Por: Andrés Berterreche

Las organizaciones políticas son importantes por muchos motivos. Uno de ellos es que permiten darle trascendencia a sus visiones ideológicas con las acciones que indefectiblemente estas deben propiciar a lo largo del tiempo. Aquel que crea que los hombres, por más destacados y preclaros que sean, son los que realizan los actos que producen los cambios históricos están equivocados. Y mucho más, cuando las causas pretenden ser de carácter popular.

Tal vez pueden sobresalir y quedarán en los libros aquellos individuos que se destacan en su época, pero en soledad nada hubieran sido, y mucho menos hubieran trascendido a su tiempo.

Digo esto teniendo en cuenta que la parca ha sido tremendamente efectiva en este año que va finalizando. El Dr. Jorge Batlle, el Ñato Fernández Huidobro y el Comandante Fidel Castro son algunos ejemplos del inexorable destino de los que alguna vez nacimos. Del primero que sea análisis de aquellos que representan el espacio liberal conservador, de los muertos recientes del campo popular tomaremos para el análisis al líder cubano por el alcance universal que tiene y tendrá.

Fui por primera vez a Cuba en enero de este año. Si bien fui en clave de visita particular, no hice turismo hotelero del “all inclusive”. Traté de conocer la realidad cubana desde las casas de familia, compartiendo el transporte y caminando por los lugares típicos y no tanto. ¡Ojo! Tengo claro que aun así solo puedo tener una pequeña y no suficientemente formada visión de la realidad.

De todas maneras me permitió algunas experiencias que de otra manera hubiera sido imposible y que está un poco más cerca de la visión deformada que se puede tener viviendo encerrado al aire libre en “un cinco estrellas” de Varadero. Fue así que pude tener una conversación, una más dentro de tantas, con un veterano militante de algún estamento de dirección del Partido Comunista.

Fue en una fiesta familiar a la que ocasionalmente me sumé y que entre música y ron permitió hablar amplia y descontracturadamente. Charlamos de los logros de la Revolución, de nuestro reconocimiento a la solidaridad y la resistencia del pueblo cubano como militantes de nuestra América Latina. También de algunas dudas y del futuro, y de ambas cosas al mismo tiempo. Hice la pregunta lógica acerca de la sucesión y el recambio. Allí encontré la respuesta más acalorada de toda la conversación: “¿Tu también con esa tontería? Hace veinte años que dicen que Fidel se moriría y no se ha muerto”.

Además de entender que por el bien del intercambio y la riqueza del diálogo no debía insistir en la materia, pude ver la negación más tremenda de un hecho obvio: la muerte. Podría hasta ser una escena graciosa pero me generaba una profunda preocupación.

Los relevos no son simplemente cambios generacionales. Son la verdadera posibilidad de darle la necesaria continuidad para hacer de una historia un proceso sustentable. El Comandante ha muerto y seguro que ya la historia, parafraseándolo, lo juzgará con un amplio, amplísimo, saldo positivo. Pero la Revolución deberá seguir más allá de su figura y su genio, llevada adelante por nuevos cuadros, que le imprimirán su perfil y el análisis de su tiempo, y sobre todo por su pueblo. Porque insistimos, los cambios no los hacen los hombres sino los pueblos.

La frase consigna “de tus manos tomamos la bandera” se debe entender como el pasaje de las responsabilidades de unos a otros para poder seguir caminando con dirección a la utopía. Pero continuando con esa metáfora, creemos más conveniente y segura de éxito si la bandera se pasa de mano en mano que si se recoge del que se le cayó.

Esta debe ser la lucha de la organización, bien lejos del “espontaneismo” o de la casual aparición de un líder deslumbrador. No hay que dejar apagar el farol, pues volverlo a prender siempre cuesta mucho más.

Ahora sí podemos entonces detenernos en la importancia estratégica de la renuncia del senador Ernesto Agazzi. El “Flaco”, como lo conocemos todos, es uno de los mejores legisladores que tenemos. Por su capacidad de estudio, su contracción al trabajo, la experiencia adquirida, la capacidad para el diálogo en la negociación y el respeto que propios y adversarios le tienen. Como se dijo en esa sesión puede verse entonces como una pérdida para las capacidades de la bancada oficialista.

Pero además, Ernesto es un militante de organización, disciplinado, coherente y consecuente. Y la decisión de pasar la bandera fue planificada y colectiva. En una carrera de postas el que trae el testigo o testimonio (barra cilíndrica que se tiene que dar para que el siguiente pueda comenzar a correr) no se lo tira al que continuará corriendo cuando se le ocurre sino que se lo da en la mano cuando es el momento correcto, y esto define equipo.

Y eso fue lo que hizo el “Flaco” con Daniel Garín, asegurando de esta forma no un cambio de uno por otro sino la construcción de la necesaria continuidad.

Por supuesto que es una demostración de generosidad a la que el compañero nos tiene acostumbrados, pero sobre todo es la capacidad de una visión estratégica que nos trasciende.

En estos mismos términos se debe esperar que el entrante no sea la copia fiel del saliente. Primero porque no es posible en la medida que somos individuos diferentes, segundo, porque no es conveniente imprimir la visión monolítica cuando lo permanente debe ser el cambio y la riqueza de la izquierda también debe estar impregnada de nuevos análisis. Como en el paralelismo de la posta, los corredores podrán tener pasos más largos o más cortos, podrán ser más bajos o más altos, y hasta podrán ser más rápidos o más lentos. Lo que no podrán es soltar el testigo, porque eso es lo que hace al equipo.

Por último, en este enorme ejemplo de cambio para sustentar la continuidad, el “Flaco” imprimió un gesto de alto componente político, ideológico y ético. Su renuncia fue acompañada con la renuncia al subsidio que ampara a los cargos políticos y al cual tenía derecho. Porque es un símbolo que cuando se critica al sistema político haya un gesto de este tamaño de un servidor público que difícilmente se encuentre en buena parte de esos mismos críticos. Y no en la demagogia “Trumposa, copiada y garganteada por estas latitudes, de dar lo que no se precisa, sino de la de ser coherentes hasta el último momento.