Por: Andrés Irazoqui, Humorista

El primer encuentro del año de los principales dirigentes del Partido Nacional se dio el pasado 2 de enero en Paysandú, con motivo del recordatoriode la caída de la “Defensa de Paysandú”. Inexorablemente la figura de Leandro Gómez trasciende cualquier divisa partidaria, ya que fue un defensor a ultranza de las instituciones, dio su vida por la patria.

De todas formas lo que más despertó la atención de los nacionalistas ese día fue lo alto fachero de Lacalle Pou en contraposición con Larrañaga. Con remerita apretada marcando pectorales, se perdió la gran oportunidad de haber hecho “la bandera” luego del acto, falló el asesor, en la frivolidad del calor veraniego que se vive hubiese tenido más impacto que el motivo del encuentro en sí.

Larrañaga sigue terco, no se afeita la barba, continúa con cara de pocos amigos, convencido de que puede seguir dando batalla en la interna. Evidentemente no hace caso a sus asesores, o los asesores no se animan a decirle nada por miedo a que los zumbe. Nos inclinamos más por la segunda opción. También las miradas estuvieron puestas en Heber, mejor dicho en la panza de Heber.

La renuncia al Honorable Directorio del Partido Nacional que anunció pocos días antes de terminar el año seguramente le despertó la ansiedad y en las fiestas arrasó con todo. Como ya casi estamos en vísperas de carnaval, se vio con simpatía que el ingeniero Ramón Appratto fuera disfrazado de papá de Astori al acto.

En lo que respecta al acto en sí, cada año el Partido Nacional lo realiza montando un show político desde la hipocresía. Lo hacen los blancos con mayor desparpajo porque cuentan con ese “plus” a su favor de que Leandro Gómez fue leal a esa divisa. Claro, hoy en día, en que la pérdida de valores es moneda corriente, los términos “lealtad”, “honor”, “heroico”, “traición” son sólo palabras para maquillaje en oratorias tribuneras.

Hablar de “compromiso” en tiempos de individualismo exacerbado, donde priman los intereses personales por sobre el bien común, siempre culmina en discursos livianos que solo sirven para cosechar algún “me gusta” en las redes sociales. Términos difíciles de explicar hoy en día, como también lo es la palabra “traición”. Tanto Artigas como Leandro Gómez fueron traicionados por hacer de los ideales una forma de vida. Hoy se entiende por “traición” cuando un jugador de fútbol que jugó tiempo atrás en Peñarol ficha para Nacional.

Las figuras que fueron heroicas por su accionar leal a sus ideas, como Artigas y Leandro Gómez, son tomadas a menudo para justificar accionares mezquinos y muchas veces tergiversar y confundir. A Artigas y Leandro Gómez lo citan e idolatran blancos, colorados, frenteamplistas, militares, militares golpistas. Cada uno lleva agua para su molino, y si no hay agua, se inventa.

Sin embargo, la hipocresía con que nos manejamos amordaza la dignidad, porque hinchamos el pecho y llevamos la mano hacia el corazón cuando invocamos a nuestros héroes, pero seguimos tolerando con pasividad el tener calles o espacios públicos con el nombre de Venancio Flores, Domingo Sarmiento, Vizconde de Mauá, entre otros.

Tener una calle con el nombre Vizconde de Mauá es oprobioso, un sujeto que atentó contra los intereses de nuestra patria. Un banquero que a base de usura saqueó nuestro país y, por si fuera poco, intermedió entre Mitre y Urquiza ofreciendo fastuosas sumas de dinero al general entrerriano para que hiciera la vista gorda mientras masacraban a los héroes de la Defensa de Paysandú.

Vizconde de Mauá lo llamó “una misión de paz”, la misma consistió en préstamos con beneficios especiales para los negocios personales de Urquiza, y era portador del mensaje de Mitre informando de los subsidios que el gobierno argentino le otorgaba al general entrerriano, además del beneficio de acciones en la futura creación del Ferrocarril argentino.

Que existan calles en el nomenclátor uruguayo con el nombre Vizconde de Mauá (título otorgado por el emperador Pedro II a Irineu Evangelista de Sousa) es inconcebible, un gesto insultante contra quienes lucharon y dieron la vida por la defensa de la patria en aquellos años. Claro que en los actos de cada 2 de enero nada de esto se invoca, allí todo es para la foto y mostrarse cantando el Himno Nacional, porque entienden el patriotismo como eso: soportar el calor de una jornada veraniega en Paysandú cantando el Himno, mientras podrían estar cómodos en una playa del este, eso es amor a la patria.

Así de vergonzoso es también seguir manteniendo bustos y calles con un nombre tan nefasto como el de Domingo Sarmiento, que vilipendió y ensució la figura de Artigas. Sarmiento, junto con Sainz de Cavia y Bartolomé Mitre fueron los artífices de la “leyenda negra” de Artigas, tratándolo de bárbaro, “caudillo del bandalaje y de la federación semi-bárbara”.

Y cuando el Unitarismo se adueñó políticamente del Uruguay, el pensamiento de Sarmiento se transformó en una suerte de “verdad absoluta” aquí, y Artigas era el traidor. Hablar de Artigas era pronunciar mala palabra, porque campeaba la leyenda que creó Sarmiento. Leandro Gómez fue un pilar fundamental en la defensa del Ideario Artiguista, realzando su figura cuando eso era mal visto.

La Defensa de Paysandú no fue la defensa de una divisa, un muy grave error que ya sea por ignorancia o pasividad cómplice se sigue dejando correr mirando para un costado. La reivindicación de esa gesta no pertenece a ninguna colectividad política en particular, ya que en la defensa de las instituciones pelearon hombres y mujeres de ambas divisas unidos por un mismo sentimiento: libertad.

También es considerada como una “Defensa Masónica”, pues junto con Leandro Gómez se sacrificaron en defensa de las instituciones legalmente constituidas varios masones, entre los que se destacaron Lucas Píriz, Pedro Ribero, Federico Aberasturi, Emilio Raña, Adolfo Areta, Felipe Argentó, y otros, que sobrevivieron al asedio y los fusilamientos como Federico Fernández, Vicente Mongrell y Ovidio Warnes.

Es de destacar, en ese marco de “Defensa Masónica”, datos interesantes como por ejemplo que militarmente Lucas Píriz tenía mayor rango militar que Leandro Gómez, pero “masónicamente” Lucas Píriz era Grado 18, y Leandro Gómez 33, es decir, el grado máximo. Por tanto Lucas Píriz se somete a las órdenes de Leandro Gómez, no sin antes expresarle su disconformidad con la idea de resistir, pues expresaba que militarmente era imposible y que, como aconteció, el gobierno los dejaría solos en la lucha.

Esto realza más la figura de Lucas Píriz, pues aún en la discrepancia fue uno de los más grandes artífices y héroes de la Defensa. Lucas Píriz hizo honor al compromiso masónico, el cual no significa hacer sólo lo que gusta, sino también lo que no gusta, si es beneficioso a un bien superior, como lo es la defensa de las instituciones. Allí es dónde adquiere mayor dimensión el concepto de “compromiso”, cuando se antepone el bien general al personal. Es cuando se está dispuesto a realizar cosas y actos, aún sin estar en un todo de acuerdo con la línea de dirección. No es sólo acompañar, es participar activamente, sintiéndose parte integrante de esa fuerza que avanza.

Ante el bloqueo de la escuadra imperial brasilera a la ciudad de Paysandú, que prácticamente decretaba el aniquilamiento de los defensores de la misma, Leandro Gómez anunció los propósitos que tenía ese acto: “De vasallaje y conquista con que el Imperio pretende dominar a la patria del inmortal Artigas; a la Patria de esos héroes que la historia gloriosamente denomina con el dictado de los “Treinta y Tres” (Orientales), y cuyos hijos somos nosotros, nosotros en cuyas venas circula la sangre altanera de nuestros antepasados y en cuyas frentes hemos escrito con esa misma sangre: Independencia o Muerte”.

Entonces, cuando vemos el valor que se le daba al compromiso, el sentimiento de dar todo por el ideal de libertad, incluso lo más sagrado: la vida, es que nos preguntamos: ¿Qué le queda a esta sociedad de “Heroica”? Poco, porque se ha perdido la esencia: el valor de la palabra. Nos es ajeno el prójimo, somos ajenos a nosotros mismos.

El hombre tuvo el deseo de aspiración, y lo degeneró en codicia y avaricia; a la caridad la transformó en dádiva, nos fuimos vaciando de ideales que focalizaran en el bien común. Como dijera Wimpi: “El hombre se es ajeno a sí mismo, y pese a la gracia insuperable de su condición humana, seguirá siendo un desconocido para sí mismo. No es dueño de sí mismo, sino apenas un inquilino, un inquilino moroso de su propia vida. Y así continuará hasta que no comprenda y repare en el sentido edificante del sacrificio, del valor de la palabra, del compromiso, del significado de la dignidad y su inalienable derecho a la libertad”.