Por: Ugo Codevilla, analista

Si definimos gobernar a la acción “ordenadora” de la supraestructura para asegurar la hegemonía del capital, en la actualidad, el clima general que abraza al mundo es el caos.

En tal sentido, gobernar a partir de la hecatombe de 2008 se ha convertido en desgobernar o insistir en acciones que incrementan la concentración del capital, aumentando la queja social. La ciudadanía se menea sin atreverse a destruir todo aquello que la perjudica, incluida la devastación de nuestro hábitat.

Aquí están los dos grandes componentes de la ecuación social actual: por un lado el empoderado 1% y por otro, una sociedad huérfana, altamente alienada que anda a los tumbos en un aturdimiento confirmatorio de su incapacidad para transformar el estatus quo. Mayoría sometida a aparatos de control, omnipresentes y multivalentes, que marcan el circuito donde puede operarla política en días de dominación del capital financiero.

Vivimos en una enorme prisión a cielo abierto, donde las pautas, cultura y justicia, la dicta un conjunto de funcionarios cuyo principio básico es favorecer al empresariado. La visión social se diluyó hasta entenderse como sumatoria simple, tras desechar las clases. En este panorama, el hombre político expiró o está adormecido. Lo que importa es sobrevivir; bajo tal propósito, el de junto incomoda o se transforma en nuestro enemigo. La solidaridad -base de cualquier acción socio-política- es una rareza a tal punto que la vida en las ciudades se sobrelleva en pequeñas grupos o tribus.

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El desgobierno se fundamenta en la impunidad. La ciudadanía soporta todo tipo de exceso y al final, termina sufragando a la derecha, cuando han sido ésta la que históricamente hadesoídoa las mayorías. Los ejemplos abundan: Argentina, Chile, Perú, Paraguay, Colombia, EEUU, Francia, Italia, España, etcétera.

El desgobierno se ancla en siete postulados básicos: uno, la ganancia de los corporativos y banqueros es sagrada; dos, el empleo está correlacionado con el salario mínimo adosado a la pérdida de derechos laborales; tres, las jubilaciones son un defecto del sistema, es mejor usar ese dinero en reflotar empresas; cuatro, la seguridad social debe ser autosuficiente; cinco, toda acción empresarial no es delito, en todo caso, innovaciones; seis, la deuda es un imperativo; siete, el acopio de recursos vía impuestos cobra sentido al convertir el dinero público en capital privado. Si todo la anterior es la razón del aumento de la pobreza y la destrucción planetaria, la culpa la tienen los indefensos, los vulnerables.

En Argentina, la deuda ha crecido tanto que conllevó la reducción del gasto social, despidos a mansalva y aumento imbatible de los servicios públicos. En medio de la caída del crecimiento del PIB, los funcionarios se dedican a los negocios (en especial los ilícitos) alentados por el propio presidente.

En Brasil, el desgobierno es tal que desde el inicio, Temer no ha dejado de golpear a los trabajadores, regalando la propiedad pública a los inversionistas privados. La corrupción llegó a extremos históricos correlacionada al deseo del mandatario de permanecer en la silla pese a su impopularidad y como si fuera poco, la justicia se politizó aplicándose a perseguir a Lula. En Perú, PPK se cayó por acción del conflicto interno entre los hermanos Fujimori, pese a que el polaco indultó a su padre y superó con creces el test pro neoliberal.

En México, el desgobierno se testimonia en el abandono absoluto de todo lo que signifique conflicto social. Uno que se resuelve con spots televisivosafanados en elogiar lo que Enrique Peña Nieto no realizó. La mentira, el abuso, la deshumanización es moneda corriente y para evitar los desbordes, el ejército tiene cada vez más incidencia en el cotidiano de los mexicanos. Hoy mismo, el sector oficial del Congreso se apresura en aprobar una norma por la cual los trabajadores solamente pueden inscribirse a sindicatos oficialistas o pro-empresariales. Asimismo, se crea una instancia tripartita entre estos sindicatos “charros”, los abogados empresariales y el gobierno gerencial, disolviendo cualquier pretensión de hacer valer los derechos constitucionales en la materia. El Congreso aprueba leyes contrarias a la Carta Magna seguros de que la Suprema Corte hará silencio o investigará el caso en incontables meses, años o lustros.

Los excesos insoslayables del presidente Peña Nieto han conducido a una derrota inevitable de su candidato a sucederlo, José Antonio Meade. En plena debacle quiere defender sus reformas, sobre todo, sus mega-proyectos como el nuevo e innecesario aeropuerto capitalino iniciado en 2012 y aún en veremos. Este mastodonte está destinado a justificar el derroche, cuyos beneficiaros son empresas designadas a dedo, confiadas en hacer el mejor de los negocios: los sobreprecios. Desesperados en continuar con la obra aun si ganase Andrés Manuel López Obrador, consiguió el recurso faltante para concluirlacomprometiendo el dinero de la Afores (Administradoras de Fondos para el Retiro), es decir, blindó la futura construcción haciendo bailar con la más fea a los futuros pensionados.

Se ha derrumbado el proyecto de la Modernidad en cuyo centro se hallaba el ciudadano, gobernado por una administración representativa, obediente de la Constitución y la justicia imparcial. A la fecha vivimos en pleno despliegue del Estado delincuente dedicado al saqueo, a imponer los designios del capital financiero, singularmente, a enajenar a la especie, convertida en seres políticamente amorfos.

Antes, el sometimiento se daba por el terror, hoy, por el disciplinamiento al mercado (el fantasma del desempleo) y al bombardeoincesante de mensajes, deseos y adicciones (1984, George Orwell). Viaje donde todo es posible, lo uno y su contrario. La bondad hermanada a lo maldad; la desconfianza perpetua que nos arroja a una insondable soledad.