Por: Pablo Mieres, Senador

Todo el largo y penoso proceso que termina con la renuncia del vicepresidente y, particularmente, su último tramo, se ha visto atravesado a modo de “telón de fondo” entre dos concepciones bien diferentes sobre la actividad política y las conductas que se deben seguir en el desempeño de los cargos públicos.

De un lado la ética con sus principios firmes y exigentes que definen con claridad la línea divisoria entre lo que está bien y lo que está mal; del otro lado la filosofía del “cambalache” que busca entreverar y mezclar todo así “en el mismo lodo todos manoseados”. Da lo mismo “el que trabaja noche y día como un buey, que el que vive de los otros, que el que mata que el que cura o está fuera de la ley”.

Este ha sido el debate de estos días. De un lado un dictamen del Tribunal de Conducta Política del Frente Amplio, enérgico, contundente y definitivo que condena el uso de dineros públicos para fines personales, sin distinguir si se trata de un “calzoncillo” (como dijo alguno) o de un auto cero kilómetro. Estableciendo con firmeza que el accionar contrario a la ética no depende de la magnitud del gasto sino de la naturaleza de la conducta violatoria de una regla moral que establece que es totalmente indebido usar fondos públicos para comprarse cosas personales.

De un lado, el dictamen de un Tribunal que, más allá de que sea del partido de gobierno, se identifica totalmente con las mejores tradiciones de nuestra vida política. Se ha dicho que se trata de un pronunciamiento en línea con la visión del Gral. Seregni, y lo es. Pero también está en línea con las mejores historias de muchos políticos de distintos partidos que actuaron en cargos de la mayor responsabilidad con transparencia, austeridad y devoción por la causa pública. Está en línea con un país cuyo sistema político, más allá de excepciones, ha buscado mantener un nivel de dignidad y vocación de servicio hacia el país.

Del otro lado, la filosofía del “todo es igual y nada es mejor”. El enchastre generalizado, salpicando para todos lados y, en la medida que “todos somos jodidos”, entonces no hay por qué subir la vara de la exigencia, sino que lo que corresponde es “hacer la vista gorda” y dejar pasar todo con la convicción de que todos son sospechados de mala conducta.

Así pretendió entreverar el juego el número uno de la filosofía del cambalache, el senador y expresidente José Mujica, cuando a modo de defensa del vicepresidente buscó entreverar los tantos equiparando los viáticos con los gastos de tarjetas corporativas y señalando que “todos en los últimos treinta años” estamos implicados en los manejos irregulares de los dineros públicos.

Dale que va, “no pienses más, sentate a un lado que a nadie importa si naciste honrado”. Eso es lo que buscó Mujica todos estos días, entreverar e igualar hacia abajo con el mezquino objetivo de disminuir la magnitud de la falta ética del vicepresidente, al que llegó a denominar de “chivo expiatorio”.

No, señor. No somos todos iguales. No aceptamos el “barro” igualatorio que promueve Mujica. En política, como en todos los campos de la vida, existe gente que actúa bien y que se rige por ciertos valores éticos y gente que no lo hace. Las diferencias de conducta importan y el juicio que estas merecen son sustanciales para mantener una sociedad íntegra y digna. Una sociedad que acepta la filosofía del cambalache es una sociedad degradada en la que todo vale y lleva al ocaso de la humanidad.

En el afán de defender a su amigo, el senador Mujica entreveró las cartas y busco equiparar los viáticos que corresponden a viajes fuera del país que están regulados normativamente en proporción a los días y el destino al que se viaja y que están destinados a solventar los gastos extra que se producen por transporte, alimentación y alojamiento fuera del hogar, con el uso de una tarjeta de crédito corporativa que se carga a fondos de una institución pública y cuyo uso está previsto exclusivamente para situaciones extraordinarias o imprevistas siempre vinculadas al ejercicio del cargo.

No importa. Lo único que importaba era entreverar la baraja y dar una imagen de que todo es lo mismo. La filosofía del cambalache al máximo para embarrar a todo el sistema político.

Y esa tensión entre la ética de la política, expresada en el fallo del Tribunal de Conducta Política, y la filosofía del cambalache propiciada por Mujica se expresa en el final del capítulo de ayer. Sendic renuncia a su cargo, pero no reconoce ninguna responsabilidad y carga contra el Tribunal de Conducta y el Presidente de su fuerza política. El Plenario (el mismo que hace un año y medio defendió con indignación al vicepresidente y su título inexistente) hace una declaración genérica de reivindicación de la ética en política, pero no sanciona al renunciante.

En definitiva, un grave crisis política del partido de gobierno que, sin embargo, no implica ninguna crisis institucional. Al revés, el país sale fortalecido en el plano institucional porque un Vicepresidente en situación insostenible termina renunciando, mucho más como resultado del rechazo de la opinión pública, de la gestión de los periodistas que investigaron e informaron sin temor, del accionar de los partidos políticos que denunciamos con decisión y firmeza y del fallo categórico del Tribunal de Conducta Política.

Quedan reservas morales en nuestra sociedad que resisten y rechazan la filosofía del cambalache, mal que les pese a los responsables de un patético relativismo moral que han pretendido imponer.

Entre tanto, sólo ha terminado el tema del cargo del vicepresidente, pero los problemas existentes van mucho más allá de eso. En la Justicia se encuentran los casos de Ancap, Fondes, los negocios con Venezuela y esta semana comienza la investigación parlamentaria sobre las irregularidades en ASSE; un cúmulo de situaciones que, por cierto, no son sólo ni particularmente, responsabilidad del vicepresidente.