Por: Víctor Corcoba Herrero, Escritor

La vida no se ha hecho para malgastarla, sino para administrarla y protegerla. Ha llegado el momento de que gestionemos juntos aquello que nos pertenece por igual. Y en este sentido, debido a las potestades que le confieren la Carta y su singular carácter internacional, las Naciones Unidas, han de tomar medidas sobre los problemas que enfrenta la humanidad, tales como la paz y la seguridad, el cambio climático, el desarrollo sostenible, los derechos humanos, el desarme, el terrorismo, las emergencias humanitarias y de salud, la igualdad de género, la gobernanza democrática, la producción de alimentos, entre otros asuntos. Confiemos en que la Agenda 2030 se acerque a los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

Está visto, que el recurso a las armas para dirimir las controversias ya no sirve, la custodia de toda vida requiere de otros lenguajes más puros.

Lo importante de todas las organizaciones internacionales es que permitan a los países unirse y reflexionar sobre algo tan vital e histórico, como vivir y dejar vivir.

Pensemos en esa juventud que no tiene trabajo, los hemos dejado inservibles. Nuestra sociedad tecnológica los entretiene con mil inventos para mantenerlos distraídos.

Lo decía hace unos días el Secretario General de la ONU, António Guterres: “El desempleo juvenil en algunas partes del mundo es uno de los problemas más graves y facilita el trabajo de las organizaciones terroristas para reclutar a personas que no tienen un futuro”.

A los hechos me remito. En base a entrevistas con 495 reclutas voluntarios de organizaciones extremistas como Al-Shabaab y Boko Haram, el informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrolla (PNUD) asegura además que la violencia y el abuso de poder son los motivos claves para que los jóvenes tomen la decisión final de ensamblarse a estos grupos extremistas.

Necesitamos, por consiguiente, ser capaces de mirar con otros ojos a nuestros análogos, y con esta mirada renovada, que nace del reencuentro de culturas con el entorno, iniciar un cambio real de actitudes, incluso mudando de aires para que mejoren nuestros latidos de acercamiento con nuestros semejantes.