“Astor Piazzolla decía que La cumparsita era uno de los peores tangos jamás escritos. Seguramente le molestaba su rusticidad armónica”, opina el crítico musical argentino Federico Monjeau.

“Todo el tango se mueve dentro de los tres grados básicos de una única tonalidad (originalmente sol menor). Es así como el ejemplar arquetípico del tango pasa por alto uno de los rasgos más significativos del género, que consiste en que la segunda parte transcurra en una tonalidad relativa o vecina, o bien que la tonalidad de la primera parte cambie de modo en la segunda (de menor a mayor, por ejemplo, como ocurre en La casita de mis viejos, en Vida mía y tantos otros); ese cambio súbito de modo, que le da al tango su aspecto schubertiano, abre un color y una perspectiva expresiva que por cierto está ausente en La cumparsita” dice Monjeau.

De todas maneras, no es un tango chato. Es igual a sí mismo en la armonía, no en la forma. No tiene dos, sino tres partes, y en la interpretación dulcemente ornamentada de Gardel la tercera (“Al cotorro abandonado/ya ni el sol de la mañana…”) expande el lamento en un logradísimo arabesco.

“Todo en el mismo tono, ¿y por qué no? Obcecada, La cumparsita supo ganarse el corazón de los oyentes y también el de los músicos” dice el crítico.