Con el puño en alto y vestido de rojo, Lula posó junto a su esposa Marisa Leticia y la presidenta Rousseff en el balcón de su apartamento. A sus pies una multitud de unos 500 simpatizantes del Partido de los Trabajadores (PT) ovacionó a los líderes de su partido, toda para transmitir su cariño después de un viernes marcado por la conducción coercitiva del expresidente Lula. Considerado como un acto simbólico de apoyo a su mentor político, la visita de Rousseff complementó la decidida rueda de prensa celebrada el viernes en el Palacio de Planalto, sede de la Presidencia en Brasilia, y en la que se declaró como “totalmente indignada” por la acción de la Policía Federal y el mandato del juez de la Justicia Federal, Sérgio Moro.
“Manifiesto mi total inconformidad con el hecho de que un expresidente de la República que, en varias ocasiones compareció voluntariamente para prestar declaración ante las autoridades competentes, sea ahora sometido a una innecesaria conducción coercitiva para prestar declaración”, declaró Rousseff en su intervención.
De hecho, la crítica de la presidenta fue secundada en la noche del viernes por el magistrado del Tribunal Supremo Federal (TSF), Marco Aurelio Mello, pues en tela de juicio el mandado de conducción coercitiva de expedido por Moro al sentenciar que “no me consta que el expresidente Lula se negase a comparecer” y que “no había ninguna necesidad de llevarlo a varazos”. Por su parte, el juez Moro apenas emitió un breve comunicado en el que intentó justificar la criticada orden de conducción coercitiva sobre Lula: “Lamento que las diligencias hayan provocado conflictos puntuales y manifestaciones política inflamadas con agresiones a inocentes, era exactamente lo que pretendía evitar”. (Sputnik)