Por: Constanza Moreira, senadora del FA

El Frente Amplio (FA) se declara en estado de “admirable alarma”, como ha señalado el periodista Ricardo Scagliola desde el Semanario Brecha. Y hace muy bien. Cuando se es de izquierda, cuando se lucha contra el poder económico, mediático, financiero, cuando se libra una batalla comunicacional todos los días, se debe estar siempre en estado de “admirable alarma”. No creo que podamos estar de otra manera.

Ahora bien, las encuestas de hoy, como las de ayer, no pueden reemplazar a la reflexión política. Y la pregunta ya célebre de “qué hacer”, pergeñada por Lenin, viene después, y sólo después de conocer “qué pasa”. Sobre todo, es necesario saber “leer” las encuestas, porque todas las lecturas son políticas y porque la lectura del “qué pasa” será la que determinará el “qué hacer” después.

La historia de las encuestas de opinión pública es relativamente reciente en nuestro país, ya que data de los últimos treinta años. Bienvenidas las encuestas: son un instrumento particularmente útil. Pero son eso: un instrumento. Lleno de complejidades y muy utilizable políticamente, a pesar de que todos los encuestadores muestran “cautela” y “prevenciones” en relación a sus números, como forma de impedir que una tendencia registrada en una encuesta se transforme en un hecho político sin más.

Las encuestas son parte de la construcción política, primero, porque señalan cuáles son los problemas que debieran ser considerados prioritarios y cuáles debieran ser considerados secundarios, en función de la perspectiva de la ciudadanía. Así, desde hace un tiempo, las encuestas vienen registrando que la seguridad ciudadana se ha transformado en el principal tema del país. Sin embargo, esto no significa que para las personas el asunto más importante sea la seguridad, ya que las encuestas consultan a los entrevistados y entrevistadas “cuáles creen, a su juicio, que son los principales problemas del país”, no cuáles son “sus problemas”. Cada uno conocerá cuáles son sus problemas, pero ¿los problemas de todo un país?

¿Qué responderá alguien sensato, sin demasiada información y tratando de salir del paso a una situación incómoda? (si no contesta la pregunta, podría parecer un ignorante). Contesta lo que “cree” que es el problema del país: o, peor aún, lo que “le dicen” que es. Y esta respuesta la encuentra a mano: los medios masivos de comunicación le dicen a la población qué es importante y qué no, así como le dicen que la inseguridad es un problema central, que la educación anda mal o que el gobierno gestiona peor.

Cuando nos abocamos a la inseguridad como la prioridad de un país que aún no encuentra su senda de desarrollo y debiera dedicarle a eso toda su energía, cuando construimos gobierno tratando de “darle” a la opinión pública lo que necesita, cuando intentamos comprar amigabilidad en los grandes constructores de opinión pública, renunciamos a hacer política.

Es necesario dar cuenta de los problemas de inseguridad, sí, pero esa no puede ser la principal prioridad del Uruguay; no debemos caer en la trampa represiva de la derecha, con su demanda infinita de control policial y militar sobre la ciudadanía. Los problemas de inseguridad han de atenderse realizando una gestión eficiente, reconociendo las dificultades y, sobre todo, evitando que la inseguridad sea la gran mancha de opinión sobre la que se cimentan las preocupaciones del planeta.

Hasta no hace mucho, las encuestas pronosticaban al FA como seguro ganador de la próxima elección nacional. Sin embargo, hoy, los logros de una década de progresismo —la política material, la del bolsillo— no nos permitirán sin más ganar la batalla simbólica con una derecha que aparece casi impoluta, predicando “por la positiva” por un lado, mientras por el otro, siembra el negativismo contra el país y su futuro todos los días del año, de todos los años.

Los números nos están diciendo que el FA no crece, y que el Partido Nacional (PN) sí lo hace. No obstante, desde una perspectiva politológica, resulta muy improbable que los votos frenteamplistas se estén volcando hacia el PN. ¿Debiera el FA cambiar la estrategia de su campaña? Yo diría que mucho más que hacer campaña, hay que hacer política. No una política para ganar las elecciones, y menos aún para intentar seducir a la “escurridiza” opinión pública. Hay que hacer política con nuestras convicciones y nuestras ideas. Y esa es, hoy y siempre, nuestra mayor fortaleza.

Cuando las encuestas indicaban que la propuesta para bajar la edad de imputabilidad parecía triunfar, muchas voces se alzaron para sostener que “la baja” había ganado mentes y corazones. La demanda por mano dura que parecía constatarse en las encuestas, llegó incluso a encontrar asidero en nuestras filas: “hay que aumentar los controles policiales”; “hay que aumentar las penas”, “hay que ser implacables con el delito porque eso es lo que la sociedad quiere”, se escuchó decir a algunos frenteamplistas. Sin embargo, hoy las encuestas registran un declive en la intención de apoyo al plebiscito por la baja, y sus principales impulsores, con el Senador Bordaberry a la cabeza, miran estos nuevos números con suma atención, tomando recaudos ante la eventualidad de que el plebiscito se termine transformado en algo antipático y ocasione una pérdida de votos para los dirigentes tradicionales que lo promovieron.

El “No a la Baja” sube y el “Sí a la Baja” cae. ¿Cómo sucedió esto, cuando lo que más le preocupa a la gente, dicen las mismas encuestas, es la inseguridad?
Desde hace mucho (la política se hace con paciencia, todos los días, durante mucho tiempo), se fue instalando entre la juventud, la política del resistir al “No a la baja”.

Tímidamente primero, un poco más ardientemente en los últimos meses, la “Comisión Nacional del No a la Baja” fue conquistando adeptos. Son, en su mayoría, jóvenes.

Hacen política en todo el país. Y ahora ven sus primeros frutos.

Si esos jóvenes hubieran interpretado las encuestas como si éstas fueran el oráculo de Delfos, jamás se hubieran comprometido por el “No a la Baja”. Y si los cientos de miles de frenteamplistas nos hubiéramos dejado llevar por el canto de sirenas de “ir a favor” de la corriente, hubiéramos dejado de hacer política y de construir izquierda. Porque el “ir a favor” de la corriente, diría un marxista, siempre es ir a favor de la ideología dominante, que es la ideología de la clase dominante. No es necesario ser marxistas ni realizar un razonamiento tan sofisticado para entender que ser de izquierda implica ir “contra” la corriente.

Hemos titulado esta columna “La estrategia del salmón”, en homenaje a nuestro entrañable amigo Marcelo Jelen, a quien extrañamos todos los días. Marcelo escribió una vez sobre nuestro movimiento por la “candidatura alternativa” aludiendo a que nadábamos contra la corriente. La juventud que milita por el “No a la baja” nada contra corriente como el salmón. Y contra corriente nadamos quienes defendemos los derechos humanos, la memoria, la búsqueda de verdad y justicia, cuando “el sentido común” dice que esos temas están irremediablemente en el pasado.

Si las encuestas no nos dan con viento a favor, tal vez sea un buen momento para que los salmones recuperen su audacia, porque en esta elección hay más cosas que un gobierno en disputa: está en disputa nuestra visión del mundo.