Las imágenes de Aylan, el niño de tres años que murió ahogado en la playa de Turquía, se convirtieron en el símbolo del horror que viven los refugiados que intentan ingresar a Europa. Palabras más, palabras menos, estas palabras se conocieron en todos los medios de comunicación y en la mayoría de los casos acompañados por una fotografía del niño.

Muchos sostienen que el muchachito pertenecía a una familia que fue desplazada muchas veces por la guerra civil que vive su país, (Siria), que intentaba en su gesto desesperado lograr el status de refugiados para dirigirse a Canadá, donde vive desde hace 20 años su tía Teema. Pero, según los trascendidos, no hubo una respuesta positiva y no quedó otro camino que la aventura del mar y la tragedia.

Las imágenes del niño, ya sin vida, en brazos de un adulto, es de fuerte impacto. Es la muestra de que la miseria humana llega al extremo de transformar en víctimas a los más débiles, a los más queridos, a quienes no pueden detectar el peligro.

Claro que todos deseamos que estas tragedias no vuelvan a ocurrir: sabemos que la larga marcha de la humanidad está impregnada de odios y de guerras, de pequeñeces y de dolores generalizados. Pero los deseos se divisan lejos, mientras mujeres y hombres se dividen entre quienes practican la paz y quienes disfrutan del crimen y el asesinato individual o masivo.

Estamos ante una hora muy compleja, donde los países desarrollados solo reaccionan cuando algún extranjero aparece en zonas pudientes de la sociedad a la que arriban. Por cierto que no somos optimistas sobre el accionar de los gobiernos de esos países, pero tenemos la más firme esperanza de que sean sus pueblos los abanderados de la paz, de la concordia, del respeto racial, en definitiva de la vida.

Creemos que Europa debe jugar un gran papel para superar las tensiones del mundo árabe y del mundo africano, pero esa política debe hacerse en base al respeto a los derechos humanos, tanto para los que permanecen en sus países como quienes se lanzan a otros territorios en busca de un escenario adecuado para construir sus vidas, ya sean de los adultos como de la niñez.

No será tarea sencilla permitir que la dignidad florezca, que los pueblos encuentren su paz, que la vida cobre luminosidad y que los traidores de los pueblos sientan el rechazo multitudinario de las familias que buscan construir una vida digna.