Lo peor que se puede hacer en política es no hacer política, o hacer algo que pretende ser parecido, pero que no lo es, cuando se intenta llevar acciones a puro impulso, a caprichos e inflexibilidad.

No pensar políticamente es actuar sin reflexión, apresuradamente, a fuerza de voluntarismo, pretendiendo realizar las acciones sin explicar, sin argumentar, sin aclarar y por tanto sin convencer.

Sucederá esto por incapacidad y otras veces por puro egocentrismo sobre todo y muy especialmente cuando se confunden los proyectos colectivos con los sectoriales y, peor aún, cuando la confusión se produce en relación con la sustentación de evidentes proyectos personales.

Es posible que se esté pagando tributo a la permanencia en el poder. Esto se me figura cuando en reiteradas ocasiones advierto que no existen los mínimos y esenciales reflejos ante ciertas controversias y cuando no, y más preocupante aún, se observa una atrofia al momento de la réplica.

Es probable, o al menos me resulta a mí, que en parte esto suceda por la ausencia de organizaciones políticas potentes, robustas e integradas con colectivos de militantes, que posean -además de la necesaria capacidad política- la pasión esencial a la hora de asumir la militancia, que actúen desprovistos de encuadres burocráticos y por fuera del aparato de gobierno. Es decir, militantes que hagan política por el más puro y desinteresado amor al prójimo y a las ideas.

Uno se la veía venir de que era posible o más bien probable que asumir la responsabilidad de gobernar generaría una nueva situación al interior de una fuerza política, que si bien ya tenía sus experiencias a nivel municipal y en la capital del país, su vida había transcurrido mitad en la ilegalidad y en el marco de la más brutal represión y su otra mitad ejerciendo la oposición siendo permanentemente ninguneada y excluida.

Es natural pensar entonces que ante las complejidades y los desconciertos uno deba recurrir a esa etapa, no por una cuestión regresiva, sino para salvarnos de lo peor, que es perder nuestra esencia y la ilusión de la transformación y del cambio.

Cuando los momentos son de confusión y paralización, lo que esperan los grandes sectores de la sociedad que han fundado su confianza en la izquierda y el progresismo son portavoces y líderes que transmitan tranquilidad, fundamentos y confianza.

Muy por el contrario -y sin perjuicio del “manijazo” profesional y malintencionado- los hechos que van desde agosto a la fecha han sido un relato de acumulaciones de desavenencias y enfrentamientos, más propio del contenido de un escrito de divorcio por causal de riñas y disputas, que de una fuerza política.

Sin perjuicio de lo que vengo diciendo, estoy convencido de que aún estamos muy a tiempo de encauzar los problemas, separando lo real de lo artificial y lo principal de lo accesorio.

Gobernar seguramente no se resume en una sola acción y para nada se trata de algo simple, sino de una categórica complejidad. Gobernar, entre muchas cosas, requiere de un actuar responsable y medido, que vea el hoy y el mañana inmediato para no quedar en mora con el futuro. Gobernar es pensar, sopesar y decidir. Gobernar es demostrar que las ideas son posibles y no son solo consignas. Gobernar a conciencia es hacer que la frustración termine siendo un riesgo evitable.

Para seguir avanzando es necesario volver al encuentro de la gente y bancar lo que haya que bancar, a sabiendas de que hay razones muy fundadas a escuchar, saber admitir los errores que tengan que ser admitidos y responder lo que se tenga la obligación de responder.

Quien supuso que gobernar era fácil, se equivocó. Quien sostenga que llevar adelante transformaciones profundas, como lo hizo nuestra fuerza política, era un hecho que en la naturaleza se da por sí solo, se equivoca profundamente.

Me convencí que la actitud y los fundamentos no solo se aplican para los asuntos que tengan que ver con una “globa”, yo diría que son los requisitos necesarios para vivir, si lo que se quiere es vivir para enfrentar los problemas y resolverlos. Y hoy hace falta bastante de eso.

Ahora bien, a los asuntos habremos de enfrentarlos con reproches o sin ellos. Habrá que irlos asumiendo y en mayor o menor medida deberán irse resolviendo, sin cura o inmunidad para pifias y yerros. De las erratas habrá que siempre hacerse cargo, a cuenta de que siempre se puede mejorar la edición.

Es cierto aquello de que “a río revuelto ganancia de pescadores”, y esto que es más viejo que la injusticia, se da tanto en los ámbitos más silvestres de la vida cotidiana como también en la política.

Hace rato que los veo merodeando, acechan por los alrededores de la izquierda, se presentan diluidos e insulsos, se declaran “de izquierda” pero no tanto, profesan el aseo y la pulcritud permanentemente. Tienen la decencia del francotirador, son especialistas en pegar sin ensuciarse. Y por estos días, si alguna prenda novedosa les faltaba, se acomodan los ropajes de nuevos socialdemócratas. Son tan acomodaticios y circunspectos que se roban el aplauso de la derecha a pleno. Son aquellos de los que me permito sospechar de su buena intención y los percibo como unos ligeros ventajistas.

Con el debido respeto por los siempre bien intencionados, no dejo de advertir el tufo del oportunismo y tanto es así que por primar la buena fe en más de una oportunidad he preferido hacer “mutis” antes que confrontar.

Hoy me superó que Mercader definiera a Mieres como “el bueno”. Sin duda me resulta entendible. El senador “independiente” no se aburre de sumarse al coro diestro y me cuesta recordar disonancias de significación con ellos.

Se dice que los hombres miden la existencia o no de sus diferencias en momentos cruciales, de síntesis histórica, cuando hay que optar entre la restauración o la izquierda y el progresismo, aunque esta última no sea perfecta. Pero no, aún sigo esperando alguna actitud jugada a los intereses populares más allá de las siempre existentes contradicciones y solo encuentro la comodidad y el calorcito que brinda el oportunismo político en una sociedad donde pugnan dos visiones y bien opuestas: la de la izquierda y el progresismo o la derecha y la restauración.

Yo no me olvido quién fue y quién es la derecha, de su responsabilidad a lo largo de la historia política del Uruguay. De que fue la derecha, expresada en los partidos tradicionales, la que desmanteló el Estado social, solidario y benefactor bajo la consigna del más puro liberalismo individualista y voraz.

Que es a la derecha a quien deben atribuírsele los más cruentos golpes de Estado de este país, de los que nunca se hizo cargo. Que es la derecha quien profesa la insolencia y el descaro, cuando a través de su slogans entradores y pegadizos acusa y denuncia que los complejísimos dramas sociales de este país son frutos de estos últimos 10 años y no admite que el tejido social ya estaba roto desde mucho tiempo antes de que la izquierda gobernara, y por su exclusiva responsabilidad.

Es cierto, me cuesta aceptarlo, la fragilidad de la memoria es insoportable.