Por: Editorial

Los dirigentes de los partidos tradicionales calcularon que la izquierda podría obtener la mayoría relativa, pero blancos y colorados en conjunto tendrían mayoría parlamentaria y derrotarían al FA en un balotaje en caso que este resultara la fuerza más votada en la primera vuelta.

En rigor, la “coalición rosada” ya venía funcionando de hecho desde el retorno de la normalidad institucional. La gobernabilidad o el cogobierno hicieron posible que ambos partidos históricos llevaran adelante sus políticas conservadoras y muchas veces de neto cuño neoliberal; la mayoría parlamentaria estaba asegurada y era la garantía para que el país funcionara.

En nuestra edición del lunes se reproducen los argumentos coincidentes de connotadas figuras de ambas colectividades tradicionales acerca de la necesidad de que el gobierno contara con mayoría en ambas cámaras. Llama la atención el giro que ha dado el discurso conservador: ahora, ya no es buena cosa tener mayoría parlamentaria; incluso el doctor Pablo Mieres ha proclamado que el objetivo que persigue su partido es que el FA no alcance la mayoría legislativa en las próximas elecciones, aunque obtenga el gobierno en el balotaje. Curiosa meta…

La reforma impulsada por los partidos conservadores logró su objetivo en la siguiente elección. En octubre de 1999, el FA fue el partido más votado con 41 por ciento de los votos, pero en el balotaje de noviembre, colorados y blancos sumaron sus votos y consagraron presidente al doctor Jorge Batlle. Pero el nuevo mecanismo de la segunda vuelta de nada sirvió para impedir el acceso al gobierno del Frente Amplio en las dos elecciones siguientes.

En octubre de 2004, la izquierda obtuvo la mayoría absoluta (más del 50 por ciento de los votos); y en 2009, al no alcanzar los votos para que el FA ganara en primera vuelta (aunque sí logró la mayoría parlamentaria), el pleito se dirimió en noviembre entre José Mujica y el doctor Lacalle de Herrera, con el triunfo del primero.

Pero además de la incorporación del balotaje, la reforma del 96 introdujo la obligatoriedad de la candidatura única a la Presidencia. Esto fue una concesión al viejo reclamo de la izquierda, que siempre había denunciado la trampa que significaba para el elector la pluralidad de candidatos en un mismo lema. Vale la pena recordar la “boutade” de Hugo Batalla: “En Uruguay el voto es tan secreto que ni siquiera el votante sabe a quién votó”.

La candidatura única a la Presidencia fue un factor decisivo para el crecimiento del Frente Amplio, en la medida que transparentó la elección, evitando que en cada partido tradicional coexistieran y sumaran votos candidatos de ideas opuestas y con propuestas programáticas encontradas.

Se terminaba, así, con la posibilidad de que cada partido contara con un ala progresista que terminaba arrimando votos al candidato conservador; a partir de la nueva mecánica electoral, el pleito entre un ala progresista y una conservadora ya no se habría de dirimir conjuntamente con la elección nacional sino en una instancia previa, la de las elecciones internas.

De ese modo, varios votantes de los sectores progresistas de los partidos tradicionales fueron engrosando las filas del Frente Amplio, cuando comprendieron que en sus respectivos partidos no había lugar para opciones de izquierda.