Archivos del Exilio 7Arte, Cultura y Solidaridad

El exilio, entre tantas otras experiencias de vida, tuvo las tragedias. Los hechos que no se borran de la memoria, y narrados, suenan a guión de cine. El secuestro y asesinato de Toba y Zelmar, junto a ellos Barredo y Whitelaw. La desaparición de Liberoff.

No convencer al Gral. Torres que se asilara con nosotros, días antes que lo fusilaran. La muerte de Letelier en Washington. El asesinato de Mons. Romero (hoy Santo). Pero siempre de la mano de los momentos más tristes, la solidaridad permitía seguir adelante.

La solidaridad hacía la diferencia, permitía morder fuerte el dolor y la rabia y mirar hacia adelante con sed de lucha. Venía de todos lados. Muchas veces era anónima. El taxista que no quiso cobrarnos al viejo y a mí cuando fuimos de un funeral a otro en Buenos Aires.

El portero que advirtió de personas armadas en casa, primero a mí, luego a mamá. La vecina que empujó a Tito Berro cuando fue a tocar timbre en nuestro departamento. Lo tuvo unos minutos en su casa; «después váyase, hay gente armada» (madrugada del 18 de mayo del 76, entrevista a Ernest Berro Hontou).

Mi viejo no era indiferente a la misma. Ni que hablar yo a los 22 años. Al abordar con protección diplomática el avión que nos llevó a Buenos Aires, un obrero de overol rompió el cordón de seguridad y le abrazó: «Wilson, los argentinos no tenemos la culpa de lo que les ocurre».

Venía de todos los sectores. También del mundo de la cultura. En Buenos Aires conocimos a Mario Benedetti. Nos hicimos muy amigos. Siempre conservé el libro que me regaló, el que se inicia con la frase de Brecht: «Yo soy como aquel que anda con un ladrillo bajo el brazo para mostrar al mundo cómo era su casa». Ese libro fue mi ladrillo en años de exilio.

Luego los viejos lo recobraron en su breve refugio en el Perú en el 75. Ante las dificultades de cambiar moneda, en un viaje a Cuba, Mario les dejó un sobre con plata y les trajo de regalo un collar de semillas. (Cuenta mamá en el libro de Di Candia, El viento Nuestro de Cada Día). Conservó con ella el collar hasta el día de su muerte 40 años después.

A poco de fundarse la Convergencia, el Teatro El Galpón, ya instalado en México, con Atahualpa del Cioppo a su frente, se pasó a llamar «El Teatro de la Convergencia». Llevarlos a Washington fue todo un triunfo. Las dos veces con «Pedro y el Capitán» del propio Benedetti. Primero en una Iglesia (Metodista Unida) en 10 Dumbarton Street NW de Washington. Actuaban Ruben Yáñez y Rulo Rivero.

La función fue un sábado de noche. La iglesia se desbordó. Terminada la obra recuerdo la cara de sorpresa del pastor (y director de la WOLA donde yo trabajaba) Joe Eldridge. No entendía por qué tanto festejo. Era algo más que una obra de teatro. El galpón en Washington era un carozo «duro de tragar» para la dictadura, que no lo supo ocultar. Creo que lo dejamos solo arreglando los bancos para el servicio del domingo, al que seguí yendo cada vez que regresé.

Para la segunda actuación, conseguimos el Teatro: «Gala». Gala era una institución cultural de la comunidad hispana de Washington. Pero llegaba a un público más amplio que el de la comunidad de Derechos Humanos: funcionarios de organismos internacionales (OEA, BID, BIRF, OPAS, etc), a las Embajadas y profesionales nacionalizados. También obviamente el de la comunidad sensible y movilizada.

Además de Mario estaban Carlos Martínez Moreno (primero en Barcelona, luego en México), Carlos Quijano, Eduardo Galeano. Juan Carlos Onetti ya vivía en España, y seguro que alguien piensa que peco por omisión. Pero prefiero referir a los que traté y pude militar con ellos.

En mi primera visita a México, cuando ya vivía allí una comunidad de exiliados, nutrida y organizada, me quedé en casa de los hermanos Fernández de Camareta de Punta del Este. Camareta llegó a tener un local propio, tipo café concert. Cada vez que veo triunfar a Daniel Lasca, recuerdo al gran músico que fue su padre, también integrante del grupo y que supo triunfar en México y Cuba.

En Caracas residía el rector de la Universidad durante la intervención, Oscar Maggiolo, quien llegó a ser muy amigo de papá. También mi primo y futuro rector Rodrigo Arocena. En México dos futuros rectores, Rafael Guarga y Samuel Liectensztejn. Con todo ese despliegue cultural en el exilio pronto se lanzó la iniciativa de las «Jornadas de la Cultura Uruguaya en el Exilio». Las más resonantes fueron las de México, Panamá, Caracas y Venecia. En estas últimas se hizo presente el Cardenal Albino Luciani quien poco más de un año después fue el Papa Juan Pablo I.

En Londres existía una oficina ONG dedicada a América Latina cuyo director se ofreció a lograr que uno de los Rolling Stones, Mick Jagger, firmara una petición de gente de estamentos del arte reclamando la Libertad de los presos políticos en Uruguay.

Pasaron muchos años hasta que en 1995, recién acreditado como embajador de Uruguay en Argentina, los Rolling dieron allí su primer concierto. El embajador británico, que conocía la historia, me invitó a cenar con él en su residencia y pude agradecerle su solidaridad. No podemos dejar pasar el mundo del folklore. Zitarrosa en México, el Sabalero en Europa, los Olimareños en Oceanía.

Cuando estos iban a Londres, papá les hacía empanadas con carne cortada con cuchillo (el honor es grande, qué podría hacer). Recuerdo más de una noche con Diego Achard abrazados del Sabalero en plaza Garibaldi. Los tres con alguna tequila de más, como para cantar «pero con flores vengo». Atesoro las fotos de un año nuevo en lo de Alfredo, su voz ara tan profunda como su ternura invisible.

A Daniel Viglietti logré llevarlo a Washington. El recital fue en el Irving Auditorium, él cantó y yo hice uso de la palabra. Tengo en mis manos el programa de aquel 26 de noviembre del 76, con el cual habíamos empapelado todo el barrio latino días antes. Al otro día George Lister, responsable de Derechos Humanos para el Hemisferio Occidental del Departamento de Estado, llamó a refunfuñar. Hasta allí habíamos logrado llegar nuestra preocupación.

Quizás esa acumulación de prestigio de la cultura uruguaya en todos los órdenes, desde las letras al rock, desde la música clásica al Teatro, se convirtió en un gran esfuerzo: la subasta bajo el nombre de Arte y Solidaridad en el Museo Guayassamín en Quito. La idea fue de Alberto Grille (actual director de Caras y Caretas), viejo amigo de andanzas del exilio. Hablamos con el célebre pintor ecuatoriano en su propia casa. (21 al 18 de junio,1982).

Alberto se echó el tema en sus hombros. Recorrió el mundo para organizarla. La iniciativa logró todo lo que se podía aspirar. Movilizó a los exiliados uruguayos dispersos por todo el mundo en la tarea de conseguir obras. Generó una noticia muy relevante a nivel internacional en un mundo en el que es difícil entrar, el de las elites cultas. Logró recaudar fondos para los familiares de los presos. El catálogo no sale de mi biblioteca, y, lo que es más importante, se conserva en un lugar de honor del actual Museo Guayassamín.

Todo esto vive en mi recuerdo. Repaso las hojas de mi archivo y lo recibo. Compartirlo hoy es un deber.

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