Por: por Juan Manuel Abal Medina Politólogo, docente e investigador. Jefe de Gabinete de Ministros de la República Argentina

Pero más allá del habla cotidiana, pocos creen hoy que Maquiavelo merezca esa reputación. Ciertamente El Príncipe contiene fragmentos que elogian el uso de la fuerza y el engaño en la conducción de los asuntos públicos, sin adosarle, como el propio Maquiavelo admite en la introducción, nada que embelleciera o maquillara esas ideas. No fue esa crudeza, sin embargo, la que motivó la prohibición del libro durante siglos y la transformación del nombre de su autor en un adjetivo peyorativo.

Lo distintivo de El Príncipe, aquello que lo hizo ingresar al Index de libros censurados por la Iglesia, es algo muy distinto. Con Maquiavelo la política aparece como algo diferente, y en ocasiones en conflicto, con las esferas de la ética y la religión. Esto es claro tanto en El Príncipe como en otras obras del autor (los Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio o La Mandrágora), y alejan a Maquiavelo de concepciones anteriores que ligaban a la política indisolublemente con el modo correcto de vivir, de llevar adelante una vida buena. La política es una actividad distinta a eso. Su propósito, ni más ni menos, es establecer un determinado orden social, y esa construcción obedece a otro tipo de reglas.

Creo que ahí está la clave. No es que la política para Maquiavelo estuviera divorciada de la ética, como postulan ciertas interpretaciones, sino que la política responde a unos principios éticos que pueden diferir de la moral cristiana hasta entonces excluyente. Hay quienes leen a Maquiavelo (y varios pasajes de El Príncipe dan razones para pensarlo así) como un amoral, un técnico que conoce los secretos de la actividad política y los enseña al gobernante sin importarle para qué fines son utilizados. Pero hay algo más profundo y más humanista en Maquiavelo. Sus consejos no están divorciados de ciertos valores que busca defender, como la unidad de un principado amenazado desde el exterior. Lo que resalta es que para defender esos valores no sirven los principios de la que, hasta entonces, era la única moral aceptable.

Pensemos en Max Weber como un claro continuador de estas ideas. En La Política como Vocación, Weber remarca que ciertos valores elogiables para la vida de las personas individuales son errados cuando se los aplica a la conducción de un Estado. Narra, por ejemplo, la historia de pueblos que practicaron el pacifismo a ultranza, sólo para ser conquistados (y masacrados) por sus vecinos. La política y la conducción del gobierno, dice Weber, no se rigen por los principios que guían la salvación de las almas. Sus medios y sus fines, claramente, son otros, pero no por eso carentes de una ética.

Esta idea tiene su origen en Maquiavelo, y es profundamente rupturista. Pone en cuestión qua existe una sola ética, universal y aplicable a toda situación, multiplicando la pluralidad de formas de vida aceptables que hoy nos parece tan obvia. El “deber ser” del gobernante no es idéntico al del pastor. Hay una moral en Maquiavelo, que es la moral de la cosa pública, de la república romana, que tiene como fin la supervivencia de la unidad política y de la libertad. Sus consejos al Príncipe tienen siempre a Florencia e Italia en mente.

Distintas épocas y distintos pensadores han elaborado interpretaciones diferentes de la obra de Maquiavelo. No existe una que sea “correcta”, claro está. Pero creo que, para nuestra actualidad, la interpretación más útil y valiosa de El Príncipe es la de los párrafos anteriores: la que no piensa a la política desvinculada de la ética, sino como una actividad con principios y valores propios, bajo los cuales debemos juzgar la acción de quienes participan en la arena pública.