Por: Por Andrés Falca, Periodista

El tornado de Fray Marcos fue el 21 de abril de 1970. Curiosamente, el jueves se cumplirán la friolera de 46 años. El bingo de la naturaleza casi le emboca. Y lo recuerdo particularmente, porque para esa nota fui “enviado” por primera vez a una catástrofe, algo que desgraciadamente nos “reconforta” a los periodistas, cuando recién empezamos.

No había en esa época -con tormentas políticas que ya se sentían en las entrañas de las instituciones y que causarían muchos más estragos- la “revolución” del tiempo que el famoso e inentendible “Niño” travieso ha hecho estallar por estas comarcas. El cambio climático, en el que casi nadie creía hasta hace muy poco, es hoy una tremenda realidad ya definitivamente incorporada a la vida en este único planeta que tenemos, circunstancia que tampoco muchos tienen en cuenta, a la hora de limitar las emanaciones post Kioto.

Por eso Fray Marcos -hasta ese día tan pujante como ignoto- pasó a la historia. Y sorprendió a todo el mundo, por acá, que nunca habíamos visto nada igual, y por allá, donde hasta ya los filmaban desde el interior mismo de esos implacables vendabales, pero que también en esa materia el sur no existía.

Cayó quizás con la misma furia del que desmanteló Dolores. Sembró la muerte y liquidó a mucha gente que tardó años en levantarse de sus ladrillos y el alma por el piso. Lo que más recuerdo de esa noche trágica fue el rostro pálido de centenares de vecinos, contemplando atónitos los escombros de cemento y madera y las ruinas de sus sueños.

Dos datos curiosos que he retenido en la memoria y que puedo divulgar, gracias a la gentileza de quien ha heredado la vocación que me hizo andar tras la noticia durante casi medio siglo. Uno: como cronista de radio me tocó cargar con un grabador “supermoderno” que no pesaba menos de 10 kilos (faltaban aún dos generaciones para que llegara al bolsillo el celular de menos de 100 gramos). Dos: un micrófono abierto en un móvil de la Cruz Roja, que atravesaba como un fantasma el pueblo caído como un castillo de naipes y que traicionó a un funcionario desubicado que se sentía un tornado ante su atractiva enfermera.

Pero ya en esa época, apenas a 20 años de Maracaná, los uruguayos éramos los campeones del mundo de la solidaridad. Y no me cuesta trabajo evocar que en pocos días se reunió -traducida en chapas, cemento o colchones- toda la fuerza que necesitan los que son castigados por dramas inimaginables. Hoy, vuelve el pueblo de este país a confirmar que a la hora de ayudar, sentimos próximo al prójimo.