El asesinato de Marielle Franco conmocionó a Brasil y al mundo no solo por su violencia, sino por la trayectoria de esta mujer afrodescendiente de 38 años que desafió todos los obstáculos de haber nacido en una favela hasta convertirse en concejal de Rio de Janeiro.

Este fin de semana miles de personas marcharon por Río de Janeiro esperando la aclaración del crimen.

Altavoz de minorías y rostro de la renovación política, Marielle murió de cuatro tiros en la cabeza el 14 de marzo en un crimen aún impune. Cerca de un mes después de su muerte, la agencia franceesa AFP entrevistó a mujeres que comparten sus luchas contra la violencia policial, la desigualdad, el racismo, y a favor del feminismo y la comunidad LGBT.

Buba, activista de la favela

“Está siendo muy difícil. Parece que toda mi vida está parada”, dice Buba Aguiar, secándose las lágrimas, mientras ve un reportaje de Marielle en la televisión. Desde el asesinato de la concejal, esta activista de 25 años, una ferviente crítica de los abusos policiales y de la intervención militar en Rio, tuvo que dejar la favela de Acarí. Buba detuvo sus estudios de Ciencias Sociales y transformó completamente su rutina después que la prensa empezó a divulgar un video en el que aparecía denunciando intensamente la violencia policial del 41º batallón en su comunidad.

Los señalamientos de su organización “Fala Akari” sobre el llamado “batallón de la muerte” habían sido reproducidos por Marielle cuatro días antes de morir. Rápidamente, eso fue apuntado como uno de los posibles motivos de su asesinato, aunque las investigaciones parecen decantarse más por la implicación de milicias parapoliciales. Buba vive ahora bajo un “protocolo de seguridad” lleno de restricciones, como el uso de gorra o de tapar sus tatuajes, apoyada exclusivamente por organizaciones de derechos humanos y por la ONG internacional en la que trabaja, y que prefiere no identificar.

La difícil realidad en la favela, donde Buba perdió a varios amigos, no le hace ahorrar críticas hacia las autoridades, que acaban alcanzando a inocentes en su lucha armada contra los traficantes. “Los policías están preparados para la política oficial de asesinar negros y pobres de todas las barriadas periféricas”, resume. Las amenazas contra ella son constantes ahora.

“La situación va a empeorar”, prevé. “Va a ser difícil, pero seguiremos luchando, sin amedrentarnos, porque tenemos que honrar toda esa sangre derramada”, afirma.

Marina, cantante de samba

“Yo digo lo que pienso / Levanto banderas”. El verso de “Rueira” (Callejera), la canción que da nombre al segundo álbum de Marina Íris, sintetiza su trayectoria. En la calle o en el escenario, esta cantante no esquiva las cuestiones de género, raza o clase.

“La música tiene la potencia de dialogar con mucha gente. Es un instrumento para cambiar el contexto social. Yo, que soy una militante, no me siento obligada a cantar solo músicas militantes, pero me siento útil cuando consigo tocar a las personas haciéndolo”, explica. En la canción “Meio a meio”, Marina, lesbiana como Marielle, canta sobre la cotidianidad de una pareja de mujeres que comparte una cama pequeña. “Canto sobre la lucha de las opresiones, pero con simplicidad y humanización”, dice.

Esa también fue la tónica del proyecto “É Preta” (Es negra), en el que Marina, de 34 años, compartió escenario con otras cuatro cantantes negras tratando de romper “estereotipos”.

La sambista es también una militante de base y participó activamente en la campaña de Marielle Franco haciéndole el ‘jingle’ y repartiendo panfletos. Las dos se habían conocido en las ‘rodas’ de samba en la bohemia plaza Sao Salvador, que Marielle, una amante de la música y del Carnaval, solía frecuentar. Para Marina, la llegada de su amiga a la política fue importante no solo por su origen y las causas que defendía, sino por llevar físicamente ahí la diversidad.

“La ejecución de Marielle es un intento de implosionar un camino hacia una sociedad más igualitaria, pero ese símbolo en el que Marielle se convirtió es el que nos da fuerza”, asegura.

Thula, profesora universitaria

Thula Pires es la única profesora negra del departamento de Derecho de la PUC, la prestigiosa universidad privada donde Marielle estudió Sociología. A pesar de haber pasado 15 de sus 38 años en la academia, Thula aún se siente extraña, como si ese no debiera ser su lugar. Ella lo define así: siempre está incómodamente “en tránsito” entre su realidad en Sao Gonçalo, la violenta periferia de Rio donde creció y vive, y ese mundo acomodado y mayormente de blancos que sigue siendo la universidad en Brasil.

Aunque las cosas están cambiando gracias a las cuotas raciales y las becas sociales, Thula intenta que su presencia en el aula no solo sirva para “disputar narrativas” sino, sobre todo, como “denuncia de la ausencia de otros cuerpos negros en ese mismo espacio”. “¿Por qué aún hay esas miradas de extrañeza hacia nosotros? ¡Vivo en un país donde más de la mitad de la población es como yo!”, reivindica. Minutos antes de ser asesinada, Marielle recordaba en un evento de mujeres negras lo difíciles que fueron sus primeros días en la universidad.

“Nosotras no luchamos por la igualdad. Estamos en lucha por nuestra igual humanidad”, reivindica Thula. Las dos se conocieron en la PUC hace dos años y compartían círculo de amistades y luchas. El asesinato de la concejal dejó “devastada” a Thula. “Perdimos mucho, incluso el miedo”, asegura. Pero la profesora mide sus palabras cuando recuerda cómo su hija de cinco años le hizo la pregunta más brutal: “¿Mamá, a mi también me van a matar?”.

Thula no supo qué decirle, pero en una conferencia académica sólo tendría una respuesta: “Sí, es solo cuestión de tiempo”.