#OpiniónBolsonaro, economía y realidades

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Jair Bolsonaro es el nuevo presidente de los brasileños. Aunque cueste creerlo, lo que para muchos era simplemente una pesadilla hoy se ha convertido en realidad.

Desde el ángulo de la ciencia política asistimos a un retroceso ideológico digno de analizar. Luego del declive del Imperio Romano y la irrupción del cristianismo las ideas predominantes durante casi toda la Edad Media transcurrieron básicamente entre las potestades del emperador, rey o monarca y sus limitaciones, basándose en el hecho indiscutible del “poder divino” del soberano. Nadie se atrevía a discutir, ni tan siquiera dudar que el poder regio proviniera del reino de los cielos, y que éste fuera ungido mediante la divina providencia.

Las discusiones durante siglos fueron quién era el representante de Dios en el mundo terrestre; si el rey o la iglesia, cuánto poder se repartían entre ellos y como se relacionaban entre sí. En definitiva la disputa era entre el poder secular y el poder eclesiástico.

La revolución francesa en el siglo XVIII barrió con todos estos conceptos, introduciendo la República y comenzando en una etapa moderna de evolución del pensamiento político y filosófico que sigue hasta nuestros días.

Bolsonaro está convencido de su papel de Mesías y de “elegido por el señor”, toda su retórica y su discurso deambula en conceptos cuasi monárquicos (orden versus marxismo; reivindicación de la dictadura brasileña) y de unión carnal entre iglesia y gobierno fundiéndose en una sola cosa (combate frontal a la ideología de género, al feminismo, a la diversidad sexual, a las minorías raciales) que nos recuerdan los primeros tiempos de la colonización realizada a sangre y fuego en América Latina (tenencia de armas).

Bolsonaro constituye sin duda un retroceso político e ideológico de la modernidad.

¿Y en la Economía como andamos? El propio presidente de Brasil ha admitido saber muy poco sobre el tema y ha dotado de superpoderes a su ultraliberal ministro de Economía Paulo Guedes con un postgrado en la famosa Escuela de Chicago.

La apertura económica parece ser la primera consigna fuerza del gobierno de Brasil. A diferencia de Uruguay que es un país muy abierto a la región y al mundo, Brasil debe ser uno de los países más cerrados del mundo y con un lobby empresarial industrial muy poderoso que desde Getulio Vargas para acá ha dominado su escena política y social. Nada de eso parece cambiar, ya que Bolsonaro se ha mostrado firmemente aliado del lobby más influyente del país norteño; la industria paulista que sabe mucho de protecciones, de alianzas con el poder civil y militar, así como de defensa de sus propios intereses.

Plantea también serias restricciones a China -principal socio comercial de Brasil y principal inversor del país- medida que se da de bruces con lo que pregona. De la misma forma su decidida política de aliarse en el eje “judeo-cristiano” apoyando la instalación de la capital de Israel en Jerusalén por motivos ideológicos augura un conflicto importante comercial con el mundo árabe.

Los anuncios de liberalización de la Economía aparecen con contradicciones muy fuertes desde las propias señales formuladas, constituyen para mí una incógnita.

Un segundo paquete de medidas lo constituyen las concesiones y privatizaciones que generen ingresos “frescos” para palear el déficit fiscal existente. Brasil cuenta con 147 empresas estatales y está en el horizonte inmediato el ingreso de 1.842 millones de dólares de inversión por la concesión del ferrocarril, 12 aeropuertos y 4 terminales portuarias. A pesar de un discurso muy potente privatizador no se animan a entrarle ni a Petrobras ni al Banco do Brasil, los dos gigantes estatales más importantes del país, por lo que los anuncios realizados habrá que ver si son mucho ruido y pocas nueces o el avance es real y profundo. Cabe recordar que Brasil ha demostrado ser uno de los países más corruptos del continente y que las privatizaciones realizadas en la década de los 90 fueron un cúmulo de irregularidades en esta materia.

Uruguay no necesitó vender nada. Montes del Plata (3.000 millones de dólares) solo casi duplicó esa cifra de inversión de la que Brasil hace gala de desesperación (1.842 millones de dólares). No parecemos estar tan mal.

Las medidas económicas en el mercado de trabajo no tienen desperdicio. Ya es sabido que el ex presidente Temer realizó un recorte en las reformas laborales realizadas por el PT de manera drástica, pero eso no parece ser suficiente para el nuevo gobierno brasileño.

El diagnóstico es que los trabajadores tienen “demasiados derechos” y ya se han tomado medidas eliminando el Ministerio de Trabajo que pasa a diluirse entre las carteras de Justicia y Economía y se puso fin a la Justicia de Trabajo (un símil nuestro a los Consejos de Salarios) organismo encargado de dirimir los conflictos laborales. El nuevo lema es trabajo o derechos; elijan. Uruguay parece Alicia en el país de las maravillas en este sombrío panorama para los trabajadores.

Guedes anuncia una simplificación tributaria. Brasil es uno de los países más enredados en esta materia. Impuestos nacionales, estaduales, autonomías tributarias (es un país federativo) complican y mucho. Parece un anuncio sensato aunque me supongo que el sistema tributario será regresivo sin el menor acento en la progresividad del sistema.

Uruguay ya simplificó su sistema en el año 2007.

La reforma del sistema de pensiones pasando de 62 años para el hombre y 57 años para la mujer (hoy es 60 y 55) es otra medida impostergable. Directamente el sistema previsional brasileño está en quiebra y esta reforma urge.

Nosotros tenemos problemas similares, pero nuestro sistema previsional se financia aunque de manera creciente y preocupante. Descarto -que a diferencia de Bolsonaro- nuestro proceso de reforma será entre todos los partidos, con mucha participación de los actores y con sentido de Estado no como un paquidermo que se te sienta abruptamente en tu pecho.

Guedes quiere poner una regla fiscal, clásica fórmula de los neoliberales. Según su diagnóstico el mal que aqueja a Brasil es el déficit fiscal y para ello el “gasto socialista” debe reducirse drásticamente. Llámese “gasto socialista, rojo o comunista” (como Ud. prefiera llamarlo) toda la red de protección social que se ha creado en estos períodos en Brasil y que constituyen el grueso del gasto. La conflictividad social que se avecina puede ser mayúscula.

Despoblar el Amazonas de los miles de tribus con su propia idiosincrasia, idiomas, etc. es otro de los objetivos inmediatos. Llevarlos a la “ciudad” y eliminar los últimos guardianes de defensa del pulmón de América es una buena excusa para depredar el medioambiente, que según Bolsonaro estos temas son también cuestiones de comunistas y de rojos.

Como siempre habrá que esperar, pero como diría mi vecina: “mala tos le veo al gato”.

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1 comentario
  1. Luigi dice
    Brazil estas en el horno elegistes a un Facho ignorante a joderse ahora , pero lamentablemente veo mucha violencia por parte de la fachada y en muy poco tiempo en ese país…

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