El próximo 10 de setiembre se cumplirán 200 años de la puesta en marcha del Reglamento Provisorio para el Fomento de la Campaña y Seguridad de sus Hacendados, más conocido como el Reglamento de Tierras impulsado por el proceso artiguista.

Petit Muñoz sostenía que atrás de Artigas había una “masa sedienta de justicia”, buscando recuperar los “derechos históricos” que les pertenecían más que los dados a algunos hombres mediante un pago de dinero. Lo que Lenin llamaba el “camino norteamericano” se abría paso en el país en el curso de una revolución radical. Por primera vez, miles de hombres comenzaban a comprender que la tierra no tenía por qué ser fruto del privilegio colonial, ni la prenda del caudillo ensoberbecido en su poder.

Había que fundar una nación y con ella un ciudadano. La Revolución tenía la necesidad de constituir la base social, y no bastaba con sostener las relaciones de dependencia de la colonia. El Reglamento indica una política que establecería otro sistema de relaciones del hombre con la tierra, pero a la vez cambiaría la relación de los hombres entre sí: “la propiedad de la tierra ya no hubiera sido el fruto de la dependencia personal sino el modo jurídico correspondiente a las relaciones sociales de igualdad nacidas entre propietarios libres”. (2)

El Reglamento fue un durísimo instrumento político y revolucionario con un claro acento social y económico, castigando a los enemigos de la revolución y acogiendo como beneficiarios a todos los patriotas: “aquellos gauchos, indios o esclavos alzados, de bota de potro o pies descalzos a menudo sin más propiedad que sus destrozadas camisas y chiripás raídos, la lanza, el facón y el caballo confiscado, habían contribuido a la revolución con lo único que poseían, jugando sus vidas ‘por la patria’. Con ellos soportó Artigas los lances de la guerra y del Éxodo. A ellos quiso recompensar integrándolos a la tierra”. (3)

Por eso dice Zubillaga que el Reglamento de 1815 “regula la propiedad dándole un carácter estrictamente social y haciéndola jugar a manera de nivelador de las desigualdades económico-sociales, todo ello subordinado al triunfo del movimiento emancipador”. (4)

Ataca los problemas de la sociedad criolla, el problema de la propiedad de la tierra y de la producción ganadera, buscando asentar a los pobres del campo para erradicar el vandalismo y el contrabando: “el Reglamento se agitaba como un cuerpo de disposiciones sabio, realista, y perfectamente consustanciado con la realidad social y material sobre la que se aplicaba”. (5)

No buscaba confiscar todos los grandes latifundios porque la revolución no se proponía eliminar sus aliados potentados en la lucha contra el centralismo porteño y el poder portugués, ni tampoco esto era necesario para los fines que se proponía el reglamento. Tampoco se buscaba una venganza, porque inclusive a los hijos y mujeres de los “malos europeos y peores americanos” se los tendría en cuenta en los beneficios del mismo.

Con la vieja concepción hispánica del colono-soldado, aplicada en diversos planes de defensa de la frontera, estableciendo un orden de agraciados en el que se tuviera en cuenta que “los más infelices” fuesen “los más privilegiados”.

En un mundo donde la concepción dominante de la justicia era privativa de las clases terratenientes y europeizadas, aliadas al imperio de turno, el reglamento impone una justicia social que beneficia a los más infelices.

Tanto en las bondades del reglamento como en la aplicación del mismo, jerarquizando actores sociales representantes del pobrerío de la campaña. Tal es el caso de Encarnación Benítez, un negro liberto, a quien le encomienda la puesta en práctica del reglamento, debiendo este discutir y coordinar las acciones en calidad de General con el Cabildo de Montevideo.

Hoy, a 200 años, podemos decir que hemos avanzado en la propiedad colectiva de la tierra gracias al proceso de gobiernos frenteamplistas que -haciendo honor a sus fundantes ideales artiguistas- ha repartido, a través del Instituto Nacional de Colonización, más tierras que en toda la historia del mismo.

A tantos años pero en el mismo espacio geográfico, aquellas tierras en donde se levantó el Cuartel General artiguista, el “Centro de mis recursos” o Rinconada Vieja en Arerunguá (actual departamento de salto), se encuentran en manos de trabajadores rurales que producen en forma colectiva.

Notas

1 – Alfredo Zitarroza: Milonga cañera
2 – Nelson de la Torre, Julio C. Rodríguez y Lucía Sala de Tourón. La revolución agraria Artiguista (1815-1816).
3 – Ana Frega y Ariadna Islas. Nuevas miradas en torno al Artiguismo.
4 – Carlos Zubillaga. Artigas y los derechos humanos.
5 – Nelson de la Torre, Julio C. Rodríguez y Lucía Sala de Tourón. Artigas: tierra y revolución.