Por: #Editorial

El curioso razonamiento es el siguiente. Si un partido tiene mayoría de diputados y senadores, el papel de la oposición se ve reducido al mero ejercicio de un control sobre los actos de gobierno; todos los proyectos de ley surgidos en el partido gobernante (enviados por el Ejecutivo o elaborados por la bancada oficialista) tienen asegurada automáticamente su aprobación parlamentaria en virtud de que los legisladores del oficialismo votan en bloque con sus “manos enyesadas”. En cambio, si el partido gobernante no cuenta con mayoría en el Parlamento, se ve obligado a dialogar con la oposición, a llegar a acuerdos, a establecer pactos, a hacer concesiones. Esto, según los partidarios de que no haya un partido con mayoría parlamentaria, es saludable porque fortalece al sistema democrático-republicano.

Es un punto de vista, una opinión atendible. No obstante, esta súbita adhesión de blancos y colorados a dicho punto de vista parece más bien coyuntural y no responde a una convicción meditada. En efecto, en otras oportunidades hemos podido oír a dirigentes de primera línea —notoriamente, el doctor Julio María Sanguinetti— expresar lo contrario, esto es, que una democracia estable requiere que el partido de gobierno cuente con mayorías en el Parlamento; incluso en algún momento se llegó a proponer —antes de la reforma que introdujo el balotaje— que el partido triunfador en las elecciones tuviera automáticamente la mayoría en las cámaras, independientemente del porcentaje de votos obtenidos; algo similar a lo que ocurre en los gobiernos departamentales. En la campaña por el balotaje de 1999, uno de los argumentos esgrimidos por el doctor Jorge Batlle era la conveniencia de que el presidente tuviera mayoría parlamentaria, como la que habían obtenido blancos y colorados en octubre.

Pero más allá de estas contradicciones, bueno es tener en cuenta que, dado el mapa electoral actual —prácticamente dividido en dos bloques—, inevitablemente, uno de esos dos bloques tendrá mayoría legislativa. Entonces, cuando se habla de la necesidad de que ningún partido tenga mayoría en el Parlamento, a lo que se apuesta es a que sea el bloque conservador de blancos y colorados el que tenga esa mayoría.