El 24 de octubre de 1975, el 90 % de las mujeres islandesas se negaron a trabajar, cocinar y cuidar.
El periódico inglés “The Guardian“ lo recordó en octubre de 2005, cuando se cumplían 30 años del hito histórico. El año pasado, también en octubre, el portal Red Eco Alternativo de Argentina tradujo la nota y la incluyó en sus contenidos. Hoy, en vísperas del paro de mujeres que se realizará en Uruguay y al menos en otros 34 países del mundo, vale como antecedente, particularmente para recordar su impacto pero sobre todo las reflexiones y revelaciones a que dio lugar, según el relato de Annadis Rudolfsdottir.

Gudrun Jonsdottir todavía recuerda lo que llevaba puesto el 24 de octubre de 1975. Contaba 21 años de edad, era recién casada y tenía un niño pequeño; ese día no pensaba cocinar, limpiar ni ir a trabajar. Tampoco mi madre, ni las madres de mis amigas, las empleadas de los supermercados, las maestras… en suma, alrededor del 90 % de las mujeres de Islandia. Una vecina, madre de tres niños revoltosos, se fue de casa a las ocho de la mañana y no volvió hasta el anochecer, dejando a la familia que se las compusiera por sí misma.

Curiosamente, pese a que la sociedad islandesa quedó casi paralizada ese día, sus mujeres nunca se habían sentido tan vivas y resueltas.
Cuando la Organización de Naciones Unidas (ONU) proclamó 1975 como Año de las Mujeres, se formó un comité con representantes de cinco de las principales organizaciones de mujeres de Islandia con vistas a organizar actos conmemorativos. Un movimiento radical, llamado Medias Rojas, fue el primero en formular la pregunta: “¿Por qué no vamos todas a la huelga?”. Eso sería, según ellas, un fuerte toque de atención a la sociedad sobre el papel que desempeñan las mujeres en su funcionamiento, sobre sus bajos salarios y el escaso valor que se otorgaba a su trabajo dentro y fuera del hogar. La idea se propagó y finalmente el comité la aprobó, aunque solo después de que la palabra “huelga” fuera sustituida por “un día libre”. Pensaban que esto permitiría que la idea calara más fácilmente entre las masas y pondría en un aprieto a las empresas, que podían despedir a las mujeres que hicieran huelga, pero tendrían problemas si les denegaban “un día libre”.

En los días anteriores al 24 de octubre se formaban corros de mujeres en todas partes, tomando café y fumando sin parar, pero hablando mucho de forma agitada. Mi abuela, que realizaba un trabajo increíblemente duro en una factoría de pescado, no pensaba tomarse el día libre, pero las cuestiones planteadas por los movimientos de mujeres le fueron rondando la cabeza. ¿Por qué los hombres jóvenes se embolsaban salarios más altos que ella si su tarea no era físicamente menos extenuante? Mi madre, que tenía entonces 28 años y trabajaba en una granja lechera, tuvo que hacer uso de todo su arte negociador para convencer a su jefa, una mujer muy trabajadora que superaba la cincuentena, de que ese día debían dejar de trabajar. Cuando mi madre fue a la casa de su jefa para proponerle acudir a una concentración convocada en el centro de Reykjavik, la capital de Islandia, la encontró expiando su sentimiento de culpa por no trabajar cocinando como loca.

Una revolución tranquila

En Reykjavik se concentraron unas 25. 000 mujeres para escuchar discursos, cantar y debatir: un número espectacular, teniendo en cuenta que la población islandesa sumaba entonces poco menos de 220. 000 habitantes. Las mujeres procedían de todos los ámbitos: jóvenes y viejas, abuelas y escolares; algunas llevaban su uniforme de trabajo, otras se habían arreglado. “Fue realmente la base popular”, recuerda Elin Olafsdottir, quien contaba entonces 45 años de edad y más tarde representó a la Alianza de Mujeres en el ayuntamiento de Reykjavik. “Fue, y lo digo en serio, una revolución tranquila.” Este sentido de unidad, de calma y firmeza es lo que recuerdan la mayoría de mujeres de aquella jornada. Gerdur Steinthorsdottir, que era estudiante de 31 años en la Universidad de Islandia y ahora es maestra, ayudó a organizar la concentración. Afirma que la participación fue tan amplia porque las mujeres de todos los partidos políticos y de los sindicatos se sintieron capaces de cooperar entre ellas y hacer que sucediera.

La atmósfera en la concentración fue increíble. Sigrun Bjornsdottir era una estudiante de 19 años y acababa de descubrir que estaba embarazada. Fue un tiempo difícil, recuerda, pero participar en la concentración le hizo sentir que estaba conectada con una fuerza mayor, que estaba empoderada. Mientras, Gudrun Jonsdottir, de 21 años, se encontraba en medio de la muchedumbre, llorando en silencio. No podía creer que una vieja amiga de la familia, Adalheidur Bjarnfredsdottir, fuera una de las principales oradoras del encuentro.
Representaba a Sokn, el sindicato de las mujeres peor pagadas de Islandia. La lectura de su primer discurso público provoca ahora escalofríos. “Los hombres gobiernan el mundo desde tiempos inmemoriales y ¿qué ha sido de este mundo?”, preguntó con su voz profunda y áspera. Respondiéndose a sí misma, describió un mundo ensangrentado, una tierra contaminada y explotada casi hasta la ruina. Una descripción que hoy parece más cierta que nunca.

El largo viernes
Los hombres islandeses casi no daban abasto. La mayoría de las empresas no montaron ningún escándalo por el ausentismo de las mujeres, sino que trataron de prepararse para la llegada de niños sobreexcitados que tendrían que acompañar a sus padres al trabajo. Algunos de estos salieron a comprar dulces y reunieron lápices y papel en un intento de mantener a la prole ocupada. Las salchichas, comida preparada favorita de la época, se agotaron en los supermercados y muchos maridos acabaron sobornando a los niños mayores para que cuidaran de sus hermanos pequeños. Las escuelas, tiendas, guarderías, factorías de pescado y otros establecimientos tuvieron que cerrar o funcionar a media máquina.

Las mujeres responsables de componer el “Morgunbladid“, uno de los periódicos más leídos de Islandia, volvieron al trabajo a medianoche, como Cenicienta. Al día siguiente, el diario tenía la mitad de páginas y los artículos solo hablaban de la huelga. Las cajeras de los bancos que vieron cómo sus puestos estaban ocupados por sus superiores hombres, se dieron el gustazo de acudir al banco y hacerles trabajar. Para muchos padres, que al final del día estaban exhaustos, aquello fue un momento de la verdad. No es extraño que ese día fuera bautizado más tarde por ellos con el nombre de “el largo viernes”.

La primera presidenta
¿Qué ganaron las mujeres islandesas con todo esto? Para muchas, fue un aldabonazo que les abrió los ojos. Yo, como muchas mujeres de mi generación, ese día me volví feminista, a mi tierna edad de 11 años y eso a pesar de que tuve que quedarme en casa sola con mi hermana de 9 años, enfadada por no poder asistir a la concentración. Fue un acicate para la acción y muchas sienten que la solidaridad que mostraron ese día las mujeres abrió el camino para la elección, cinco años más tarde, de Vigdis Finnbogadottir, la primera mujer del mundo elegida democráticamente presidenta. Finnbogadottir también lo cree firmemente. “Después del 24 de octubre, las mujeres pensaron que era hora de que una mujer fuera presidenta- dice- El dedo me apuntó a mí y yo acepté el reto“.

HUELGAS DE MUJERES
A lo largo de la historia Varios paros más

Además del de Islandia, pueden contarse otros paros de mujeres, que significaron avances en la lucha por los derechos de la población femenina.

El levantamiento de las 20.000
El 22 de noviembre de 1909, en un mitin de trabajadores textiles de Nueva York, Clara Lemich, obrera rusa de 23 años, llamó a realizar una huelga general, que es conocida como ´´El levantamiento de las 20.000“ porque la mayoría en esa industria (entre 60 y 70%) eran mujeres. El día 24, 20.000 mujeres y algunos hombres salieron de las fábricas; el 94% eran extranjeros.
El conflicto duró once semanas, hasta febrero de 1910, culminando con la firma del ´´Protocolo de paz“ . Para entonces, Lemich había sido detenida por la policía 17 veces y, como consecuencia de la represión, seis de sus costillas resultaron quebradas.
El acuerdo final, firmado por el 85% de las empresas textiles, redujo la jornada laboral a 52 horas semanales, incluyó vacaciones pagas, negociaciones salariales, suministro gratuito de instrumentos de trabajo y equiparación salarial. Hasta entonces las mujeres cobraban entre 3 y 4 dólares semanales contra los 7 a 12 de los varones.
La lucha también abrió paso a las mujeres dentro de los sindicatos, hasta entonces reticentes a incorporarlas.
La huelga de “Pan y Rosas“
El 25 de marzo de 1911, la fábrica Triangle Shirtwaist de Nueva York se incendió: 123 trabajadoras de la confección y 23 hombres murieron.
A comienzos de 1912 y ante el incumplimiento patronal de la reducción de horas de trabajo semanales de 56 a 54, las obreras de Lawrence, Massachusetts, decidieron ir al paro.
El 11 de enero de ese año comenzó la protesta que incluyó piquetes en las fábricas. El comité de huelga organizó guarderías para el cuidado de hijos e hijas de las obreras movilizadas. También hubo reuniones solo de mujeres para tratar problemas específicos. Los hombres se opusieron a la participación de las mujeres, pero ellas no se amilanaron.
La huelga triunfó, la jornada laboral se redujo y se incrementaron los salarios. Con el lema “Queremos pan pero también rosas“, las obreras textiles marcaron otro hito.
Las 187 luchadoras de Dagenham
En 1968 la empresa estadounidense de automóviles Ford tenía en el Reino Unido 55.000 trabajadores de los cuales sólo 187 eran mujeres que trabajaban en Dagenham, afueras de Londres, haciendo el tapizado para los asientos.
La empresa las tenía clasificadas como Grado A o de “Habilidades mínimas“, por lo que su salario era sustancialmente menor que el de otros trabajadores de la fábrica. A ello se le sumaban las precarias condiciones de trabajo: un taller sucio y oscuro y un trabajo sin moldes, es decir ´´a ojo´´.
Como el delegado hombre no recogió las demandas de las mujeres, ellas eligieron como representante a Rita O`Grady y bajo su liderazgo realizaron una huelga de tres semanas que primero reunió a las 187 trabajadoras bajo el lema “¡Queremos respeto! ¡Igualdad salarial o nada!“ y luego sumó al resto de los trabajadores de Dagenham. Con el apoyo de la ministra de Trabajo y Productividad del gobierno laborista, las trabajadoras de la Ford lograron un primer acuerdo que elevaba su salario a un 92% del de sus compañeros varones, pero la lucha continuó y en 1970 en el Reino Unido se aprobó la Ley de Igualdad Salarial.
Por la igualdad
La Huelga por la Igualdad fue convocada por las feministas para que se hiciera sentir en las legislaturas estatales estadounidenses la lucha de las mujeres. Sus consignas fueron guarderías gratuitas abiertas las veinticuatro horas y bajo control comunitario, aborto libre gratis e inmediato, oportunidades iguales de trabajo y de educación.
Se realizó el 27 de agosto de 1970, coincidiendo con el 50 aniversario del acceso al voto de las mujeres estadounidenses y evocando a las sufragistas originales que habían propuesto una huelga general de mujeres medio siglo antes.
Una gran manifestación de 50.000 mujeres en el centro de Manhattan bloqueó la Quinta Avenida y marchó hasta el gran centro de reunión de Bryant Park.
Betty Friedan, referente de la Organización Nacional para las Mujeres creada en 1966 por veintiocho hombres y mujeres, fue quien organizó la huelga.
Evelyn Reed, troskista estadounidense,contó que había mujeres de todas las edades y condicione s socioeconómicas: negras, portorriqueñas, obreras y estudiantes y también numerosos hombres simpatizantes.
Por el derecho al aborto en Polonia
El 3 de octubre de 2016 miles de polacas salieron a las calles vestidas de negro, en rechazo al proyecto de ley que pretendía hacer aun más restrictivo el derecho al aborto en el país, con penas de cárcel para las mujeres que acudieran a la práctica, mayores castigos para los médicos y hasta el inicio de investigaciones en casos de aborto espontáneo.
Con las consignas “¡Paremos a los fanáticos!´´, “¡Queremos médicos y no misioneros!´´, ´´Mi cuerpo, mi elección´´, defendieron su derecho a decidir y el gobierno de Ley y Justicia, partido de derecha católico y conservador, tuvo que dar marcha atrás.
Luego las polacas se pusieron en contacto con otros colectivos de todo el mundo y se creó el grupo Paro Internacional de Mujeres. El 25 de noviembre del año pasado, Día Internacional contra la Violencia hacia las Mujeres, se eligió el 8 de marzo de 2017para llevarlo a cabo.
Ni una menos
En los primeros dieciséis días de octubre de 2016, en Argentina tuvieron lugar 19 feminicidios, muchos de ellos rebosantes de crueldad.
Se realizó entonces la primera huelga general de mujeres de que se tuviera memoria en el país, convocada por un grupo de mujeres con la consigna “Ni una menos“. “En tu oficina, escuela, hospital, juzgado, redacción, tienda, fábrica o donde estés produciendo. Nosotras paramos. Basta de violencia machista, vivas nos queremos“, fue la consigna.
La suspensión de actividades por tres horas contó con el apoyo de dos centrales sindicales, el kirshnerismo, los partidos de izquierda y la organización no gubernamental La Casa del Encuentro. “Una mujer tomada por asalto es la nación tomada por asalto. Por lo tanto, es iniciativa nuestra salvar la nación´´, afirmó la antropóloga Rita Segato.
Bajo la lluvia, mujeres y hombres marcharon vestidos de negro hacia la Plaza de Mayo, frente a la sede presidencial. Lo mismo ocurrió en veinte provincias.
HUELGA POR LA IGUALDAD