Por: Manuela Mutti, Diputada

Una contradicción que no pretende definir como negativa la búsqueda de un mejor pasar por parte de el -y para el- ser humano, sino problematizar sobre cuánto está en juego y cuán dispuestos estamos de apostar todo.

La Revolución Industrial del siglo XVIII y la Revolución Cibernética de finales del siglo XX, hasta hoy en día, intentan reducir al hombre casi al rol de mero consumidor. Un proceso que se complejiza cuánto más grande es el salto cualitativo de nuestros conocimientos aplicados a la tecnología productiva, saltos que no se gestan en años sino en días.

El sociólogo polaco Zygmunt Bauman lo anticipó allá por 2002 en “En busca de la política”, que el 20% de la potencial fuerza laboral bastará para mantener en marcha la economía de continuar la tendencia actual. Y la tendencia actual continuó.

¿Significa que tenemos que oponernos al maquinismo? ¿O establecer un tope? Y si no, si las máquinas nos regalan la posibilidad de vivir en una eterna vacación ¿de dónde sacaremos la plata para comer, vestirnos o pagar un alquiler?

Algunos países del primer mundo se encuentran ensayando la Renta Básica Universal, por aquello de que a este sistema le puede faltar todo, menos consumidores. ¿Seremos maduros en Uruguay para plantearlo o seguiremos con el discurso barrabrava de “que no se les regale plata a los pichis”? Solo que esta vez los pichis seremos 2.400.000 de uruguayas y uruguayos, que vendrían a ser el 80% de los 3.000.000 de Jaime Roos.

Mientras tanto en Constitución

Y si hablamos de clásicos, hablemos de El Espinillar. Y si vamos a hablar de trabajo, o falta de, hablemos de Belén y Constitución.

Por muchos años la principal fuente laboral para la localidad y la zona fue el ingenio agro-industrial El Espinillar, que en 1994 terminó de cerrar sus puertas, disminuyendo la calidad de vida de los habitantes. Obligando a los más jóvenes a migrar, y a vivir de la zafra a los que se quedaron.

25 años han pasado de las últimas marchas cañeras en nuestro país, epopeyas de pies machucados desde el litoral hasta Montevideo, cargando gurises, cargando laburo. Pidiéndole a la sociedad estar en la agenda del país, para que nadie los olvide, para no pasar a ser un pueblo muerto, de emigrados a la ciudad.

Cargaban la foto de “Yenice”, la hija del “negro” Yacu Núñez. Todo un símbolo y hoy lo entiendo, símbolo de mi generación, de los que iban a venir, de los que quedaban por el camino en la distribución de la riqueza.

Hoy sé que esa lucha la sabían perdida, que el Espinillar no iba a volver a abrir. Pero esa lucha no era solo por el Espinillar, era por un modelo de país que los incluyera, que nos incluya.

Hoy sé que desde entonces en Constitución hay casas, hay servicios, hay educación, hay internet, pero no hay laburo. Salieron de la agenda productiva en la década de los 90, han pasado 25 años.

Vale preguntarse

¿Cómo nos ponemos en la lista de la inversión?, ¿cómo convencer de que a 500 kilómetros del puerto necesitamos pueblos y ciudades viables económicamente, a cualquier costo?

¿Cómo convencemos que invertimos a largo plazo cuando descentralizamos recursos? Porque son menos hombres y mujeres que dejarán de amontonarse en la periferia de las grandes ciudades.

¿Cómo romper la lógica macrocefálica, no de un gobierno, sino que de un sistema capitalista basado en la ganancia?

Todas esas preguntas no deberían responderse en los escritorios. Tampoco se deben responder de forma chauvinista, mirándonos el ombligo, como si fuéramos el centro de todos los problemas. No se debe responder solo a corazón, mirando lo justo y lo injusto, pero sí se debe responder con todo eso.

Por eso, a 25 años, nos llamamos a la reflexión. Precisamos poner en la agenda un modelo de país que diversifique la producción en el litoral, que mejore las relaciones de trabajo, y que sea una construcción de todos.

Hablar de Constitución y de Belén puede ser mirar el árbol. Pero si los hacemos parte del mapa, entre todos, estaríamos mirando el bosque, para dar soluciones tan reales como comprometidas.