Daba la impresión de haberquedado harto claro que el TISA no beneficia a Uruguay de ninguna manera. Luego de mucho debatir se llegó a la conclusión siguiente: el tratado esuna maniobra queempodera aún más al empresariado, disminuyendo a su vez, la acción gubernamental y la soberanía nacional.

En síntesis, mayores prerrogativas para las empresas, atar de pies y manos al gobierno y sobre todo, la pérdida de valor político y jurídico de los ciudadanos convertidos en consumidores.

Además de linduras como quelo firmado hoy es inamovible hacia el futuro si la empresa así lo determina y, la existencia de cláusulas secretas más allá de la letra chiquita. Si se aprueba, habrá partes del tratadode difícil acceso para la ciudadanía.

Pese a lo evidente, algo iniciado por el ex presidente en permanente vuelo donde el celeste recoge ovaciones en cada visita, el tema sigue sobre la mesa. Es más, con independencia del rechazo aplastante del Plenario del Frente, 117 a 22, el canciller desafiante, aclaró queese será un tema a manejar por el gobierno y el senado.

También aportó su granito de arena Lucía Topolansky (“el gobierno es libre de hacer lo que corresponda”).
Desde el inicio de este gobierno el canciller y el ministro de economía no han dejado de defender el tratado, con frases tan espeluznantes como las referidas a las oportunidades, la apertura de los mercados y el arribo de inversiones.

Hace algunos días Nin se cubrió y expuso: “Aclaró que “yo no soy un defensor del TISA pero creo en la responsabilidad que tenemos como país, porque si nos levantamos de una negociación en el medio de la misma, nunca más nadie va a negociar con Uruguay, ya que no valdrá la pena negociar con países que se van a la mitad de la negociación”…

¿Por qué no levantarse y dejarlos con un palmo de narices si el tratado atenta contra todo lo defendido por el Frente y por motivo del voto popular? ¿Se entraría al infierno para no despreciar la invitación del Sr. Belzebú? Por otra parte, continuar con una negociación conociendo de antemano su rechazo, tampoco es defendible.

Por tanto, sipermanece sobre la mesa es debido a queel sí no depende de los resultados económicos sino del costo político.

Por fin, llegó el comandante y mandó parar las negociaciones.

Dispuesto al “papelón” (Nin dixit), confundido por otros como dignidad, al TISA se le retiró el pizarrón.

Luego de tanto tiempo, quedó un mal sabor de boca y un desgaste quemerecerá un periodo de convalecencia. Unos lo entienden como un fracaso del actual mandatario, otros, como una victoria de los frenteamplistas.

Incluso algunos insensatos subrayan la diferencia entre Estado y partido, como si los partidos no formaran parte del Estado.
En este desaguizado, retumba la palabra mercados, así pluralizado. Si hubiésemos firmado el TISA o el TPP tendríamos mejor acceso a los mercados, mayores inversiones.

Eso en plena debacle mundial. No hace poco el vicepresidente Sendicen la Universidad Católica, expuso la necesidad de abrirse de capa a los mercados.

Más precisamente aseveró: “Somos una economía demasiado pequeña para pensar que es autosustentable; para el desarrollo de nuestra economía, el techo es nuestro tamaño”. Sostuvo que“Uruguay debe combinar su inserción en la región con la necesaria relación con el resto del mundo”.

El senador de un país cuyas exportaciones son principalmente primarias (soja y bovinos), habla de la globalización como un juego saludable.

El mundo está convulsionado, las principales economías en crisis, guerra de divisas, el capital financiero convertido en un monstruo avaricioso, los precios de los commodities en picada, pero nuestro genetista da cuenta de un mundo en marcha normal donde debemos insertarnos como parte de un proyecto perfectamente diseñado.

Con esta óptica, el futuro candidato no puede ver con malos ojos los tratados porque son parte inherente de ese mundo todo mercado al quese quiereseguir adhiriendo con productos de bajo valor agregado.

Existe una especie de piel dura, resistente a cualquier realidadqueobliga a los funcionarios a referirse a la dinámica capitalistacomo algo dado cuya estado natural no es la crisis, sino la fluctuación.

¡Bendito eufemismo! Un mundo imperfecto, pero ineludible donde competir significa la suerte de la ruleta, a veces se gana, otras se pierde, pero, eso sí, ¡nunca pierden los que siempre ganan!