque la nostalgia es un sentimiento a veces incómodo y doloroso cuando uno vive en otro lugar, en otro país, sea por elección o no, aunque es difícil de explicarlo y que otros lo entiendan cuando no lo han vivido.

Recuerdos de mis maestros

Tengo grandes recuerdos de mis maestros: Eduardo Schinca sobre todo, Claudio Solari, Elena Zuasti, Hugo Mazza, Osvaldo Reyno… y otros antes de cursar la EMAD, como Sergio Otermin o Silvia Prida, que fueron mis profesores de Literatura que me hicieron acercarme al teatro y amarlo, o como Elisa Fló, mi profesora de dibujo también en la Secundaria, que me hizo acercarme al diseño… entre otros de los que aprendí por el camino (Jorge Denevi, Carlos Aguilera, Nelly Goitiño, Dumas Lerena), y una cantidad de actores que dejaron huella en mí, de un modo u otro (nombrarlos sería una lista casi infinita y no quiero ser desagradecida omitiendo a ninguno, así que confío en que quienes lean esta nota, sabrán que me refiero a cada uno de ellos). A ninguno de ellos voy a olvidarlo nunca, y ahí tienes mi parte nostálgica.
Una anécdota que recuerdo con alegría, y aún me hace sonreír es, cuando yo era asistente de dirección y producción en “Posdata: tu gato ha muerto” de Alan Ayckburn, dirigida por Jorge Denevi en el Teatro del Centro. Yo había conseguido que nos patrocinara una conocida marca de whisky internacional a la cual, aparte del apoyo económico para figurar en el programa de mano, yo convencí de que nos dieran botellas de whisky para usar en escena, ya que uno de los personajes bebía todo el tiempo. A la empresa le pareció interesante tener presencia en el escenario y entonces yo elaboré un truco. En las botellas que estaban sobre una mesa había té y hielo, pero en un momento en que el personaje que interpretaba Alberto Arteaga entraba entre bambalinas, cambiábamos un vaso con un poco de whisky real, del cual él apenas bebía unos sorbos junto a una de las columnas del escenario. Al ser un teatro circular en ese entonces, mucha gente de las primeras filas podía oler el whisky que él sacudía en el vaso y el comentario corría entre ellos como el reguero de pólvora: ¡está bebiendo whisky de verdad! Esas cosas que elaboras con picardía en un momento de inspiración y tienen un efecto de valor agregado a la escena en sí misma. ¡Aún recuerdo las caras del público!

Un recuerdo para Estela Medina

Y algo que tampoco voy a olvidar nunca, por lo mágico y único, es haber ensayado con la sala totalmente vacía, ella en el escenario y yo en la cabina de sonido, en la vieja Sala Zavala Muniz, con Estela Medina, Retablo de Vida y Muerte, espectáculo que ella había hecho en varias temporadas, dirigida por Mario Morgan y que, en ese momento, llevaba al Festival de Guanajuato (México). Ambas estábamos en la Comedia Nacional, ella ensayando Las Brujas de Salem de Arthur Miller, y yo como asistente de dirección y sonidista de El Castillo de Kafka, y antes o después de nuestros ensayos, repasábamos su monólogo. Yo apenas la veía a través de los telones blancos de la escenografía de En Familia, de Florencio Sánchez (entonces en cartel), pero mientras yo manipulaba la cinta magnética del sonido de cada escena, era un placer indescriptible tener, en cada ensayo, algo similar a una función privada, por la entrega que ella pone en su interpretación.
Creo que he sido una afortunada por tener la formación, los maestros, los compañeros y las experiencias de teatro que tuve en Uruguay. Y creo que, tras un largo paréntesis obligado, soy una afortunada de poder encontrar nuevos artistas compañeros de ruta en Ámsterdam, donde yo sentía desde hace tiempo que un duende escondido me estaba llamando.

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