La izquierda uruguaya ha entrado en una creciente crisis de relacionamiento, que surge inesperadamente desde distintos ángulos. Esto es tan así que nadie se hace responsable de lo que está ocurriendo, al grado que aparecen diferencias y malestares donde todos responsabilizan al otro.

Hoy se puede afirmar que hay una parte del Frente Amplio, identificada con lo que se ha dado en llamar “el astorismo”, que es responsable de todos los males. A la vez los integrantes de esta corriente acusan “al mujiquismo” de cualquier metida de pata cometida por el Frente Amplio o por una parte de la coalición de izquierda.

Este malestar que asoma cada tanto en el debate interno, lleva a que se desaten tensiones de todo tipo que por lo general terminan en la nada, aunque sean el placer de los medios de comunicación identificados con la derecha.

Esta nueva realidad, que antes no se expresaba con la frecuencia de hoy, impide llegar al fondo de los problemas, como está pasando con la crisis de la enseñanza. Hoy podemos decir que se debate, que hay polémica, pero que esa bipolaridad actúa como un tapadero de las causas de los distintos problemas.

El Frente Amplio, gracias a esas tensiones, no se presenta como un faro-guía, sino que aparece ante la sociedad como un receptor de problemas y algunas veces hasta de intrigas.

Si no se supera este mapa interno pleno de contradicciones y de tensiones, va a llevar al movimiento social y político a fuertes debates que no van a dar luz. Muy por el contrario van a impedir un razonamiento colectivo que es imprescindible para detectar la etapa en que se vive y así construir un nuevo rumbo.

Todo indica que no será sencillo elaborar una nueva actualización de las distintas generaciones y de los distintos sectores que componen la coalición de izquierda, en la medida que todo se sintetice en la confrontación de las dos grandes expresiones culturales e ideológicas, que tienen como cabecera a Danilo Astori y José Mujica.

La izquierda tiene que moderar sus contradicciones internas, pero a la vez debe comenzar a establecer los cimientos de una elaboración colectiva que solo llegará a buen puerto si deja para la historia el discurso confrontativo de hoy.

Si esto no ocurriera el Frente Amplio puede llegar a un estado de crisis que puede poner en peligro las transformaciones de nuestra economía, pero también de la sociedad cultural e ideológica. Esta sería la gran oportunidad para una derecha que comienza a frotar sus manos ante la posibilidad de una crisis profunda de la izquierda.