Por: Mélida Briceño

Las tecnologías de la información no sólo han cambiado la naturaleza de los mercados y la competencia, sino que también han modificado la forma de ejercer la labor periodística y en consecuencia el comportamiento del profesional de la comunicación, quien debe aprender a derribar barreras, tanto culturales como temporales, para generar mayor impacto en la difusión.

En este momento de expectación ante el futuro del periodismo, Josep Casasús, catedrático de periodismo de la Universidad Pompeu Fabra en Barcelona, durante la ponencia Perspectiva ética del periodismo electrónico (2000), propone que “no puede haber prospectiva sin retrospectiva”.

“De este modo, el discurso no caerá en superficiales conjeturas futuristas. Siguiendo este método, el autor llega a la conclusión de que la función del periodismo en Internet es velar por la ética integral de las actividades comunicativas dentro del espacio virtual. Primero es necesario identificar a los periodistas respecto a otros informantes. Segundo, lograr un compromiso ético, en un sentido amplio, de raíces aristotélicas (ética del mensaje y ética de los emisores). Este compromiso ético será lo que distinguirá al periodismo digital respecto de la comunicación digital en general”, esboza Casasús.

Asume el experto en temas de comunicación que “en la era digital la ética es la única razón de ser del periodismo. Lo único que puede identificar a los periodistas con respecto a otros informantes que actúan en la red es el compromiso ético solidario y progresista con la realidad y con la voluntad de obtener la descripción más fiel posible de la verdad por la vía del más amplio consenso de percepciones”.

La artesanía de la noticia

La peor crisis que puede atravesar un oficio o profesión es el de la ausencia de ética y respeto por la verdad. El código deontológico -reglas y deberes de conducta en el ejercicio periodístico- ha sido pisoteado y violentado al extremo por la personalización del mensaje en la difusión de medios masivos convencionales y emergentes. Cada vez son más los casos en que se ejerce de acuerdo a ciertas conveniencias y automáticamente conlleva a la pérdida de valores, de compromiso y de credibilidad, lo que genera desencanto en la sociedad.

Los linderos que habían otorgado al periodismo la magia del arte de las palabras están desapareciendo, la premura de colgar cualquier cosa en las redes sociales está acabando con la vieja y honrada dinámica de la publicación para el siguiente día. Desde estos medios se olvidan de la artesanía de la noticia, de los tiempos tan importantes que requiere una nota periodística y que debe ser contrastada desde la parte y la contraparte, ese tinte de honestidad que se imprime en cada reportaje había sido una de las virtudes mayormente valoradas por los lectores.

Por lo tanto, el ejercicio del periodismo digital se ha visto plagado de un extenso campo de actuaciones que desfiguran las expectativas de información y comunicación verdadera y útil. Estas consideraciones se entienden desde algunas acciones muy puntuales.

En primer lugar, la problemática en materia de la ética en el ejercicio del periodismo digital contiene la siguiente situación. Usuarios de los medios enuncian el derecho al acceso de información verídica. No obstante, el ejercicio de este derecho, bajo la plataforma tecnológica, (redes sociales, aplicaciones, entre otros recursos multimedia), ha estado fuera de toda manera institucional de manejar referentes directos que definan certeramente las formas como se incurre en violación o trasgresión de la ética.

En segundo lugar, puede argumentarse como problemática en esta materia, la existencia del derecho al acceso de las plataformas tecnológicas como una visión que se califica de ligera –ligereza como debilidad- acerca de los deberes como contraparte. Esta ligereza se convierte en una suerte de libertinaje para ejercer una profesión sin apego a la ética porque no existe la consecuencia -léase castigo- por el abuso en el acceso a las redes sociales.

En razón a esta ligereza en el uso de la plataforma tecnológica, se puede calificar estos escenarios como el resultado de la ausencia de un cuerpo de aspectos jurídicos que regulen el uso de medios digitales y que nutran las condiciones éticas del ejercicio del periodismo en este contexto.

En tercer lugar, el desconocimiento del compromiso de identificar la nueva ética del texto. Se trata de la necesidad, como lo revela Mauro Cervino (2010) en su texto Ética y Sensacionalismo en el Periodismo Digital, publicado en la Revista Digital Sala de Prensa, sobre “el reconocimiento de las responsabilidades que implican las nuevas maneras del quehacer periodístico, en las cuales se hace imprescindible reconstruir un cuerpo ordenado de valores que sirva de ruta que conduzca a la deseada ética y que imprima de virtudes y no de defectos al ejercicio del periodismo en el contexto digital”.

A partir de estas situaciones que alude la problemática en materia de ética periodística en el campo digital, se infiere como inquietud o problema a resolver, la ausencia de lineamientos que conviertan la información y la comunicación en activadores efectivos de la ética del ejercicio periodístico, además de la creación de normativas que establezcan sanciones penales hacia los actores de la plataforma digital que incurran en tales irregularidades.

Comunicar es educar

Por ello, la importancia de este planteamiento se basa en que para cualquier profesional de la información los propósitos comunicacionales estén encaminados a influir positivamente, de manera educativa en las opiniones, aptitudes y conductas de los diversos públicos.

Desde la perspectiva práctica se busca apuntar hacia la minimización de acciones desleales y fuera de toda enseñanza o ética en el ejercicio de una labor que en su mejor acepción puede establecerse el vínculo informar-educar, como parte de los principales valores que estos referentes contienen.

En cualquier caso, ética son principios, y los principios no varían, aunque varíen las plataformas y los modelos de comunicación. Se llega a vivir con temor por toda la información que se ve, tal como nos dice Ignacio Ramonet, analista internacional, periodista y semiólogo, al referir que la “cibergalaxia parece el escenario más factible para la democracia”.

Ramonet, quien ha sido vetado por varios medios en el mundo; no milita en el bando de los tecnoentusiastas pero apuesta por un equilibrio: “el futuro del periodismo y la comunicación pasan, efectivamente, por la red, pero la información es la que cambia, no la ética ni la función de los medios y sus profesionales”.

El último libro de Ramonet, La explosión del periodismo, no habla de finales catárticos, sino de un momento diferente en el que la crisis de inseguridad informativa y credibilidad de la prensa convencional se hace evidente cada vez más a partir de la acción de medios como Wikileaks. El cambio de “los medios de masa a la masa de los medios”, la información como “acto colectivo”. Las sacudidas comunicacionales y tecnológicas son parte de lo que Ramonet identifica como el nuevo sistema mundo, así lo declaró durante su visita al Festival de Cine en Cuba, durante el 2011.

El riesgo que corre la profesión periodística

Desde tiempos de la creación del mundo el triunfo de la información y la comunicación solo es posible con el profesional que determina, clasifica y difunde en categorías claves, la gama de contenidos en orden a materias, usuarios, idiomas, culturas, latitudes, entre tantos otros parámetros. Sostiene el escritor español Dominique Wolton (2011), en su libro Informar no es comunicar que la existencia de información y comunicación en todos los países, es el símbolo y el garante de libertad.

“Se considera como un alto riesgo que, gracias a los sistemas de información, en el futuro próximo cada cual se abrogue el rol de periodista, convirtiendo entonces en caduca, la existencia del oficio con sus derechos y deberes. La victoria de la libertad de información y comunicación puede resultar ser una victoria frágil, por ello, los periodistas son los guardianes así como los héroes de esas glorias posiblemente efímeras cuanto más el periodista sea relevado de su rol”.

Se ha venido generando expectativas relacionadas con expresiones como que cuantas más informaciones accesibles hay, cuanto más puede uno hacerlo todo; siendo así, se entiende que hay mayor necesidad de periodistas para seleccionar, jerarquizar, verificar, comentar, legitimar, eliminar, criticar, entre otras de las muchas acciones que requiere el mundo de la información y la comunicación.

A pesar de que el usuario cree que la información existe sola, ya que fácilmente accede a ella, nunca hay que olvidar que ésta es una construcción validada por un profesional, quien es el periodista, cualquiera que sea el soporte técnico desde donde fluye la información y comunicación. En esta legitimidad del periodista reside el papel esencial de la profesión, relacionado con su función de intermediario, puente o vía segura de acceso, que muchos quieren reducir e incluso suprimir con el pretexto de democracia directa y/o derechos al acceso informacional.

Para algunos, el periodista no siempre tiene razón –es como el político o el universitario-, pero con su firma da legitimidad a la información y a la comunicación, y es ese aspecto -la legitimidad- lo que se convierte en razón de ser de los esfuerzos por reivindicar la dignidad del periodista.

Muchos pueden pensar que quizás hayamos vivido lo mejor de la revolución de la información y de la comunicación, aunque haya tenido que transitarse por el tercer siglo para conseguirlo. Todo se complica con la generalización de la información, la diversidad de los receptores, su sentido crítico y la mundialización; de igual manera, no es sino hasta esta segunda década del Siglo XXI que se supera la visión simple de la información, reducida a un mensaje lo más a menudo unívoco y a un receptor, finalmente poco complejo.

Con una especie de continuo o intervalo entre ambos momentos -el de la información simple hasta la complejidad informacional que caracteriza los nuevos tiempos- la idea de que la información más abundante y rápida debía crear más comunicación, se comportaba como el modelo de interconexión entre estos dos referentes clave, información y comunicación.

Era el modelo universal de la comunicación, sin embargo, toda esta conexión requería actualización, la puesta al día; pero ello, a pesar o a causa del progreso fulminante de las técnicas de comunicación surgidas en un siglo -la telefonía 1880, la radio en 1900, la televisión en 1930, la informática en 1940, y las redes en 1980- solo se logra, internalizando los nuevos retos que estas revoluciones en materia informacional y comunicacional reclaman. Es lo que se entiende de la expresión de Wolton (ya citado) de que la aldea global (en lo que se convierte el mundo con el cada vez mayor volumen de información y comunicación) es una realidad técnica pero no hay avance en lo social, lo cultural y lo político.

Según el estudio La ética y las redes sociales del Consejo Profesional de Ciencias Económicas de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, publicado en 2011, “Se debe estar bien preparado, tanto para lo malo como para lo bueno”. Esto se refiere a que el comportamiento ético de una persona o empresa se debe ver reflejado tanto en circunstancias positivas como negativas, y que tanto una como otra puede convertirse en un disparador para el éxito o el fracaso de la misma empresa.

Por ejemplo: una empresa que maneja sus críticas negativas con celeridad y buena respuesta, puede transformarlas en una cualidad positiva que demuestre el foco en el cliente; por otro lado, si habiendo logrado un efecto positivo no se posee el stock de productos ofrecidos para cubrir la demanda creciente, no se la podrá satisfacer de la manera correcta, lo que traerá aparejado un efecto negativo de rebote.

El estudio llega a unas conjeturas importantes y valiosas para la aplicación, pues refiere que “es importante recordar que, actualmente, no hay una legislación que regule la actuación en las redes sociales. Creemos fielmente en que sería necesario este tipo de reglamentación para poder penar y evitar que se repitan en el futuro actos que falten a la ética, como ocurre en otros países tales como México o Estados Unidos. Sin embargo, apostamos en primer término por un sistema de autocontrol, en donde cada uno tome dimensión de las dramáticas consecuencias que puede traer aparejado”.