Por: Mauro Mego, Edil MPP, E609, FA, Rocha

¿Debe existir una ética para las tareas públicas y otra para el resto de las dimensiones humanas?

Por estos días una de las noticias más destacadas por la prensa de nuestro país ha sido el aparente alejamiento formal del diputado Gonzalo Mujica de la orgánica del Frente Amplio, y con ello la pérdida de la mayoría parlamentaria del oficialismo en la Cámara de Diputados.

Naturalmente que la noticia tiene gran relevancia en la palestra pública, ya que está transcurriendo un período legislativo en el que, por tercera vez consecutiva, el Frente Amplio adquirió a través del voto popular la mayoría parlamentaria en ambas cámaras, configurando realmente un mérito pocas veces visto.

A este suceso, que ha despertado todo tipo de análisis, habría que sumarle una cantidad de editoriales, notas periodísticas y de opinión destacando la necesidad de un profundo debate sobre los rumbos de la fuerza política así como también permanentes exhortos a ponderar de manera predominante los aspectos éticos y cómo estos deben relacionarse con la fuerza política y la propia gestión de nuestros diversos niveles de gobierno.

De alguna manera, los valores, la ética, la rectitud han estado cada vez más presentes en el debate que habitualmente abonamos sobre los rumbos y desafíos de la fuerza política. Sobre el papel de la ética respecto de las tareas políticas hay una pléyade de opciones para entender el fenómeno.

Hay quienes le exigen fuertemente a la fuerza política que sea quien incida de manera implacable para hacer valer los principios de los cuales la izquierda se ha vanagloriado durante toda su rica historia; hay también quienes entienden que la posibilidad de cumplimiento estricto de dichos valores queda siempre necesariamente circunscripta al ámbito individual e íntimo y el éxito de su aplicación o praxis dependerá siempre de ese factor individual.

También están los que entienden y explican que en nuestro país existiría una especie de consenso tácito sobre la ética pública y que aquí todos los actores políticos mantienen un respeto común a ello más allá de sus diferencias ideológicas, y también existen aquellos -creo que minoritariamente- que han resuelto circunscribir la ética a un espacio secundario, subyugada respecto de objetivos “superiores” que justificarían algunas “licencias” morales.

No existen seres humanos infalibles, que recojan unanimidades y que jamás se hayan equivocado. Tal vez buena parte de los avances civilizatorios se hayan dado a partir de grandes yerros humanos y de cómo estos fueron procesados en el futuro. Sobre la tarea política existe, cada vez más, una tendencia a observarla muy de cerca, en buena medida debido al ensanchamiento de las libertades, el acceso a la información y el propio y natural desgaste de partidos políticos asentados y con un largo recorrido histórico.

La gente y la opinión pública -fenómeno siempre creado- tienden a ver con desconfianza la tarea política, guardan una lealtad naturalizada respecto de la herramienta, pero cada vez las exigencias sociales hacia los llamados actores políticos crecen. Creo que la llegada de la izquierda al gobierno ha hecho crecer esa vigilancia ya que fenómenos como el de José Mujica han marcado una grieta que alteró para siempre lo “esperado” por parte de la ciudadanía respecto de un actor político.

Pondré un ejemplo absolutamente superficial pero que resulta sintomático. Cuando Mujica entró a la vida política institucional como diputado la noticia era su aspecto, un aspecto humilde, con ropas comunes a las de cualquier ciudadano uruguayo.

Sin embargo, ese espíritu “descontracturado” y lejano de toda solemnidad, tan arraigada en las esferas parlamentarias, llegó para quedarse, al punto que la gran mayoría de los actores políticos compiten por mostrarse cada vez más “cancheros” y resulta cada vez más extraño, por ejemplo, ver candidatos que usen invariablemente una corbata.

Existen sobrados ejemplos también en el exterior y esto parece ser una tendencia expresada más allá de fronteras nacionales. Más allá de este detalle, cierto es que los aspectos éticos han pasado a ser el factor predominante sobre el cual “medir” a los políticos. Hoy en la izquierda nacional no faltan quienes expresan que existe una “crisis” de valores aparentemente “históricos” de nuestro “deber ser” frenteamplista.

Pero, ¿es cierto esto en términos generales? ¿Tiene el Frente Amplio, o cualquier partido político, herramientas suficientes para transformarse en un férreo controlador de cientos o miles de individuos? ¿Debe existir una ética para las tareas públicas y otra para el resto de las dimensiones humanas? ¿Cómo medimos las acciones políticas? ¿Es la política necesariamente un escenario “pedagógico” para el resto de la ciudadanía? Podríamos continuar planteando una serie de interrogantes respecto del papel de los valores en la acción cotidiana y política pero volveremos al par de disparadores con que iniciamos el artículo.

Los debates en torno a quién pertenecen las bancas parlamentarias obtenidas por voto popular no son nuevos en el Uruguay. Ya en principios de siglo había diferentes concepciones sobre este tema y también sobre el papel del partido respecto del gobierno y viceversa. No entraremos aquí en el esquema de ejemplos de los que la historia nos provee, ni entraremos en el entramado teórico qué hay detrás de cada afirmación. Lo haremos desde una suerte de “ética del sentido común” o de un “sentido común ético” (con el debido perdón de los expertos en asuntos filosóficos).

El Uruguay continúa siendo (veremos si el fenómeno Novick vulnera este paradigma) un país de partidos políticos. Cada uno de ellos proviene de una matriz, una historia, tienen un funcionamiento interno, una serie de tradiciones e ideas que los nuclean y dan identidad y soporte a sus propuestas y acciones, hay en cada uno de ellos una visión de cómo es nuestra sociedad y de cómo debe ser la misma, cargada de valores, ideas sobre el ser humano, el Estado, el mercado, la economía, etc. Los ciudadanos a través del voto participan de la decisión soberana optando por diversas opciones partidarias, y dentro de cada partido a su vez encuentran varios matices con los cuales identificarse por diversas razones.

Cada partido y cada sector a su vez utilizan criterios propios y diferentes a la hora de conformar sus listas, de llenarlas de nombres de mujeres y hombres que, en caso de cargos electivos, adquieran a partir del dictamen del soberano un sitio de gobierno. Por lo cual, desde la lógica elemental, resulta poco probable, salvo en casos muy contados, que el ciudadano opte en términos relevantes por una opción política a partir de coincidir y conocer a la totalidad de los integrantes de una hoja de votación. Generalmente son la realidad social económica, la tradición, los “cabezas de lista” más conocidos, la identidad ideológica, lo que conduce a un ciudadano a tomar una lista determinada en el cuarto de votación.

“A mí me votó la gente”, resulta una frase cierta en términos formales, pero que en términos reales basta con sincerarse realmente, esa es una distinción reservada a candidatos sobresalientes como pueden ser, por ejemplo, los presidenciables que atraen al elector muchas veces desde una lógica de voto al individuo. Pongo un ejemplo elemental y personal. La Lista 609, en las últimas elecciones departamentales, fue la lista más votada del Frente Amplio en Rocha superando los 6.000 votos. Gracias a la decisión colectiva de mi sector político tuve la suerte de encabezar esa lista, pero sería realmente poco creíble de mi parte afirmar que esos más de 6.000 votos son míos, o arrogarme yo la representación de esas 6.000 conciencias individuales.

Quién sabe qué factor llevó a la gente a votar en masa esa lista: era “la lista de Pepe”, era “la lista de Aníbal” (Pereyra), algunos por pertenencia ideológica, otros tal vez la votaron por primera vez, algunos a lo mejor votaron por recomendación, y así podríamos seguir. Pero, la representatividad que yo pudiera esgrimir ahora que fui proclamado edil departamental deberá siempre tener en cuenta que las voluntades que respaldaron esta propuesta, salvo a lo mejor mi núcleo de afectos, mayormente lo hicieron a la propuesta política y no a mi calidad de mejor o peor individuo para la tarea.

Ni siquiera en esta última hipótesis descabellada (suponiendo que todos hubiesen votado a quien encabeza esa lista) debería tener el derecho de concentrar a mi antojo y real saber y entender las voluntades de más de 6.000 personas. Porque mañana, imaginemos, entiendo que lo mejor es el conservadurismo católico, opto por cambiar de ideas políticas (cosa bien válida) y dejo de rehenes a más de 6.000 personas que, y tal vez sea lo único inapelable, entendieron que Rocha debía ser gobernada por el Frente Amplio, por la izquierda. Y este drama no es solamente de la izquierda.

El empresario Novick y su novel partido ya tienen banca parlamentaria sin haber pasado por el dictamen popular y en detrimento y perjuicio del Partido Colorado y el Partido Nacional, quedando claro que, a mi juicio, estos procedimientos no solo dañan a los oficialismos sino que destruyen a todos los partidos políticos y malinterpretan el sufragio, adueñándose el individuo de una voluntad que el ciudadano delegó en el representante que ante todo pertenece al partido que allí lo designó, respaldó, financió, promovió e hizo conocer.

Salvo con algún mecanismo legal que desconozco no existe antídoto para ello. ¿Los Saravia o los Gonzalo Mujica en el caso de la izquierda, significan que fue errónea la política de acumulación? ¿Qué otra cosa ha sido el Frente Amplio sino un receptor de visiones progresistas provenientes de otros sitios? Existe en todo el país un ejército de ciudadanos que militan en el Frente Amplio y que nacieron en otras tiendas.

En muchos casos además lo hacen con responsabilidad, pasión y compromiso. Los partidos políticos tienen límites en el control de las conciencias individuales, allí es donde la ética individual patea el penal decisivo. Solo la ética individual tiene la facultad de marcar una acción, incluso más allá de lo político, y esta debe estar basada en la convicción que uno es un partícipe delegado de la voluntad colectiva de un partido y es a él a quien uno se debe.

Si no se comulga más con las ideas de este, ¿tengo derecho a permanecer en un sitio decisivo al que llegué gracias a un colectivo político? ¿No estoy hiriendo de muerte al espíritu fundamental del acto del sufragio? Allí las estructuras partidarias encuentran los límites humanos, salvo que se halle en el futuro el mecanismo legal para evitar estas cuestiones.

De modo que ha quedado expuesta en términos generales mi opinión. De esa forma, la cuestión ética no debe ser un objetivo deseable solo para evitar o castigar los latrocinios sino también se debe corresponder como un catálogo de acciones cotidianas que pongan la dignidad humana por sobre las circunstancias. Por ejemplo, la dignidad de renunciar a un sitio en el que ya no creo.

Es ciertamente además, un derecho, no es saludable que alguien esté en un lugar en el que se siente incómodo. Pero, como vimos, resulta poco creíble, además de dañino para la genuina democracia, arrogarse uno mismo y de forma individual el sentido medular del acto legitimador del voto y mucho más cuando se trata de cargos a los que se accede a partir de la generosa arquitectura electoral que tenemos.

Si, como dicen los analistas, el Frente Amplio tiene dramas éticos que no enfrenta, yo diré que es posible que la tarea de gobierno nos haya puesto muchas veces de frente a la condición humana y sus vetas menos favorables, pero en todo caso y siempre, es el individuo quien opera en un sentido o en otro.

Esto no implica ser cómplices ni mucho menos, debemos ir hacia una ética pública cada vez más cristalina, pero como en otros aspectos de la vida, no existe garantía más allá de la conciencia individual y, cualquier desorden de esta, jamás podrá ser la excusa a la cerrazón de una fuerza política, en el caso del Frente, que nació para sumar “orientales de todo pelo”.