Por: Hugo Acevedo, Analista

La oficialización de los resultados de las controvertidas pruebas Pisa en su edición 2015 deparó un sugestivo y sepulcral silencio por parte de la oposición, que habitualmente profiere comentarios ácidamente críticos y confrontativos con respecto a la gestión del gobierno progresista en materia educativa.

La clave de este fenómeno fue la reversión de la tendencia observada con respecto a la edición 2012, con auspiciosos indicadores en las tres asignaturas evaluadas: Lenguaje, Ciencias y Matemática.

En los dos primeros casos, los puntajes obtenidos fueron los mejores de la serie desde que nuestro país participa en Pisa, lo cual comporta un significativo avance que debe ser valorado como corresponde.

Por lo pronto, los resultados de la evaluación arrojaron otras importantes conclusiones, que atañen directamente a la construcción de un sistema educativo realmente inclusivo y con pertinencia social.

En efecto, uno de los rasgos más destacados de esta auspiciosa situación es que, en 2015, Uruguay redujo sustantivamente las brechas de puntaje entre los desempeños más altos y los más bajos en la evaluación de Ciencias.

Según el reporte oficial, en esta edición Uruguay logró elevar el nivel del “piso” de los desempeños, al tiempo que el “techo” se mantuvo incambiado, lo cual deriva en una brecha de puntajes bastante menor que en la edición 2012.

Asimismo, con respecto al indicador de nivel socio-económico que elabora Pisa, se constata un incremento de entre 20 y 25 puntos en la escala de desempeños, en todos los quintiles excepto en el nivel más alto, lo que contribuye a reducir la inequidades.

Esta nueva situación es producto de políticas educativas activas más diversificadas en materia de propuestas y contenidos programáticos, con un superlativo énfasis y una mayor focalización en el contexto y la integralidad del alumno y en estrategias de inserción, retención, acompañamiento y protección de trayectorias educativas en clave territorial.

Este proceso es por supuesto complejo y a mediano plazo, en la medida que la población estudiantil en todos los niveles representa ahora sí -a diferencia de lo que sucedía en el pasado- a la totalidad de universo de la sociedad uruguaya sin exclusiones.

Por supuesto, este esfuerzo institucional sigue estando en algunos casos condicionado por la aun subyacente segmentación del tejido social, salvajemente desgarrado y ultrajado por las políticas neoliberales de antaño que, en 2002 condenaron a casi el 40% de los uruguayos a vivir en la pobreza.

Obviamente, ni antes el panorama era catastrófico ni ahora estamos transitando un sendero de rosas. A lo sumo, todo parece indicar que el trabajo sistemático de las autoridades en articulación con las comunidades educativas y los referentes familiares y sociales está comenzando a dar sus frutos.

Lo que debería entenderse de una buena vez es que la apropiación del conocimiento y de los aprendizajes por parte de adolescentes y jóvenes, es el corolario de la conjunción entre el saber meramente cognitivo, la integración y la construcción de ciudadanía, con su correlato en materia de derechos.

No se entiende que la derecha -que incluye a blancos, colorados y por supuesto también independientes- haya ignorado olímpicamente los anuncios y no reaccionara positivamente ante estas mejoras constatadas, que parecen visualizar un horizonte bastante más esperanzador que hace tres años.

Ello corrobora que la preocupación por la educación de los partidos que integran el bloque conservador es un fraude, oportunismo puro y demagogia de la peor laya, acorde con la peor tradición política de nuestro país.

La actitud de esta oposición sin rumbo ni propuestas, que aspira a desplazar al Frente Amplio del gobierno dentro de tres años pese a que carece de proyecto político, es la de meras aves carroñeras que, en este caso, se alimentan únicamente de los fracasos ajenos.

La única e infeliz reacción desde la derecha a este cambio de escenario fue la del diario El País, que perpetró su peor derrape de todo el año antes que se conocieran los resultados oficiales, con un título de portada cargado de saña, irresponsabilidad profesional y subjetividad: “Las Pruebas Pisa arrojan el peor resultado de la historia”.

Esa presunta “primicia” -de tenor naturalmente catastrofista y hasta apocalíptico- se originó en la patológica exacerbación y ensañamiento del matutino con el gobierno y, en particular, con la educación pública.

En este caso, esta actitud de permanente hostilidad devino en un ridículo de proporciones, que se registró no bien se conocieron las evaluaciones de desempeño de los estudiantes uruguayos.

Obviamente, la explicación a un desaguisado de tal calibre es la impericia de los periodistas que procesaron la noticia, la falta de confirmación con fuentes confiables y la total ausencia de la correspondiente supervisión por parte de los editores.

Fue una suerte de suicidio involuntario, el cual contó con la complicidad de los medios audiovisuales obsecuentes que en las primeras horas del martes 6 de diciembre reprodujeron la apócrifa noticia y con el silencio de otros colegas que se hicieron los distraídos para invisibilizar el desastre y exorcizar a El País.

Con esa lógica de corporación trabaja el conglomerado mediático funcional a la derecha, que estafa permanentemente al lector y a la audiencia, con falacias, verdades a medias y estrategias de maliciosa manipulación de una realidad que es radicalmente diferente a la que cotidianamente difunden.

¿Qué dirán los que hace tres años le cantaban loas a las pruebas Pisa, incluyendo a dirigentes políticos, seudo-analistas u opinólogos profesionales de la comunicación absolutamente ignorantes en materia educativa? Aparentemente, no se enteraron de los anuncios.

Aunque el sociólogo y erudito francés Cristian Baudelot afirmó que Pisa “no mide conocimientos, sino las habilidades y destrezas que considera debe tener cualquier persona para rebuscarse en la vida”, muchos observadores locales siguen considerando que sus informes son una suerte de biblia que difunde la verdad revelada.

Lo irreflexivos críticos que ahora callan, son los voceros de los partidos tradicionales que, hace poco más de una década, sumieron a la educación en su peor crisis, con raquíticos presupuestos, salarios dramáticamente sumergidos, docentes desmotivados y locales ruinosos y devastados.