Un pestilente “travestismo mediático” ha sido instalado en las monopólicas corporaciones económicas de medios de ¿comunicación?, por quienes dictan y rigen nuestros destinos, en Argentina, Uruguay y el planeta todo.

Tendencia a la que periodistas e intelectuales rentados y temerosos responden, con frío o con calor, con fábulas o cuentos de lo que debe ser y conformar en matrix, el mundo que pretenden que vivamos.

La ausencia de escrúpulos, de dignidad, de veracidad constituyen la materia de que están conformados estos intelectuales y periodistas que nos muestran realidades cocinadas en estudio de TV, en salas de redacción de medios gráficos o simplemente en los despachos de los corporacionistas destructores del periodismo tal como debería ser: una muestra del acontecer de la existencia del mundo tal como es, informando lo que acontece, ya sea trágico o cómico, desandando los días del hombre en el palpitar de este planeta.

Estos informantes de bolsillos profundos, lanzando obviedades acerca de asuntos endémicos o escribiendo interlineados de las noticias que jamás fueron, entre la publicidades de productos prescindibles y las siempre estúpidas opiniones de la premiada farándula, conformada por una fauna de alcahuetes, putas y proxenetas, que ponen en escena la cultura de este tiempo, espectralizan la cultura de este tiempo… pobre tiempo.

Creo que es preciso que el método del intelectual relativizador del accionar criminal del poder consista en calcular una justa irrupción de la verdad: “debe decir lo que se cree que no debe decirse”. Hoy, cuando me refiero a la figura del intelectual, hablo de aquellos que, más allá de toda profesión, ejercen un discurso público y opinan sobre los grandes temas de un mundo que se debate entre la mentira y el poder de quienes la imponen e instalan.

No puedo dejar de admitir que guardo un profundo respeto por los intelectuales y periodistas que a pesar de amenazas y peligros se pronuncian sobre los temas que esclavizan a la comunidad… todos aquellos que saben que una nueva era se ha instalado en este mundo, que no aceptan una vida controlada y filmada “por la seguridad de todas y todos”, excusa utilizada por los jerarcas de lo falaz y la mentira.

Los intelectuales que no ignoran que no podemos dar un paso más allá, con los estigmas de un pasado abolido, muerto, que intentan mantenerlo vivo, operando con covers de covers, de lo ya hecho, de lo ya creado.

En mi ensayo “El Pedestal Vacío” (1993, Ed. Catari) en el que amplío mis certezas acerca del simulacro y la mentira, convoco a la vez los fantasmas a los que se refirieron tantos notables intelectuales destructores de las evidencias simuladas que instaló el poder a lo largo de la historia, que hoy reaparecen por todas partes a modo de mentiras de ninguna verdad.

El desarrollo de las tecnologías y las telecomunicaciones provoca la apertura a un espacio de una realidad fantasmal. No tengo dudas de que la tecnología de punta, en lugar de alejar fantasmas, abre el campo a una experiencia en la que la imagen no es ni visible ni invisible, ni perceptible ni imperceptible, simple y trágicamente un recuerdo escindido.

No dejo de insistir en el affaire de los medios y de la transformación del espacio público a través del universo de las corporaciones económicas de los medios de comunicación y de la web, conformadas por máquinas de producción de fantasmas. No hay sociedad que se pueda comprender hoy sin entender esa condición fantasmagórica de los medios y su relación con los muertos, las víctimas, los desaparecidos que forman parte del imaginario social.

Toda esta mafia está conformada por esclavos/as esquivos a dar noticias; solo repetirán sin revisar los informes oficiales acerca de una libertad de expresión que no existe, una tercera guerra que nunca llega, la ausencia de una real resistencia ante las aberraciones cometidas ante los ojos del mundo por imperios y sus secuaces, una defensa del medio ambiente falsa y otros detritus que les venden estas bandas del poder a través de sus instituciones: ONU y su flagrante inoperancia, gobiernos de todas las naciones que, en silencio, se convierten en cómplices de los atroces genocidios cometidos día a día en las más diversas regiones del mundo, agencias oficiales de noticias inventadas y la voz trucada de Orwell.