Por: Gustavo Iribarne

Estaba cantado. En una época donde seriales como “Game of Thrones” venía matando en audiencia, la leyenda del Rey Arturo suponía un plato fuerte difícil de desaprovechar.

Desde tiempos inmemoriales, el mito del monarca y los Caballeros de la Mesa Redonda ha sido fruto de fábulas y narraciones diversas, sin contar las adaptaciones que se hicieron en la pantalla grande. En el cine, maestros de la talla de John Boorman probaron suerte (“Excalibur”; 1981), incluyendo una versión de dibujos animados de la empresa Disney por el año 1965 y, obviamente, era una pelota que estaba picando en la puerta del arco.

Este cronista confiesa cierto rechazo a las películas sobre mitologías prefabricadas como “El señor de los anillos”, o “The Hobbit”. (Hasta la popular serie “Juego de tronos” produce cierto aburrimiento a quien suscribe). Es cuestión de gustos.

Sinceramente, la razón de ir a ver esta nueva adaptación estuvo pautada -sin más vueltas- por la presencia de Guy Ritchie en la dirección de la misma. Un cineasta que ha logrado títulos interesantes como “Snatch: Cerdos y diamantes”, “Rocknrolla” y “Revolver” era una carta de crédito a tener en cuenta sobre todo si recordamos el aire fresco que supo imprimir -hace unos años- a la nueva saga de Sherlock Holmes con Robert Downey Jr. a la cabeza.

En este caso, ese esperado reciclaje parece cumplirse a medias a pesar que el toque de Ritchie surge por chispazos a cada tanto sin lograr -quizás- una renovación más provocativa, como sucedía con el famoso detective creado por Arthur Conan Doyle.

No es que vaya a defraudar al gran público porque tiene todo como para convocar audiencia, empezando por la fotografía de colosales batallas épicas, hechizos mágicos, alguna que otra humorada y un villano trágico interpretado por Jude Law.

La acción impone su ritmo y, si bien tiene varias escenas que impresionan como copiadas de “Matrix” y/o “300”, el interés no decae y llega airoso hasta un final que promete posibles continuaciones.

En esta recreación, el legítimo heredero a la corona logra escapar de una sangrienta confabulación y es criado en un burdel donde asume las mañas de un brillante pícaro sin descontar el entrenamiento de esgrima y artes marciales como corresponde a los nuevos héroes del Siglo XXI aunque vivan en la Edad Media.

El resto es de suponer y hace a la espada en la piedra, el “plebeyo” que descubre el poder que posee aunque reniega de su destino y una maga (aquí Merlín brilla por su ausencia) que ayuda bastante para recuperar el trono.

En el cóctel tampoco hay que olvidar los grandilocuentes escenarios bélicos con imponentes bestias digitales haciendo destrozos, bastante vértigo en la edición y una excelente recreación epocal de Londinium (léase London, please). Es, en definitiva, una película pochoclera que calza perfecto para los tiempos que corren donde la forma resulta más interesante que el contenido.

Pero, para ser justos, la audiencia que busque aventuras al por mayor va a quedar satisfecha con la entrega. (De paso, mientras degusta el pop acaramelado, también podrá cholulear con David Beckham haciendo un “bolo”). God save the King.