#IdearioAmor en tiempo de cólera

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Pueden pasar varias cosas cuando de escribir se trata: que la magia de la inspiración haga que uno termine de un tirón apenas en un rato nomás, cosa no habitual en mi caso, sino al contrario. Que se escriba y se borre cada tanto alguna oración o párrafo concreto por razón de disconformidad con el texto propio. Hacerle pequeñas modificaciones que no son tales porque la acumulación de las mismas modifican del tal manera algo que uno empezó con una idea de relato, crónica o historia y termina en un destino desconocido tal como si uno no tuviese dominio de su propia mano y otras veces sucede que uno cae en una especie de parálisis similar a un ataque de pánico literario y así podría seguir.

Pero también puede pasar que un relato quede inconcluso y aplazado con deseo de cumplimiento y de realización al igual que “Florentino Ariza” en el “El amor en los tiempos de cólera” y puede esperar meses y hasta años a fuerza de la ilusión, esa hermana predilecta de la esperanza.

Pues hoy lo que me trae hasta aquí es un caso de este tipo. Algo que comencé a escribir una mañana de verano y lo archivé hasta mejor oportunidad. Creo que esa mañana de hace tres veranos estaba demasiado contrariado conmigo mismo y cuando es así, mejor no seguir.

El verano suele presentarse como una estación de reflexión, cuando se aquieta el ánimo, y el nervio ciudadano mantiene más laxa su tensión. Un espacio temporal donde todo lo mental se encuentra más proclive a la abstracción, a la contemplación y el ensimismamiento.

En mi caso siempre me pareció fascinante que uno pueda perderse en los pensamientos y volar con ellos, disfrutarlos de tal forma que uno sienta en su labor introspectiva las ganas enormes de aspirar a escribir como un loco una novela del tamaño de la de Proust “En busca del tiempo perdido” o “La Divina Comedia” del genio de Alighieri. Sin embargo, uno se da cuenta que por más enajenado y desquiciado que sea el vuelo, la realidad de las limitaciones propias le hacen caer en la cuenta y también en la confirmación, de que no hace otra cosa que delirar y en el mejor de los casos concluir que se trata de otro sueño. Sin embargo, de todas formas y a pura guapeza pretendo mantenerme firme y rebelde en la defensa de la capacidad de soñar, porque en este mundo en que vivimos si los sueños se pierden y los anhelos concluyen a razón de descreimiento uno entra en la fase de la muerte natural de las ansias vitales de la voluntad.

Admito que la vertiginosidad de la etapa adulta, de la urgencia cotidiana y de las circunstancias humanas atentan con alevosía contra la maravilla de las representaciones más bellas así fuere una absurda quimera o el desvarío de un perturbado.

Mi último año y medio estuvo a punto de resecarme y de romperme esa capacidad de soñar que practicaba desde que era niño y seguí desarrollando en mi adolescencia y juventud. Hoy sin embargo, a mis casi 52 años me niego a perderla y me aferro a ella protegiéndola en un parapeto fortificado.

A veces pienso que la obligada soledad que provocaron los desarraigos forzados me fue compensada con la facultad de tener esa imaginación que me llevó a soñar siendo un niño, que yo, aquel chiquilín de doce años podía, junto con otros, organizar una incursión militar de tal magnitud que iríamos en búsqueda y rescate de los miles de compañeros presos en el Penal de Libertad. Que junto con Boris, con el “Canario”, con el “Ruso” y su otro hermano, “el ruso chico”, con el “Bocha”, con el Hugo Pereyra y un puñado más volveríamos a nuestras tierras a arrancarlos de los perversos. ¡Y lo lográbamos! O que cabalgaba a bordo de un viejo M4 en Matagalpa o Estelí allá por el 78 rumbo a Managua o cuando a los 16 años había definido que El Salvador debía ser mi destino y con Roque Dalton decía: “Poesía. Perdóname por haberte hecho comprender que no estás hecha solo de palabras”.

Hoy todo es historia, propia y ajena. Uno ya anda lleno de abollones, cicatrices y todo tipo de señales de que se ha vivido. Sin embargo, hay una prueba; diría la más importante que uno debería realizarse, como esos chequeos profundos que a uno lo obligan a concretarse después de los 50, pero en este caso se trata de un examen no del cuerpo, no de la anatomía, sino del alma y que consiste en preguntarse sea para adentro o para afuera en voz alta, y eso dependerá del coraje de cada uno, si en el recorrido, si en el trecho vital andado por este mundo, se ha sido coherente consigo mismo. Que cada espejo nos responda o lo mejor que cada uno se arriesgue a mirar a los ojos al prójimo, al compañero, al sufriente y al desvalido y advierta qué recibe como devolución.

En esa respuesta seguro se juega cada uno la vida.

Corría enero del 83, la dictadura estaba furibunda por sentirse acorralada desde adentro y desde afuera, sin embargo, como una bestia brutal arrinconada siguió haciendo daños casi irreparables a los inocentes. A esa altura la mayoría eran jóvenes, se trataba de la reserva moral y casi milagrosa de la resistencia; una generación formada dentro del fascismo prácticamente y sin ligamen con la anterior generación más que por historias y leyendas, y que surgía después de tantas bajas, golpes, muertos y prisioneros.

Todavía por esos años seguían desapareciendo patriotas o muertos en tortura. Al fascismo se les hacía frente con unas muchachas y muchachos que muchos apenas superaban la edad de mi hija Sabina.

Hoy a esas mujeres y hombres los conozco, la gran mayoría preservaron la alegría de sus sonrisas, la dignidad en su porte y sus ideas, tomando en cuenta que el fascismo se encargó de destrozarles el cuerpo y el espíritu a muchos de ellos, cuando los ahogaban en sangre, tortura y vilezas de todo tipo a esos jóvenes, comunistas en su amplísima mayoría, en los sótanos de Maldonado y Paraguay.

Fue ese enero del 83 que se moría mi abuela materna en el Pasteur; mi madre y yo entrábamos clandestinamente al Uruguay a darle el último beso que fue nomás el de la expiración, a tal punto que la humedad de nuestros labios en la frente de aquella vieja luchadora fueron sus santos óleos… a la media hora se murió, yo no lo vi pero dicen que antes de morir lloró…

El mismo día, seis años después partía Zitarrosa. La misma amargura más que tristeza, la misma bronca más que pena, porque lo natural si de la muerte se trata es morirse en paz y no en entredicho.

“Por sanar de una herida he gastado una vida pero igual la viví y he llegado hasta aquí”. Alfredo Zitarrosa.

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