La sequía extrema que fomentó los incendios que hoy arrasan con los bosques australianos llevó al gobierno de Australia a decidir sacrificar a 10 mil camellosAustralia decide sacrificar camellos para combatir la sequía

Cuando pensamos en camellos enseguida pensamos en desierto. La asociación es inmediata. Y cuando pensamos en desiertos pensamos en el de Sahara o el de Gobi, estandartes de la cultura popular, pero también existen camellos fuera del escenario de los turbantes de África y Medio Oriente. Es más, la mayor población de camellos del mundo no se encuentra en estos sitios tan mediáticos, sino en Australia. En efecto, el mayor rebaño de camellos del planeta se encuentra en territorio australiano, viviendo allí más de un millón de ejemplares. Aunque las imágenes de Australia más difundidas entre turistas corresponden a las costas paradisíacas del continente, lo cierto es que la mayor parte del territorio está ocupada por zonas áridas a desérticas. Los camellos fueron importados por Australia en el siglo XIX desde Arabia, India y Afganistán para ser utilizados para el transporte y para realizar trabajos pesados. Con el desarrollo de los motores a combustible, la tracción a sangre fue cada vez menos necesaria, por lo que la mayoría de los camellos fueron liberados a su suerte en la naturaleza. Al ser especies introducidas, éstos animales no encontraron depredadores naturales, por lo que comenzaron a multiplicarse sin ningún tipo de control, causando serios impactos en los ecosistemas que habitaban. Hoy la superpoblación de camellos sumada a las sequías sin precedentes, en parte responsables de los inmensos incendios que azotan al territorio desde setiembre, es una amenaza para la estabilidad del medio ambiente y para las actividades de muchos pequeños y medianos productores.

En vista de estos problemas, las autoridades locales han decidido sacrificar en principio a 10 mil camellos como una primera medida para controlar su población.  Específicamente, la decisión proviene de los líderes aborígenes de los territorios de Anangu Pitjantjatjara Yankunytjatjara, una extensa área ubicada en la región del noroeste del estado australiano de Australia Meridional. Esta medida ayudaría a conservar los acuíferos de los que dependen gran parte de las comunidades que habitan estas tierras, ya que frente a la enorme sequía los camellos se precipitan hacia cualquier fuente de agua en estampidas que terminan causando incluso la muerte de muchos de ellos. Más allá del agua consumida, los cadáveres de estos animales perjudican los ecosistemas ya que  contribuyen a aumentar la contaminación de los pocos recursos hídricos disponibles. Las medidas sanitarias comenzaron este miércoles 8 de enero, cazadores profesionales abatiendo camellos a tiros desde helicópteros, operación que se repetirá durante los próximos días. Aunque la medida pueda parecer cruel, la superpoblación de estos ungulados ayuda a llevar a los representantes de la fauna y flora nativa australiana a un estado crítico. Los camélidos australianos también representan un dolor de cabeza para el gobierno australiano por los gastos del dinero público que generan: se calcula que 10 millones de dólares se esfuman por año en reparaciones por los daños que generan. «Uno de los mayores problemas es que beben grandes cantidades de agua. Tragan galones y causan costosos daños a las granjas y a las fuentes de agua que se utilizan para abastecimiento. También beben los pozos de agua de los aborígenes», explicó a la BBC en 2013 Simon Reeve, explorador y escritor. «Los camellos son brillantes para sobrevivir en el desierto australiano. Su introducción fue una idea genial en el corto plazo, pero un desastre en el largo», agregó.

El problema de este crecimiento descontrolado de la población de camélidos (se calcula que su población se duplica cada menos de diez años) no es por ende un problema nuevo. Lyndee Severin, quien posee un rancho al oeste de Alice Springs en el Territorio del Norte, dijo a la BBC en 2013 que los camellos «causan un gran perjuicio a nuestra infraestructura, dañan las cercas, rompen los tanques, las bombas, las tuberías». Y continuó: «terminarán por tomarse el paisaje. Y si destruyen los árboles y se comen el pasto, no habrán canguros, emúes, ni pájaros pequeños, si no hay árboles, ni reptiles». Por su parte, Simon Reeve consideraba ya hace 7 años que medidas como las aprobadas hace pocos días son un mal necesario. «Matarlos parece una pérdida trágica para muchos de nosotros, pero la logística no nos deja muchas opciones. Es un problema que veo cada vez más a medida que viajo por todo el mundo. Los humanos introducen animales en los ecosistemas frágiles. ¿Y qué hacemos al respecto?», dijo entonces Reeve. «No es suficiente dar un paso atrás y decir que no puedo soportar ver cómo matan a estos animales. Si nos creímos dioses entrometiéndonos en un ecosistema, entonces tenemos que tomar la responsabilidad de solucionar el problema», concluyó.

 

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