Fue la marcha más grande en décadas, no solo de las que se hicieron otros 8 de marzo sino posiblemente de  las realizadas en Montevideo por la causa que fuera.

La convocatoria inicial partió de la Coordinadora de Feminismos del Uruguay y progresivamente se asociaron a la iniciativa diversas organizaciones sociales, las feministas y de mujeres por supuesto, pero también la mayoría de las que defienden  derechos humanos.

“El puñadito“ con el que ninguneó el intendente de Vidalín resultó en decenas de miles  que sumaron en la reivindicación de los derechos de las mujeres, gritando ¡basta!  a la violencia de género, reclamando el fin de la brecha salarial, defendiendo su libertad, su autonomía, la igualdad de oportunidades, los derechos sexuales y reproductivos, el ser sujeto en definitiva y no objeto digitado por convenciones sociales discriminatorias.

Con una nutrida y permanente difusión en redes sociales, a través de la tecnología a disposición y de medios tradicionales receptivos también, la adhesión fue creciendo hasta mostrar su impacto con el resultado.

Por la avenida 18 de Julio marchó una pluraridad admirable: mujeres –sí, la mayoría ya que ellas convocaban al paro y a la marcha y  son sus derechos los que están en juego- pero también hombres, adolescentes, niñas y niños, políticos de orígenes partidarios diversos, autoridades nacionales actuales y pasadas, feministas históricas como Elvira Lutz por nombrar una y exfuncionarias jugadas hasta el hueso en la defensa de los derechos humanos como Belela Herrera.

Familias enteras corearon consignas, batieron palmas,  reflexionaron caminando sobre las razones de estar allí, en el día y el momento oportuno.  Desde las veredas también se acompañaba, por dificultades  para marchar o mientras se digería el asombro por la magnitud que iba tomando la marcha. O porque no se pudo abandonar el trabajo, como sucedió con las empleadas de  comercios de la principal avenida, muchas de las cuales vestidas total o parcialmente de negro, sumaban presencia en las puertas de los locales.

El PIT-CNT apoyó la actividad del 8 de marzo decretando un paro a partir de las 16 horas, que no tuvo ni por asomo el impacto de la marcha que comenzó dos horas después. Los sindicatos estuvieron presentes en esta última, identificados y participativos. Pero para valorizar por su falta el aporte socioeconómico de las mujeres –como lo quería el Paro Internacional de Mujeres- no fue suficiente. Son muchas las trabajadoras que terminan su jornada laboral poco después de las cuatro de la tarde, y las que tienen una que se extiende más allá de las seis –como las de comercios- no pudieron liberarse del compromiso laboral.

La marcha concluyó en la explanada de la Universidad de la República, donde se leyó una proclama. Como detrás quedaban cuadras y cuadras de  marcha abigarrada, hubo que leerla una vez más, siempre colectivamente.

“No nos hemos callado: salimos a las calles, denunciando cada feminicidio. Porque el Estado patriarcal y capitalista sostiene y reproduce las condiciones para que todos los días nos violenten, nos golpeen, nos violen, nos maten. Porque no tenemos las garantías institicionales ni los acompañamientos necesarios cuando denunciamos los abusos a los que nos vemos sometidas (…) Hoy volvemos a afirmar: ¡tocan a una, tocan a todas!“, coreó una multitud.

La   marcha fue pacífica, el compromiso compartido a fondo, el ejercicio de la libertad – cantar, corear, batir palmas, moverse al son de los tamboriles que también marcharon junto a otros instrumentos musicales- muy energizante.

La imagen de supuesta agresividad de las organizaciones feministas que se trató de instalar la opinión pública en semanas previas al paro y la marcha, no acudió a la cita porque no existe. Una cosa es agredir y otra muy distinta  defender derechos inalienables, luchar por la igualdad de oportunidades que no es lo mismo que la igualdad de sexos que no es lo que se persigue ni es deseable.

Lo cierto es que la marcha fue un éxito que superó las expectativas. Eso habla de razones legítimas de las mujeres y de hombres que entienden que los roles tradicionales de género son injustos para ellas, pero para ellos también. Asimismo, fue una prueba de que cuando las mujeres se unen, pueden lograr mucho.

La proclama leída el 8 de marzo es clara: ´´¡Nosotras estamos hartas! Nosotras, las brujas, las que sabemos conjurar, las que nos abrazamos para tomar fuerza y seguir luchando. Nosotras, que creemos en nuestra fuerza colectiva, gritamos fuerte para que se sumen otras, muchas otras. Nosotras seguimos con el puño en alto y la dignidad rebelde. Reafirmamos que cada una se junte con otras de todas las formas posibles para construir una vida libre para todas“.  Y agrega: “Paramos y no estamos solas. Están con nosotras las diversas mujeres que se hicieron oir a lo largo de la historia, que nos regalaron su lucha florecida y amorosa, que comparten su potencia revolucionaria“.