I

En cumplimiento de lo que se supone un servicio profesional en beneficio de la comunidad los grandes medios de comunicación se han prodigado en establecer su honda preocupación por la marcha de la economía y hasta por los pesimistas pronósticos de la población consumidora.

Impulsados por tan responsable deber informativo, fueron dadas a conocer las conclusiones de una encuesta realizada sobre la Confianza del Consumidor, dando cuenta que habría sufrido una caída de 48 a 46 puntos entre mayo y junio de 2015, situación que no se daba desde 2008.

En el mismo informe se difundió que el 58% de los encuestados opinó favorablemente sobre su propia situación económica y también que el 53% lo hizo sobre la situación económica del país.

La propia agencia encuestadora interpretó que los puntos de baja en la estimación de la confianza del consumidor constituiría una respuesta “reactiva” a las muestras de “cautela” del propio gobierno.

Con pocos días de diferencia la prensa dio cuenta que el reciente informe de la Cepal para América Latina y el Caribe ajustó “a la baja” la previsión 2015 de la economía, pronosticando un estancamiento general, con un modesto crecimiento del 0.5% para toda la región.

En medio de panorama tan pesimista pudo rescatarse que, pese a todo, se le otorgara a Uruguay una perspectiva de 2.6% de crecimiento para el mismo año.

Para que podamos situarnos, el Fondo Monetario Internacional (FMI) adjudica para 2015 una perspectiva de crecimiento de 1.5% a la “zona euro”, un 1% para Japón y un promedio de 2.4% para las “economías avanzadas”.

En cuanto al “desempleo”, nuestro país ha tenido en los últimos meses valores superiores al 7% (desde el 6.7% de 2014), valor que por cierto no se disimula al señalar que la “zona euro” tiene un promedio del 11%.

II

Con guarismos que no justificarían alarma, sorprende que el poder de los medios haya logrado un generalizado panorama de desconfianza y que el clima político aparezca enrarecido por una conflictividad gremial inusitada.

No es que sorprendan las demandas gremiales ni el momento en que se expresan. Y si bien ha tenido que ver el gobierno con sus declaraciones de “cautela”, lo que sorprende es que la mayoría de los conflictos se desaten con un arsenal de medidas “maximalistas” aún antes de conocer las propuestas oficiales.

Sorprende que el gobierno no haya intentado calmar la virulencia sindical, e incluso haya ignorado que el tono de las protestas y reclamos cobraba presión, sin intentar escuchar aspiraciones o lograr consensos.

Pero la doble sorpresa resulta inexplicable si se atiende el particular momento que atraviesan el país y la economía mundial, y la rápida alianza de los grupos empresariales de siempre con la casi totalidad de los medios masivos de comunicación.

Según cualquier teoría política, y hasta por una elemental estrategia de coyuntura, es evidente que toda la agenda del gobierno, en esta hora decisiva, necesita ineludiblemente el apoyo de cada movimiento popular y, en particular, de los gremios y sus bases, a quienes deberá asegurar salarios dignos y a salvo de cualquier inflación.

Tanto como que, de igual modo, los gremios deben saber que el actor político decisivo para dejar a los trabajadores a cubierto del desempleo solo puede ser el Estado y, para el caso, el partido que lo controla.

No interpretar así el tablero puede resultar caro.

¿Qué otras opciones explicarían ese divorcio virtual?

Veámoslas

1 – El gobierno quiere demostrar quién manda.
2 – El gobierno no tiene claros sus objetivos o sus aliados.
3 – Los líderes sindicales temen mostrarse complacientes con el gobierno.
4 – Algunos dirigentes ven al gobierno como “el verdadero enemigo”.

III

Cualquiera sea la opción, no contempla que el horno no está para bollos.

No contempla que la fuerza de la reacción está unida y organizada.

No contempla que en todo el continente esa reacción trama destituir a gobernantes elegidos por el pueblo, como lo intentan con Dilma Rousseff y ya lo hicieron con Lugo.

Este es otro tiempo.
Solo sirve ensanchar la base, unir y sumar.
Levantar la moral. Encender la militancia. No retroceder.