Por: Por Daniel Mañana

Una multitud acongojada recorrió el largo trecho entre el Teatro El Galpón y el cementerio Central brindando su último adiós.

La despedida masiva era para un hombre que brindó a su pueblo todo su arte, en la creación, en el canto, en el periodismo y la poesía. Pero no lo hizo aislado en una torre de cristal, sino embarrándose los talones junto a su gente, en la lucha política.

Supo militar en la lista 1001 y más tarde incorporarse al Partido Comunista. Los golpistas del ‘73 censuraron su música, allanaron su domicilio, lo arrestaron en la Dirección de Inteligencia, para finalmente obligarlo al exilio.

La pesada mochila del desarraigo le causó estragos mayúsculos, pero no le impidió vivir de cara al país, participando en cuanta actividad solidaria se realizara en cualquier latitud.

En este aniversario brindamos a los lectores una larga conversación con Daniel Barrios, referida a un evento solidario celebrado en México.

Mi primer contacto con Alfredo fue en México, en ocasión de las Jornadas de la Cultura Uruguaya en Lucha (1977), actividad realizada en conjunción con fuerzas mexicanas, de corte cultural con un profundo sentimiento político antidictatorial.

Las tareas organizativas recayeron en mi persona, mientras que el entonces director de la institución teatral El Galpón, Profesor Rubén Yáñez, se responsabilizó de la parte política y artístico-cultural.

Rescato de ese evento, un momento referido a Alfredo, junto a Pablo Milanés y a Silvio Rodríguez, dos cubanos que jugaron un papel preponderante en aquel acontecimiento.

Fueron fundamentalmente noches de comidas y sobretodo de tragos, compartidas con estos tres monstruos de la creación. En una de ellas, la última en relación con las Jornadas, se desarrolló en mi casa, congregándose una multitud.

Con Tania Libertad, Amparo Ochoa, Roberto Darwin, los Camerata de Tango, la gente de El Galpón, con Alfredo, Silvio, Pablo, Noel Nicola y muchos uruguayos, celebramos el éxito de la tarea solidaria desarrollada con un éxito notable.

Y más allá de las historias de mariachis, tequila y música que adornan a los mexicanos, debe reconocerse que son bastante pacatos. Máxime a las cuatro de la madrugada y en un edificio de apartamentos, en pleno distrito federal. La noche veraniega, de ventanas abiertas, transcurría con ron, cerveza, canto, guitarras y percusión “al mango”, esto  promovido fundamentalmente por Alfredo.

Y muchos cigarros, muchísimos, al extremo que debí cambiar la moquette días después pues se habían apagado centenares sobre ella.

En medio de aquel aquelarre, sonó el teléfono.

Zitarrosa andaba cerca y atendió.

Era un vecino quejándose de la música y la algarabía, pues no lo dejaban descansar. Advirtió que si no cesaba el alboroto, llamaría a la policía.

La respuesta del juglar fue terminante: “llame a quien quiera,… estamos festejando cosas muy importantes y continuaremos…, y si quiere, llame al Ministerio de Gobernación que sabe bien quiénes somos y sepa que gozamos de su protección”. Y agregó, para que no quedaran dudas: “A usted es a quien le va a ir mal, si comete ese exabrupto…”.

Alfredo cortó la comunicación, y no comentó nada con nadie.

Y la farra continuó.

Pero a los 5 minutos, los sonidos de sirenas y luces azules intermitentes abrumaron el lugar, que contaba con generosos ventanales, abiertos de par en par. No menos de seis patrulleros de la poli mexicana estaban estacionados frente al edificio. Megáfono en mano, anunciaron que “si no desalojan la casa en 5 minutos, nos veremos obligados a entrar por la fuerza”.

En ese ambiente surrealista, guitarra en mano, se asomó Alfredo a una de las ventanas,  y se puso a cantar corridos mexicanos. La sorpresa y la incredulidad se leían en la cara de todos los que conformábamos aquel contingente de latinoamericanos en celebración.  La Policía volvió a repetir su consigna por el megáfono, y para que no quedaran dudas desenfundaron sus pistolas, anunciando su inmediata disposición a ingresar violentamente si no se procedía a la desocupación.

Como anfitrión y organizador de la fiesta, bajé al hall de entrada, donde sin mayores miramientos, y armas en mano, me empujaron contra la pared para cachearme, pidiendo los documentos y anunciando mi detención.

Mientras intentaba explicar las características de nuestra sana diversión, arribó Hugo Altesor (fallecido poco tiempo después), bajando de su auto unos cuantos cajones de cerveza y varios de ron. Al notar lo que sucedía, Hugo comenzó a detallar, a la policía, lo ya sabido. Era una fiesta celebratoria, continuación de las Jornadas de la Cultura, que contaron con el apoyo de diversos niveles del gobierno mexicano.

Y por la escalera bajó Alfredo, integrándose al disparatado cónclave que estábamos viviendo. Con la misma actitud ultraformal con que subía a los escenarios, se presentó a los uniformados. Pero a esa altura de la noche se confundía su proceder entre una actitud muy seria y caballerosa o simplemente, gestos petulantes y prepotentes. Y así transcurrieron largos 20 o 30 minutos. El edificio entero estaba despierto e iluminado a giorno. El ascensor y la escalera no daban abasto llevando y trayendo gentes, vecinos enojados y curiosos, más varios de los festejantes  involucrados.

Bastante fastidiado, el oficial a cargo del operativo me dice:

“Usted, chaparrito, como dueño de casa, al igual que Usted,-señalando a Alfredo-, que parece ser el vocero de todo esto, y era quien nos cantaba desde el balcón, están detenidos”.

Acto seguido, nos suben a un patrullero, acompañados por el coro de gritos de Silvio Rodríguez, de Pablo Milanés y otros, en una suerte de manifestación callejera pidiendo por nuestra libertad.

Ya con el vehículo en marcha, Alfredo comienza a reaccionar y tomar conciencia de la situación.

“¿Y cómo salimos de esta?”,  preguntó en voz alta.

Rápidamente, el oficial respondió: “Vamos a la Delegación (comisaría), y allí quedarán a disposición del juez”.

Hizo una pausa larga, y un silencio espeso inundó el patrullero. Lo rompió el mismo policía, para agregar, “salvo que arreglemos antes”.

Y ahí suspiramos.

En “mexicano”, ‘arreglar’ significa “mordida”, entregar un dinero a cambio de salir indemne en una infracción de tránsito, de un incidente en una cantina. En fin, “mordida” significa en uruguayo: coima.

“Y bueno, dije, podemos aportar para que ustedes se tomen algo después de todo esto, ¿que les parece?”.

Y comenzó un baile de cifras. El oficial y yo. Pretendía algo así como el equivalente a US$ 500 en pesos mexicanos. Alfredo me hizo señas que no tenía un peso. Y en voz baja agregó: “es una barbaridad”. Lo veía tan claro como yo, pues en mis bolsillos no tenía más que el equivalente a US$ 100. Se lo dije al cantor, “tengo solo esto”, y ante el oído atento del gendarme, Alfredo respondió: “pero no le vas a dar todo, ¿no?”. Hizo una pausa, tomó el billete fuertemente en su mano y, encarando al oficial de policía sentado en el asiento delantero, le espetó: “tenemos solo esto, pero no le podemos dar todo… solo la mitad….”.

Me pareció temeraria la oferta, pero la autoridad, rápida y contundente, contestó: “no se preocupe, yo le doy el vuelto”.

Alfredo le alcanzó la “mordida”, recibiendo, segundos después, el vuelto. Con cara de prestamista, el juglar repasó minuciosamente billete por billete corroborando la justeza de la operación.

Mientras, la patrulla desanduvo el camino para depositarnos en el edificio desde donde nos habían llevado. La despedida de los uniformados fue casi afectuosa. Después de estrecharnos las manos, elevamos la mirada apreciando el tercer piso iluminado.

Y con música. La fiesta continuaba.

Y prosiguió, celebrando la liberación, hasta aproximadamente las 9 de la mañana.

Desde mi balcón pude observar a Alfredo, Silvio y Pablo despidiéndose, con sus guitarras en bandolera y alguna dificultad al caminar.