Por: Por Marcelo Hernández

Antes de abordar su óptica acerca de esta temática, LA REPÚBLICA quiso saber cómo fue su recorrido con las personas, que desembocó en lo que es hoy en día.

Haceme un pequeño recorrido sobre tu vida personal, profesional y cómo llegaste a especializarte en los adolescentes.

Sé que deseo ser médico desde que tengo memoria. Luego de idas y vueltas, ingresé Facultad de Medicina en el 80, y me llevó diez años la carrera. Allá por 1986, en un evento en la Embajada de Francia, un encuentro con el Dr. Juan José Crottogini puso el primer mojón para lo que sería mi rumbo definitivo: sugirió que me dedicara a los adolescentes, “los grandes olvidados” según sus palabras.

Finalicé la carrera y entré al postgrado de Ginecología en el Hospital de Clínicas. Participé en un congreso latinoamericano en diciembre de 1990, y ahí supe de la pasantía en el Hospital de Clínicas de Buenos Aires, en el Servicio Interdisciplinario de Adolescencia.

Hice esa pasantía en el helado invierno de 1991 y de ahí en más no tuve dudas: los adolescentes eran mi tema. Aquí no había, y sigue sin haber, postgrado ni diplomado en adolescencia.

Hice un curso de especialización de la Facultad de Medicina de la UBA, a distancia. “A distancia”, quería decir que todos los meses me enviaban un enorme sobre con el material del curso. Bastante distinto a lo actual. Luego vino el diseño y la instrumentación del Servicio de Adolescentes de la Asociación Española, en 1996, y en 2001 lo mismo en el Hospital Policial.

El trabajo en equipo, la interdisciplina, y la coordinación intersectorial e interinstitucional fueron los puntos fuertes de todos estos años. Y los miles de pacientes atendidos, con los más variados motivos de consulta.

Finalmente, la formación en Orientación Familiar, en el Postgrado de Psicología Sistémica y Familias, de la UCU, y la formación en Gestión de Calidad.

Ahora incursiono en el Enfoque Centrado en la Persona, por lo cual participé del Encuentro Mundial en 2014.

Con la experiencia, más el bagaje teórico, trabajo en Orientación Familiar en el Centro Clínico del Sur, donde trabajo con las familias de chicos con problemas de conducta, o con familias con dificultades en sus vínculos, y soy Directora Técnica y Orientadora Familiar en Choice Uruguay, trabajando con familias de personas con problemas de adicción a sustancias, o con trastornos alimentarios.

En lo referente a la docencia, he sido docente de formación continua de la Sociedad Uruguaya de Ginecología de la Infancia y la Adolescencia, y del Comité de Adolescencia de la Sociedad Uruguaya de Pediatría, en temas de adolescencia y nutrición. También desde 2010 soy tutora de los residentes de pediatría y de medicina familiar en la Asociación Española, en el Programa de la Escuela de Postgrados. También he trabajado en talleres de formación para educadores y para padres, así como de formación de líderes, en Fe y Alegría.

He participado en innumerables foros, cursos y congresos, tanto en el Uruguay como en el exterior.

Llevás muchos años trabajando con estos temas, pero como todos, tuviste tu etapa adolescente. De lo que viviste, ¿qué sacaste para los planteos que hacés sobre este tema? ¿Te han servido o las cosas evolucionan tanto y tan rápido que poco sirven?

Creo que los adolescentes son básicamente muy parecidos en todos los tiempos. Hay frases extraídas de textos de Antes de Cristo, que hablan de la rebeldía de los jóvenes. Persisto en mi convicción de que los adolescentes son seres maravillosos, inquietos, curiosos, rebeldes, solidarios, con gran sentido de justicia.

Mi adolescencia tuvo lugar en tiempos convulsionados: el rock, Woodstock, el movimiento hippie, mayo del ‘68, la revolución sexual. Cumplí 15 años en 1970. Comencé a fumar muy joven, con el sentido de “llevar la contra” a una familia donde nadie fumaba. Íbamos a los bailes de los liceos, y los cumpleaños de 15. Nos vestíamos de fiesta. Me ennovié a los 14 años, y lo original es que sigo casada con ese novio.

Y éramos rebeldes y contestatarios, fueron tiempos de militancia política, de huelgas y liderazgos. Y también eran tiempos peligrosos. Tuve que abandonar los estudios en 1º de Preparatorios (actual 5º de Bachillerato), por agresiones políticas. Como no existía la posibilidad de quedarse sin hacer nada, aprendí un montón de cosas, empecé secretariado, lo terminé, empecé a trabajar y me casé.

Reinicié mis estudios. A veces les cuento esto a mis pacientes, cuando pierden años, o cuando dudan sobre su vocación y temen tener que cambiar de orientación o de carrera. Y les digo que siempre se puede retomar el camino. Y quizás eso me permitió estar más segura aún de lo que quería hacer.

En la adolescencia, propiamente, fui bastante insoportable. Tuve muchos comportamientos que hoy decimos que constituyen el “síndrome de adolescencia normal”, y que si no está presente, nos hace pensar que ese adolescente no está transitando ese período en forma normal.

Ser capaz de recordar esos hechos me pone en mejores condiciones de entender a los chicos, y ser madre y abuela, en mejores condiciones de entender a los padres. Yo digo que quizás haber sido “insoportable”, y recordarlo, me hicieron seguir el consejo del Dr. Crottogini.

Un enfoque ecológico en educación y salud

Según datos de la Organización Mundial de la Salud, los adolescentes representan el 20% de la población mundial. De acuerdo a la misma fuente, el 85% están en países pobres o de ingresos medios. Esto obliga a pensar en políticas para la adolescencia partiendo de un concepto de salud integral. “Salud” no implica solamente ausencia de enfermedad sino un estado de completo bienestar biopsicosocial.

Es necesario entonces un enfoque que nos permita poner al adolescente en su contexto familiar, institucional, social. etc., para construir desde allí abordajes interdisciplinarios e interinstitucionales, e intentar dar respuesta a la demanda existente en la órbita sanitaria, educativa y social.

Para hablar sobre estos temas, es que la docente y Dra. Laura Batalla, brindará el Seminario “Adolescencias, un enfoque ecológico para diseñar nuevos abordajes en educación y salud”.

El mismo tiene inscripciones abiertas y se llevará a cabo el próximo 4 de setiembre, de 8 a 17hs., en el Holliday Inn Montevideo, Hotel & Convention Center (Colonia 823, esq. Andes). El mismo fue declarado de interés por el Codicen de la ANEP, MEC, Mides y UdelaR.

La Dra. Batalla, al preguntársele qué aconseja para que los protagonistas de su trabajo profesional padezcan lo menos posible esa fase de su vida, indicó que “creo que el ambiente familiar, con la diversidad que esta palabra tiene hoy -y tuvo siempre aunque no se le llamaba igual- es fundamental para que los hijos puedan superar exitosamente la etapa.

En definitiva, la adolescencia es la etapa de la que deben emerger adultos, responsables y autónomos. Esa es la tarea, el trabajo, que debe realizar la familia. Una adecuada dosis de factores nutricios y de factores normativos, ambos presentes, si bien no garantiza, por lo menos dan las mayores probabilidades de atravesarla exitosamente.

En definitiva, la familia transmitirá los valores que viva, establecerá sus normas, y seguramente hará ambas cosas basada en el amor incondicional a sus hijos.

Las drogas y el alcohol

Al ser consultada acerca de cuál es la forma en que deben hablar los padres con sus hijos para evitar o minimizar los riesgos en el consumo de drogas, la experta puntualizó que “siempre les digo a los padres que no hablen mucho. Los padres y madres -y fundamentalmente las madres- tenemos una tendencia ancestral a explayarnos, a repetir los conceptos y las normas. Yo afirmo, y me hubiera gustado que alguien me lo dijera a mí, cuando era una madre muy joven, que alcanza con decirlas dos veces: una vez para que la conozcan, y otra para que la entiendan.

Repetir una norma, una orden, o una sugerencia cien veces, no da garantía de que se cumpla. Es más: quizás sea contraproducente tanta repetición. Los chicos lo dicen con expresiones muy gráficas: “me come la oreja”, “me atomiza”. Entonces, hablar claramente, y fundamentalmente escuchar lo que ellos tienen para decir, su opinión, sus sentires, sus deseos.

Y escucharlos en momentos adecuados. No cuando nosotros tenemos un ratito, y les preguntamos, y nos ofendemos porque no responden. Tienen sus propios tiempos. Escuchar, discutir, elaborar de común acuerdo las normas, que sean pocas y no repetirlas. Y obviamente, hay cosas básicas que no deberían ser motivo de discusión: relacionarse con respeto, no a la violencia -venga de donde venga-, estudio, descanso, alimentación, higiene”.

Crece en las chicas

Al preguntársele por dónde ve que surge esa relación tan estrecha entre los adolescentes y el alcohol y si es realmente mayor el consumo de alcohol en esas edades en la actualidad o es que todos los temas están mucho más visibles debido a la proliferación de lugares donde exponerse (redes sociales, celulares, etc.), la médica señaló que “sin duda es mayor el consumo, si bien no hay estadísticas de muy largo plazo.

Pero el consumo viene en aumento, y cada vez el inicio se da en edades más tempranas. Actualmente es a los 12,5 años, y de esos chicos de entre 12 y 14 años, el 30% consiguen el alcohol en su propio hogar. Por otra parte, aparece el consumo en chicas adolescentes, y este sí es un consumo nuevo. Y junto con el alcohol, aparecen fenómenos directamente relacionados con él: accidentes de tránsito -como conductor o como peatón-, agresiones y violencia, embarazo adolescente, infecciones de transmisión sexual, ingreso al consumo de otras sustancias”.

La importancia de la educación para tener una mejor salud

La especialista en adolescencia manifestó sobre la relación que encuentra entre su trabajo y el área de la educación, y la articulación que debe darse entre estos dos temas, que “desde mi trabajo con adolescentes y con las familias puedo asegurar que son dos áreas básicamente interrelacionadas.

Una parte importante de la salud de los adolescentes pasa por su capacidad de aprender, por su rendimiento académico, porque una de las tareas fundamentales del proceso adolescente es formarse para poder vivir en forma autónoma, es identificar su vocación y elaborar un proyecto de vida. Cuando eso no sucede, estamos frente a problemática seria, que alterará indudablemente el curso de vida del adolescente, extendiéndose a la juventud e incluso a su edad adulta”.

Batalla agregó que “eso hace que quienes nos dedicamos a la salud de esa franja, tengamos que estar atentos a los que sucede con su educación. Y por otra parte, los docentes, quienes están tan cercanos a los jóvenes, están en inmejorable situación para detectar problemática del área de la salud. Desde el punto de vista de la familia, estamos en un momento donde la relación familia-escuela no es la mejor. Y eso es sin duda un fenómeno nuevo también.

Que tiene múltiples causas, y para la cual tenemos la obligación de buscar soluciones, nuevos caminos que permitan que tanto la familia como las instituciones educativas, en la figura de sus docentes, sus educadores, sus direcciones, trabajen en forma conjunta, y que puedan poner a los chicos, y su futuro como objetivos fundamentales”.

Dar el ejemplo

Para terminar, al pedirle que le diera un consejo que los padres tomen para mejorar la crianza de sus hijos adolescentes, para que los jóvenes salgan con menos heridas de esta etapa de sus vidas, la doctora aseveró que “asuman su papel de progenitores. Que ejerzan autoridad cuando deban hacerlo, que no teman. Los adolescentes deben transgredir.

Es la forma que tienen de diferenciarse de sus adultos de referencia y crecer, volverse ellos mismos adultos autónomos. Y si no tiene límites, su trasgresión será cada vez hacia conductas más anómalas. Que los escuchen y que les dejen hacer las cosas de las que son capaces. Y fundamentalmente, que den ejemplo. Los hijos nos miran vivir”.