Por: Hernán Reyes Alcaide

Gianfranco Pasquino es politólogo y co-autor, junto con su maestro Norberto Bobbio, del célebre diccionario de política que se ha convertido en un clásico de las ciencias sociales. Nacido en Turín en 1942, Pasquino es además autor de varios libros y artículos de teoría política, entre los que sobresalen “Los poderes de los jefes de gobierno” y “La oposición”. Entre 1983 y 1992, y entre 1994 y 1996, fue senador por la Izquierda Independiente y la Alianza Progresista.

Además, fue editor del periódico “Il Mulino” entre 1980 y 1984, y de la “Revista Italiana de Ciencia Política” entre 2001 y 2003. Desde 2005 es miembro de la Accademia Nazionale dei Lincei.

Mucho se habla del “giro a la izquierda” de la región. Algunos señalan que en cambio es un “corrimiento hacia el centro” de la izquierda. ¿Usted qué opina?
En algunos casos puede ser, pero no que la izquierda se haya “corrido”, que suena muy fuerte, sí “desplazado” o “movido” al centro. Pero lo que pasa es que las elecciones se ganan convenciendo a los electores de centro, no sólo con los de izquierda. Y eso han hecho en América Latina estos gobiernos. Además, hay diferentes tipos de izquierda en la región. Bolivia y Venezuela son izquierdas extremas e incluso extremistas pero ganan todas las elecciones. Brasil, Uruguay y Paraguay son diferentes, izquierdas de gobierno, que intentan gobernar sus países y lo hacen de manera satisfactoria.

Esto responde un poco también aquello del péndulo de Ostiguy sobre la alternancia izquierda-derecha en los gobiernos…

Cuando las democracias funcionan satisfactoriamente, los votantes cambian su voto teniendo en cuenta lo que los Gobiernos hacen, no hacen, o hacen mal. A los gobiernos de centro-derecha, en algunos países latinoamericanos, no todos, se siguen los gobiernos de izquierda. Entonces, estos gobiernos han tenido que lidiar con los problemas y la “compatibilidad” de sus promesas con los recursos disponibles al asumir, y son un poco más moderados que lo que podían prometer. No es, relacionado a lo anterior, un viaje al centro, sólo un poco de sabiduría valiosa. En épocas de mejora de disponibilidad de recursos, y si las cosas mejoran, ahí sí pueden tener margen para hacer un giro a la izquierda, pero siempre tratando de no molestar a los votantes también más moderados.

Para el caso uruguayo, el Frente Amplio ha sido siempre referencia de construcción como fuerza progresista para otros partidos de la región. ¿Por qué lo ve así?

El Frente Amplia es un excelente ejemplo de cómo se puede hacer una política de izquierdas, responsable, consciente, sin excesos, pero con habilidad y sabiduría política. Es una construcción digna de ser imitado, por ejemplo, en Argentina. Ha demostrado cómo es posible gobernar con eficacia.

Pese a lo anterior, y a diferencia de lo que sucede en otros países de la región en Uruguay no hay aún un movimiento de jóvenes masivo que se haya volcado a la participación política. ¿En dónde recaen las responsabilidades: falta de voluntad juvenil, falta de oportunidades brindadas desde las cúpulas? 

Voy a ser muy preciso y severo también. En primer lugar, a menudo, si el país está bien gobernado, las demandas de los diferentes grupos sociales, incluidos los jóvenes, llegan a los gobernantes y están satisfechos. No podemos excluir, en ese razonamiento, que los jóvenes en Uruguay aprecian su democracia y saben que los problemas serán resueltos por sus gobernantes.

En segundo lugar, a menudo los movimientos juveniles son improvisados, que se caracterizan por la protesta, sin puntos de venta. Yo entiendo lo que está pasando en Chile, un poco menos en la Argentina, pero no veo las soluciones prácticas propuestas por los jóvenes. Sin embargo, no debemos ser condescendientes con los jóvenes. Tienen que aprender a luchar, sufrir, perder y continuar luchando y prepararse. En tercer lugar, los movimientos juveniles son improvisados, desorganizados, flotantes, destinados a tener poco éxito. Y la política se cambia al cambiar las partes: las cúpulas son mucho menos fuertes y mucho más permeables de lo que dicen y creen.

¿Por qué piensa que la reciente crisis financiera se sintió mucho más en Europa y Estados Unidos que en América? 

En primer lugar, hay relaciones mucho más estrechas entre Estados Unidos y Europa que las que cualquiera de ellos tiene con América. También es porque algunos gobiernos europeos venían practicando políticas de liberalismo económico que ayudaron.

Justamente esos regímenes europeos que mencionó recién son el ejemplo cotidiano que toman aquí los defensores del parlamentarismo. ¿Ve factible un cambio de régimen en la región? 

En Europa no hay presidencialismos, hay dos semipresidencialismos y el resto son parlamentarismos. Yo creo que cuando hay regimenes presidencialistas, como ha sucedido siempre en América Latina, la transformación hacia un régimen parlamentario es muy difícil. Creo que mejor sería reformar algunos de los mecanismos dentro de los presidencialismos antes que transformar radicalmente el sistema. Y eso no se ha hecho. Yo no recomiendo un cambio drástico, sí mejorar los presidencialismos, no destruirlos.

¿Qué simboliza hoy ser de izquierda?

El valor fundamental de la izquierda en el siglo XXI debe ser la creación de igualdades de oportunidades. Poder poner a todos los ciudadanos en situaciones en las que lo único que cuente sean los méritos, las ganas de trabajar, y las ganas de mejorar su situación personal, familiar y de su país. En ese sentido la izquierda cree en algo que la derecha nunca aceptó: que la política es necesaria, que sólo la política puede controlar la economía, ofrecer igualdad de oportunidades, reglamentar los medios.

Muchos de los gobiernos progresistas de esta época han puesto énfasis en la importancia de “lo político” a la hora de resolver tensiones, ¿concuerda?

Es que así es. El mercado no produce una sociedad justa, la política sí. Y la política es la única con la capacidad de utilizar los recursos económicos, intelectuales, y de todo tipo para construir una sociedad mejor y más justa.

Usted fue senador en Italia pero al mismo tiempo siguió con su producción intelectual ¿Cómo ve esa tensión?

Los intelectuales que son destacados en un determinado tema o área deben intentar traducirlo al lenguaje político.

Es muy útil pasar los saberes de la producción intelectual al terreno político, es útil. Pero tiene que quedar claro que esa traducción no siempre es una traducción perfecta, pero que deben comprometerse, que pueden aprender de la vida política, de los comportamientos institucionales desde adentro.

¿Ya pasó entonces el tiempo del intelectual orgánico, al estilo de Antonio Gramsci? 

El intelectual orgánico no aprende nada, y al final no contribuye a nada, porque es disciplinado. De hecho, no sé si alguna vez produjeron algo importante aquellos que se decían intelectuales orgánicos. El intelectual debe ser crítico, crítico del poder, de su partido, de la sociedad civil, de todo. El intelectual crítico produce ideas, produce disenso, y entonces, sólo entonces produce movilidad dentro del sistema político.
¿Qué palabra que no haya incluido agregaría hoy al célebre diccionario de Política? 

No hay una sola, hay varias que se pueden añadir: accountabillity, o “rendición de cuentas”; Conflicto de Intereses, Democraticidad (mejor calidad de la democracia) y, sobre todo, la política de ética. Hace dos años escribí un pequeño libro que considero muy inteligente y titulado “Las palabras de la política”, editado por Princeton, en el cual explico las palabras del vocabulario político y también soy crítico de cómo son mal utilizadas por los políticos y los periodistas.