Se manifiesta de manera rotunda y permanente que la democracia es un sistema político en el que los ciudadanos tienen una voz importante en los asuntos públicos; entonces, la ciudadanía no puede permanecer desinformada respecto de esos asuntos públicos… Sin embargo, en la realidad no se ve cristalizado lo manifestado, pues pocas veces en la historia de la humanidad, los pueblos han vivido en el estado de incertidumbre respecto al devenir de sus existencias, como en este presente difuso por el que transitamos.

Parecería, como lo demuestra de manera magnífica y elocuente nuestra imagen de la realidad, que la democracia no requiere de sabios, de un pueblo cultivado o ilustrado, sino de una comunidad suficientemente informada, que tenga alguna idea y una imagen de lo que sucede.

Ahora bien, ¿qué significa una comunidad “suficientemente informada”? Reconozco que no sé cómo definir este interrogante, pero sí puedo asegurar cuándo una comunidad está “suficientemente desinformada”.

La eficacia escatológica de las imágenes que día a día presentan los medios audiovisuales, de accidentes ‘anunciados’, homicidios a repetición, violaciones en serie, genocidios amparados por organismos disfuncionales, aniquilan las palabras, torpes y simuladas, de funcionarios y periodistas, intentando decir “algo”, acerca de los luctuosos sucesos que se proyectan sin cesar, de las imágenes del desastre del día. Puedo decir que la televisión es la agencia más grande de formación de opinión pública, puesto que la información es la piedra angular de la formación de la opinión pública.

A mi entender, la información debe ejercerse desde la dialéctica, acompañada de la imagen de quien la ejerce en discurso, en contenido, y esta debe estar sujeta a un monitoreo que pueda ser clasificable en términos de veracidad, falsedad, credibilidad, precisión etc., pero debe evaluarse. Al informar, no lo dudo, debemos decir algo y a la vez evaluar lo que decimos.

Demasiada información que aparece y desaparece de la pantalla, sin conocer los desenlaces de lo que disparan, llámese crisis global, instalación de armas nucleares en Europa del Este, vicepresidente investigado hace años, Intendente Macri procesado, pero en carrera electoral a la presidencia, asesinato de hombre a manos de su mujer, prostitución vip o atroz ¿accidente?, el pulgar en alto para un candidato como Scioli, sin trayectoria militante, ex-funcionario del ultraliberal Menem, hoy avalado por la presidente Cristina Fernández… Nada por debajo del delirio; demasiado para el ciudadano, que permanece absorto ante la avalancha de información sin finalidad aparente, salvo confundirlo más de lo que estaba al comenzar su día.

Frente a esta situación de bajas defensas, para pueblos enajenados en lo referente a “lo político” a “lo social”, a “lo cultural”, hago responsables a los medios de comunicación y a quienes los dirigen desde la esfera privada y pública de sub-informar a sus espectadores incautos, con información patéticamente idéntica en su tratamiento, caminando el sendero de discriminación aberrante al conocimiento y a la inteligencia, ocultando información de cables de noticias que no son ofrecidas a una platea anestesiada. Por supuesto, deviene de lo manifestado que dicha discriminación recae sobre quienes están dotados de estas cualidades.

No hay dudas de que “la coartada de la democracia” en el cosmos consumista es una lógica cultural demasiado manifiesta en una comunidad materialista, similar a los candidatos en oferta de “liquidación”, que hacen pasar el consumo de objetos innecesarios, por una ‘función social democrática’ indispensable para seguir viviendo en este mundo.

La formación de la opinión pública debe ser mejorada de inmediato, mi condición de ser que transita esta existencia lo exige… y utilizando esa misma tekné. Padres, centros de educación y periodismo valiente y capaz, hoy en fuga, deben rediseñar su camino, en resistencia a la estupidez reinante y la impunidad instalada en lo referente a los ilícitos perpetrados por el poder y que llevan un estado de caos en el que el pueblo es víctima y cómplice pasivo de un tiempo en que la simulación y la mentira los llevaron por consiguiente a una moral de esclavos.