Por: por Luis Casal Beck

Del líder ruralista Benito Nardone (1906-1964) es poco lo que se sabe y se comenta. En marzo, se cumplieron 50 años de su muerte y el hecho pasó casi inadvertido (ver Ideario del 16/2/2014), aunque fue una figura gravitante en la década de 1940; llegó, en su alianza con los herreristas al gobierno colegiado a partir de 1959 (la victoria blanca de 1958, después de 93 años de sucesivas administraciones coloradas), y al año siguiente (1960), ocupó la presidencia del cuerpo. En un libro que acaba de ser publicado en nuestro medio (“La trama autoritaria. Derechas y violencia en Uruguay (1958-1966)”, su autora, Magdalena Broquetas (35), da cuenta de algunas actitudes de Nardone y de su movimiento, su beligerancia anticomunista, que parecía no tener límite (ver recuadro); los estrechos lazos que mantuvo con la embajada norteamericana.

Estamos en realidad frente a una rigurosa investigación académica que llevó varios años (respaldada en los inicios, con entusiasmo, por José Pedro Barrán), se convirtió en un proyecto de tesis, fue defendida ante un tribunal de la Universidad de La Plata (Ernesto Bohoslavsky, Gerardo Caetano, Patricia Flier), y permitió que Broquetas se transformara el año pasado en doctora en Historia. En la actualidad, es profesora adjunta en el Departamento de Historia del Uruguay e investigadora en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la República.
“Con el retorno de la democracia y la recuperación de las libertades públicas (1985), hace casi treinta años, se instaló en Uruguay un pleito por el relato de los sucesos de la década de 1960, y el período previo al golpe de estado de 1973”, señala en la introducción de la obra. El problema del origen de la violencia social y política que precedió a la dictadura (1973-1985), ha sido encarado –tanto en los medios de comunicación como en la profusa producción bibliográfica-, en términos de vínculos causales y cronológicos, entre violencia de izquierda, y represión”.“Sin embargo, -añade-, la investigación que sustenta este libro demuestra que no todo empezó con el movimiento revolucionario cubano y su expansión en América Latina. Por el contrario, la ampliación del arco temporal en que suele circunscribirse el análisis de este proceso, así como la incorporación de actores sociales no visibilizados o apenas estudiados, posibilitan comprender períodos cercanos de violencia y dictadura, como fenómenos con un profundo arraigo local y una historia propia”.
A lo largo de siete capítulos se analiza este proceso. La investigadora examinó documentos obtenidos en el National Archives and Records Administration (NARA), de Washington (EE.UU), carpetas (período 1958-1967) y memorias anuales de la Dirección Nacional de Información e Inteligencia (DNII), de la policia uruguaya, series documentales (como las actas del Consejo Nacional de Gobierno (1959-1967), la prensa de la época, publicaciones períódicas de grupos derechistas, como “Centinela” (1961), “El Federal” (1964), “Información” (1958), LOAS, periódico de la Liga Oriental Antisemita (1960), ODI, boletín de las organizaciones demócratas del interior (1962-1963), “Patria Libre” (1965-1966),” Prensa Libre” (“1957, 1961, 1963, 1964), revista “Antorcha” (1961), “Revolución Nacional” (1964).
Entre las memorias, incluye los testimonios de dos miembros de la estación de la Central de Inteligencia Americana (CIA), de Montevideo: “La CIA por dentro. Diario de un espía”, Philip Agge, (1975) y “Memorias de un espía. De la CIA al escándalo Watergate”, Howard Hunt, publicado por Noguer, Barcelona, también en 1975.
“En este libro –dice su autora- se propuso una explicación novedosa para comprender el proceso de violencia política y social que se fue agudizando en el transcurso de la década de 1960. Ante la interrogante acerca de en qué medida y de qué manera los grupos sociales estudiados contribuyeron al proceso de radicalización en el empleo de la violencia, pueden distinguirse distintas justificaciones. Así, mientras que para los demócratas, esta era imprescindible para garantizar el control el orden establecido, en las antípodas, desde la óptica extremista de los nacionalistas, se aludía a una violencia revolucionaria o restauradora, inevitable en la fase final de derrumbamiento del orden vigente. En relación a los primeros, debería agregarse que a la cuota de violencia socialmente admitida en la defensa del orden establecido, se incorporaron nuevas formas derivadas de la percepción de crisis, como la violencia terrorista o la ejercida para infundir temor en la sociedad en su conjunto y garantizar su dominación (…) mientras algunos fueron simples sicarios(…) otro soñaban con eliminar al menos uno de sus grandes enemigos: los izquierdistas y trabajadores organizados, cooptados por el marxismo”.

“NI ROJOS, NI YANKIS, NI MASONES” 

“En noviembre de 1961 hizo su primera aparición pública, a través del periódico “Centinela”, el Frente Estudiantil de Acción Nacionalista (FEDAN), un movimiento de raigambre antisemita y anticomunista, focalizado en el ámbito estudiantil universitario y de enseñanza media, que se presentó como “nacional, popular y cristiano”. Dicho frente tuvo su sede n un sótano ubicado en la calle Cerro Largo 1655 (Montevideo), y la mayor parte de su actividad transcurrió durante el año 1962 (…).
En 1964, varios de los miembros del FEDAN se encontraban formando parte de una nueva organización concentrada en los estudiantes liceales y dirigida por (Mario) Baccino: el Movimiento Nacionalista Montonera, que editaba el periódico “Revolución Nacional” (…) También en 1964 surgió el Movimiento Nacionalista Revolucionario de Unión Oriental, responsable de un periódico de frecuencia quincenal titulado “El Federal”. Como la anterior publicación, (su) impresión se realizaba en Artes Gráficas Covadogna, con un estilo muy similar al de “La Escoba”.
El Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), como solía denominarse la agrupación liderada por Fernando Bosch, incluía entre sus dirigentes a ex miembros de FEDAN y mantenía estrechos vínculos con antiguos colaboradores de “La Escoba”. Ambos movimientos se definieron como nacionalistas y católicos, y coincidieron en su anticomunismo, y en la visión decadentista de la política y la sociedad. Sin embargo, mientras que Montonera exigió un Estado fuerte y repudió a los partidos políticos, el MNR defendió entre sus principios de acción, la “unificación del Partido Nacional”. Estos matices no fueron un obstáculo para que en mayo de 1965, ambas entidades se fusionaran en un nuevo movimiento “de línea política revolucionaria Cristiana-Nacional-sindicalista y antimarxista”, denominada Cruzada Patriótica Revolucionaria (CPR) que adoptó como sede el mismo local del MNR, en 18 de Julio 2345 (Montevideo). Haciendo gala de un perfil generacional que ponderaba la juventud (nadie que superara los cuarenta y cinco años de edad, podía ocupar cargos en el movimiento), la CPR, difundió su programa a través del periódico “Paria Libre”, en el que Bosch, figuraba como director responsable. La alianza entre ambos movimientos resultó bastante fugaz, puesto que en setiembre de 1965, Mario Baccino declaró estar desligado de la actividad política, mientras que Fernando Bosch, se mantuvo al frente del periódico “El Federal” (…).

La Falange Española

“El falangismo español, fue la principal fuente de inspiración del FEDAN. De este movimiento proceden las bases ideológicas fundamentales –catolicismo, hispanismo, rechazo del liberalismo y del marxismo, supresión de la pluralidad partidaria y la democracia representativa e instauración de un Estado nacional-sindicalista-, la forma organizativa y la mayoría de sus aspectos. José Antonio Primo de Rivera, fue el principal referente ideológico del FEDAN, venerado a través de su publicación periódica e impuesto como lectura obligatoria entre los militantes(…)
Según fuentes policiales, (…) el 31 de marzo (de 1966), coincidiendo con el golpe de estado de 1933, la CRP y el periódico “Patria Libre”, organizaron un homenaje a Gabriel Terra y Luis Alberto de Herrera “Por la patria, el pan y la justicia. Ni rojos, ni yankis ni masones. Patria sí!, Colonia, no!”, indicaba la consigna. Muy similar a las de los militantes tacuaristas, bajo la cual invitaron al acto aniversario de lo que recordaban como la “revolución de marzo”, previéndose que harían uso de la palabra Fernando Bosch, Elías Perdomo Rodríguez y Lucio Méndez. Finalmente la oratoria fue suspendida debido a la escasez de público (carpeta Nº 1293 de la Dirección Nacional de Información e Inteligencia, DNII, de la policía).
A su vez, en el transcurso de 1966, difundiendo frases del tipo “todo está podrido”, la CRP mantuvo una campaña golpista para poner fin a la crisis política, económica, y moral en que se hallaba inmerso el país. La dimensión militar paso a formar parte de las características de la revolución programada: “en el caos ya estamos. Por sobre la artificiosa división de los partidos, se abre paso la revolución nacional, militar y corporativa”. En el noveno número de “Patria Libre”, contaron con la adhesión explícita de la Legión Artiguista que se pronunció a favor de un gobierno “integrado solamente por sus Fuerzas Armadas y técnicos, con un programa revolucionario, disueltos todos los partidos políticos, como medida de higiene nacional”. Raúl Sartorio, secretario general de la Legión, agregaba a este pronunciamiento tendiente a la concreción de un “Nuevo tiempo”, un llamado a la austeridad de la “oligarquía insaciable y la burguesía repugnante y antiheroica”.
(”La trama autoritaria. Derechas y violencia en Uruguay (1958-1966), Magdalena Broquetas, EBO, síntesis de la tesis doctoral en Historia presentada y aprobada por Broquetas, en la Universidad de La Plata, Argentina)

LOS CRUZADOS RURALISTAS

“(en agosto de 1961), (Benito) Nardone mostró su proclividad a abandonar la senda democrática, si la cruzada anticomunista que lideraba así lo ameritaba (…) coincidiendo con la finalización de la reunión del CIES de la OEA en Punta del Este, a la que Ernesto Guevara había asistido en representación del gobierno de Cuba, Nardone pronunció en radio Rural (…)un discurso que generó hondas repercusiones en el ámbito parlamentario, y en el propio Consejo Nacional de Gobierno (del que formaba parte). Discrepando con el entonces presidente del colegiado, Eduardo Victor Haedo, declaro que una vez finalizada la conferencia del CIES, resultaba inadmisible la presencia de Guevara en Uruguay. Nardone se (manifestó), partidario de prohibir su visita a Montevideo y declararlo “persona no grata” si insistía en prolongar su estadía en el país. Los gobernantes que recibieron con cordialidad al revolucionario cubano fueron tildados de “cocoliches”, o secuaces solapados, y fue categórico en la valoración de los hechos: “la República Oriental del Uruguay tiene un gobierno y si el gobierno que tiene, no sabe hacerse respetar, que lo diga para que las Fuerzas Armadas, tomen el gobierno que los civiles no saben representar” (dijo). (…) El diputado por la lista 15, Zelmar Michelini (líder por entonces de esa bancada parlamentaria), subrayó la gravedad de las expresiones de Nardone, que en los hechos, suponía un reclamo de un gobierno de facto, a cargo de militares (…)
En el transcurso de 1962, volvieron a escucharse manifestaciones que reflejaban la facilidad con que desde filas ruralistas se sugería el abandono de la institucionalidad democrática. Por ejemplo, en el mes de enero, en el contexto de la organización de una movilización popular que marcharía hacia Punta del Este, donde se celebraría la reunión de los cancilleres de los países miembros de la OEA, en la que decidirían la expulsión de Cuba de la organización, Faustino o Harrison (Consejero de Gobierno, de la mayoría blanca por el ruralismo), declaró públicamente que era hora de darle un “descanso a la democracia”.
(“La trama autoritaria”, Magdalena Broquetas, páginas 212 y 213)