Por: William Marino, Analista

Ya han pasado 72 años de la barbarie, cometida por una potencia imperial en plena guerra, no contra un ejército, sino contra una ciudad indefensa, frente a algo aún desconocido. El mundo se va olvidando de ese hecho poco a poco. Pero que sucedió en realidad antes de esos días, el 6 y posteriormente el 9 de agosto de 1945.

Hoy, el mundo poco recuerda y casi nada sabe de lo que realmente sucedió en esos meses. En Europa la Alemania nazi ya había sido derrotada, con la toma de su capital –Berlín- el 30 de abril por parte del ejército soviético. Su rendición final fue el 9 de mayo. Pero una guerra seguía su curso en el Pacífico, Japón no se rendía. A finales del mes de mayo, durante dos días casi ininterrumpidamente, será bombardeada Tokio, por más de 200 aviones que tirarán más 4.500 T de bombas el primer día, y más de 4.000 el segundo día, y fueron decenas de miles los muertos civiles. Japón seguía resistiendo.

En EEUU hacía ya tres años que estaba en marcha el Proyecto Manhattan el que trabajaba en la creación de una gran bomba, que era considerada como “terrorífica”. Su primera idea era lanzarla sobre Alemania, pero al parecer los tiempos no dieron. El lunes 16 de julio de 1945, era una mañana muy fría en Alamogordo, estado de Nuevo México, lugar casi desierto, los nativos lo llaman “Jornada del Muerto”, se hallaban reunidos, bajo la dirección del Gral.

Leslie Groves, unos 425 científicos y técnicos pues a 35 kilómetros ahí, se iba a realizar la primera explosión atómica del mundo. Lo que no se sabía era qué iba a suceder. La prueba que se pensaba realizar en plena madrugada, se tuvo que aplazar por mal tiempo, para ser realizada a las 5 h29m.45s. Lo que sucedió era algo que casi nadie creía que podía pasar, todo se desarrolló a una velocidad vertiginosa, ya que ningún ojo humano puede captar algo que sucede en una millonésima fracción de segundo, y el cerebro tampoco.

Robert Oppenheimer, el llamado padre de la bomba atómica y todos sus ayudantes se encontraba en un búnker de cemento, desde allí pudieron observar a la distancia, el hongo que se formó luego de la explosión atómica. La bomba había sido colocada en una inmensa torre de acero de 30 metros de altura, luego de la explosión dejo un cráter inmenso de uno 7.50 metros de profundidad y el inmenso hongo se elevó hasta una altitud de 12.000 metros. Las ventanas y puertas temblaron hasta una distancia de 400 Kms.

Un periodista observador, dijo que “era una luz de otro mundo, una luz en un solo sol, pero el brillo de muchos soles. En una fracción de segundo la nube subió más de dos mil metros, subiendo cada vez más hasta tocar las nubes”. Luego se dirá que “muchos observadores quedaron como petrificados, enraizados a la tierra, por una mezcla de terror y miedo reverencial ante la inmensidad del espectáculo”.

El Brigadier Thomas Farrell fue el único que se alegró con dicha explosión al decir: “Podemos calificar muy bien los efectos, como algo sin precedentes, magnífico, hermoso, estupendo y terrorífico. Nunca se había producido un fenómeno de un poderío tan espantoso que fuese obra del hombre”. Robert Oppenheimer habría manifestado una línea del libro sagrado de los hindúes: “Me he convertido en la muerte, la destructora del mundo”. La desintegración o fusión del átomo había liberado la mayor cantidad de energía que pueda imaginar la mente humana, la destrucción total de una ciudad en fracción de segundos.

Por esa fecha, julio de 1945, más de un centenar de las grandes ciudades estaban desbastadas, destruidas e incendiadas, solo cuatro ciudades permanecían casi intactas: Hiroshima, Kioto, Sapporo y Nagasaki. Los japoneses, oponían una resistencia feroz, que los americanos jamás esperaron, la ocupación de las islas japonesas era muy lenta, fruto de esa resistencia; había que “escarmentar a esos amarillos” con una lección ejemplar.

El secretario de Guerra, Henry Stimson, responsable del Programa atómico ante el presidente Truman, es al parecer el que propone ahorrar vidas americanas, tirando una, luego serán dos, bombas atómicas sobre ciudades japonesas, como manera de obligar a la rendición del ejército imperial. Como bien lo dirá el presidente Truman, “la bomba es un arma militar y yo nunca abrigué la menor duda acerca de la necesidad de emplearla y los principales consejeros militares de la Presidencia aconsejaron emplearla, más que nada porque esta podía obligar a la rendición de Japón”.

6 de agosto. Hora 8.15. Una ciudad: Hiroshima, con una población de 343.000 en una superficie de unos 18 km2. Unos segundos después, habían muerto más de 100.000 personas, un 99% civiles y desaparecido la edificación en más de 11 km cuadrados. Un solo avión, un B29, con un nombre “Enola Gay”, pasó por la ciudad y dejó caer una gran caja desde unos 8.000 metros de altura explotando a unos 300 de la tierra, para ser más eficaz.

Eran 18.000 toneladas de dinamita. La gente que estaba en un radio de mil metros, murieron en forma instantánea, el calor provocado en ese núcleo central llegó a más de 5.000 grados. Era un avión solo, dirían algunos sobrevivientes, por eso no se tocó la alarma para que la gente bajara a los refugios. Tres días después vendrá desde el cielo otra carga atómica, esta vez sobre Nagasaky, a las 11.02 hs, la bomba será de más de 20 kilotones, aquí casi 200.000 personas, entre muertos heridos y desaparecidos.

En ambas ciudades sus habitantes aun sufren las consecuencias de la irradiación de dichas explosiones. Este año en Hiroshima se reunieron unas 50.000 personas en el Parque Conmemorativo de la Paz, el alcalde de la ciudad Kazumi Matsui dijo entre otras palabras: “Mientras haya armas nucleares y lo políticos amenacen con usarlas, el horror podría saltar al presente en cualquier momento”. Solo en Hiroshima los muertos al día de hoy ascienden a 308.725 personas. Hoy, pocos medios de comunicación recuerdan este aberrante bombardeo a dos poblaciones civiles con más de 500.000 muertos civiles.