Por: Jorge Pasculli

Washington Carrasco, Cristina Fernández, Daniel Viglietti, Pepe Guerra, Numa Moraes, Vera Sienra, Gastón Ciarlo (Dino), Braulio López, Carlos Benavides, Yamandú Palacios, Larbanois-Carrero, dieron el domingo 10 de agosto una prueba fehaciente que nuestra música popular sigue viva, en su talento y entusiasmo y en las 2.000 personas que vibraron de principio a fin.

Un artista íntegro

El primer motivo de la convocatoria ya valía la pena: celebrar con Washington toda una vida dedicada a la música. Con talento, con dedicación, constancia, modestia, compañerismo, compromiso con la vida del país, con la libertad, con la justicia, con los más desposeídos. Indiscutible.

Todos juntos

Washington eligió compartir escenario con varios compañeros de generación. Varios de los que están y varios de los que ya no pero fueron recordados a través de sus canciones o anécdotas: Zitarrosa, Carbajal. Estramín, Sampayo, Osiris, Darnauchans, Pedemonte, Capella, Chalar, Grau, y autores como Ruben Lena, Víctor Lima, Mario Benedetti, por citar solo algunos. Allí estaba el espíritu inquebrantable de todos. Recordados con admiración y profundo cariño. Fue algo tan emotivo de principio a fin que aquello duró casi tres horas y si fuera por la gente duraba hasta el lunes. Por el corazón y la cabeza de todos nosotros pasaban imágenes de nuestras vidas.

El pasado sí, pero un pasado muy digno, de lucha, esperanza, de resistencia y de construcción. Un pasado que no ha muerto. Que sigue vivo en nosotros, empujando por más libertad, más justicia, más solidaridad y fraternidad entre los humanos, a través de hermosísimas canciones, plenamente vigentes.

Como la primera vez

Hacía mucho tiempo que no había un encuentro de tantos artistas del canto popular con la gente. Vaya a saber por qué. No era lo que Washington buscaba. No fue con objetivo marketinero. Porque incluso allí había varios que hacía tiempo no tocaban en público. Incluso muchos se preguntaban: “¿Che, dará resultado, irá gente?”. Fue por darse el gusto de abrazarse con sus compañeros de camino y decir: hasta aquí hemos llegado, vaya si ha valido la pena.

Todos fueron a los ensayos, todos llegaron temprano, todos probaron sonido con esmero, ayudándose entre sí. Fue un privilegio ver los abrazos de reencuentro, algunos hacía muchos años que no se veían, el cariño de aquellos veteranos. Estaban felices.

Por reencontrarse, por acompañar a Washington. Viglietti, por ejemplo, fue el primero de los invitados en tocar. Se quedó al costado del escenario escuchando concentradamente a cada uno. Recibiéndolos con un abrazo. Y así fue pasando con cada uno. Había un clima tan fuerte que reconozco que se me caían las lágrimas con cada ovación a aquellos grandes, enormes, muchos de los cuales hoy no tienen un lugar donde cantar o la tienen que pelear como recién llegados.

Nadie se quiso perder nada

Y hay otros detalles de la felicidad vivida. Los abrazos, arriba del escenario, después de cantar juntos Río de los Pájaros de Sampayo, fueron como los de los muchachos del 50. La gente que fue, lo vio. Y el bis de A Don José fue un coro inflamado y afinado de 2.012 compatriotas dispuestos a seguir viviendo a pleno hasta el final.

Además, ninguno se quiso perder ninguna de las fotos colectivas que hasta altas horas de la noche se prolongaron en la cena compartida, donde hubo muchísima alegría y muy poco alcohol. Ninguno dejó de pedir un afiche del espectáculo. Ninguno dejó de agradecerle a Washington la maravillosa oportunidad de volver a vivir una jornada gloriosa de amor a nuestra música, a la vida, a la lucha, a los compañeros, a la gente.